El Mundo Madrid Int

La pena de los ministrabl­es

- POR JORGE BENÍTEZ

EN LA prensa del siglo pasado era común leer que una persona que había llegado a ministro con 40 años era un modelo de precocidad superlativ­a. Había casos notables como Matías Rodríguez Inciarte, que lo fue con UCD a los 33, o el socialista Joaquín Almunia (34), que ocupó Trabajo en el primer Gobierno de Felipe González. Cierto que existen casos aún más extraordin­arios, pero de otros tiempos. Franco le dio una cartera al falangista José Antonio Girón de Velasco cuando ni siquiera había cumplido los 30.

El ser humano, que es el animal que más tiempo necesita para sobrevivir en su hábitat sin la tutela de los padres, ha dejado de ser prematuro a la hora de ser ministro. Sobre todo en las izquierdas. Bibiana Aído (31) lo fue con Zapatero a una edad en la que cualquiera apenas se ha destetado en un entorno laboral hostil. Hay incluso otros ejemplos juveniles más recientes. En la última legislatur­a, gente como Alberto Garzón, Ione Belarra e Irene Montero han hecho que los churumbele­s del Gobierno formado ayer –Pablo Bustinduy (40) y Ernest Urtasun (41)– casi huelan a naftalina.

Resulta curioso que vivamos en una época en la que todo va lento, en la que uno se independiz­a con síntomas de alopecia, tiene hijos con canas y el Estado le aleja cada vez más la edad de jubilación, mientras que para ser ministro no se es lo suficiente­mente joven. Es la biología de la política, que casi siempre es contranatu­ral.

Tengo un par de amigos que merecían ser ministrabl­es, uno es el oráculo de Cincinnati y otro un alto técnico en la Administra­ción, ambos muy competente­s, si bien yo no se lo deseo. Porque ser ministro está muy bien, pero ser ministrabl­e a mí me parece un marrón. El ministrabl­e es un señor o señora que vive bien, pero duerme mal, porque es un cargo que provoca más insomnio que tener cartera y coche oficial. Hay mucho de mirar el móvil y de lexatin. Eso lo saben los ministros que fueron nombrados ayer.

A mí me dan mucha pena los ministrabl­es que suenan y luego se quedan en agua de borrajas, porque el ministrabl­e no electo se convierte en una arruga en el traje del poder. Sus nombres se filtran para dar la impresión de que todos jugamos a las quinielas y por cuota territoria­l. Este último aspecto es el que más me fascina, porque aquí lo que importa no es el currículo, sino el código postal. Que el presidente necesita un favor de la federación asturiana o extremeña, pues llama por teléfono y pregunta quién hay por ahí bien ministrabl­e. Alguien le habla de un tal José o de una tal María, que son muy queridos en su ciudad, tienen estudios y les gusta Madrid. Entonces llega lo peor: la espera. Ni siquiera se atreve a coger el teléfono, no vaya a llamar el presidente y le pille comunicand­o. Cuando el BOE dicta sentencia, al ministrabl­e se le dice eso para consolarle de que ya hay «un extremeño o un asturiano en el gabinete y dos son muchos», y se le cuelga.

A partir de eso, lo único que podrá hacer es poner en su tarjeta de visita que es ministrabl­e, porque se trata de un cargo vitalicio, no caduca. Eso sí, escrito a mano, que la letra inglesa impresa en cursiva es sólo para ministros.

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