El Mundo Madrid Int

Trasímaco en el Congreso

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HAY UN momento desconcert­ante en La República de Platón. El mismo filósofo que nos impele a dar la espalda a las sombras de la caverna y estimar la verdad por encima de todo advierte que, en ocasiones, el gobernante habrá de servirse de «nobles mentiras» orientadas a alcanzar el bien común y fomentar la cohesión social. A Platón, que pasa por ser un dogmático, le sale aquí una vena pragmática: las mentiras piadosas de la vida privada tienen también su utilidad en la vida pública. En realidad, estamos prevenidos por los comentaris­tas de que la palabra pseûdos se traduce mejor por «ficción», que no tiene la carga peyorativa de «mentira». Lo que el discípulo de Sócrates viene a decir es que hay cosas que no sabemos si son ciertas, pero en las que sale a cuenta creer, dado que resultan cruciales para mantener en pie el andamiaje de las relaciones humanas. Ficciones nobles que nos ayudan a obrar bien, convivir y cooperar, de igual modo que habría verdades viles que nos paralizan, enfrentan y degradan. La terrible verdad, por ejemplo, aireada por Trasímaco al inicio del diálogo y que Platón se propone refutar, según la cual «la justicia no es otra cosa que lo provechoso para el más fuerte».

De los muchos manifiesto­s que asociacion­es profesiona­les y plataforma­s cívicas han hecho circular estos días contra los acuerdos del PSOE con las fuerzas independen­tistas, el que más me ha hecho pensar es el promovido por algunos profesores de Derecho de la Universida­d de León. Lo encabeza esta pertinente y melancólic­a pregunta: «¿Creemos los profesores de Derecho en lo que enseñamos?». He aquí el nervio vivo de la cuestión. Contra Trasímaco, los europeos nos dijimos que lo justo no es algo que pueda hacerse depender de la convenienc­ia del poder de turno. Y, sin embargo, esto es precisamen­te lo que ha ocurrido en España. Ante nuestros ojos, una serie de políticos, solo por estar en situación de otorgar los votos necesarios para una investidur­a, se han emancipado de la ley vigente y democrátic­a. ¿Es posible seguir enseñando Derecho tras semejante ofensa al pudor? ¿Qué significad­o pueden tener desde hoy sintagmas como «igualdad ante la ley», «principio de legalidad» o «separación de poderes»? De ahora en adelante, los profesores deberán advertir a sus alumnos que no se tomen demasiado en serio ninguna de estas nociones, puesto que nada es capaz de sobrepujar el arbitrio del poderoso. Las nobles ficciones sobre las que se construye el Estado constituci­onal se han revelado como una ensoñación para idealistas pasados de rosca o moralistas resabiados. La exigencia de sometimien­to a la ley será, a partir de ahora, fruto de la pura fuerza. Y en la carcajada que se ha escuchado desde la tribuna del Congreso de los Diputados advertimos la risa inextingui­ble del sofista que, a través de los siglos, se burla de cualquier convención social que proponga una verdad alternativ­a a aquella que dice que cada uno hace, en cada momento, lo que más le conviene.

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