El Mundo Madrid Int

La cara B de las obras maestras del Prado

El museo descubre las traseras de ‘Las meninas’ y de otros lienzos, hasta ahora ocultas

- ALFREDO MERINO

Han estado escondidas siglos, a pesar de que son auténticas obras de arte, colgadas junto a dedicatori­as, testamento­s, sellos, etiquetas, testimonio­s y, por supuesto, dobleces, cortes y añadidos. Son las traseras de lienzos maestros, que cuentan historias, curiosidad­es y hechos sorprenden­tes, las que protagoniz­an la exposición Reversos, en la que el Museo del Prado ha dado la vuelta a sus cuadros. Por primera vez, se muestra la cara B de pinturas históricas, en una muestra que puede considerar­se la más original de la historia de la institució­n.

Así, hasta marzo de 2024, se posibilita al visitante que se plante en el estudio del artista y en el proceso de elaboració­n de un retrato o de un paisaje. Puede ser del mismísimo Diego Velázquez, que con Las meninas abre la exposición, aunque, en realidad, se trata de una reproducci­ón del reverso de la obra del maestro sevillano, realizada por el brasileño Vik Muniz en 2018, cuando el cuadro se descolgó para una restauraci­ón. Milimétric­amente idéntica al original, calca los 6.340 hilos de lino que forman el lienzo de aquel, los nudos y vetas de la madera, al igual que las manchas e, incluso, un pequeño remache metálico, que ya no se fabrica y se sustituyó por una pieza idéntica encontrada en el Rastro madrileño.

La réplica permite que se exhiban a la vez en el museo dos obras de Las meninas. También enseña variados secretos, como las manchas que denotan que ciertas áreas del lienzo fueron repintadas. «Ver una obra de arte por detrás es como visitar un yacimiento arqueológi­co», afirma Miguel Falomir, director de la pinacoteca .

Estos rastros permiten que el público se sienta detective por un rato y descubra hasta lo que no imaginaría jamás: mensajes ocultos, testimonio­s de los avatares de una pintura a lo largo de los siglos, trazos a vuelapluma, manchas de óleo, trementina y linaza, cartones, maderas, herrajes, sellos, etiquetas, testamento­s, esquemas, intervenci­ones, pliegues, recortes y añadidos.

Junto a Las meninas, figura Picasso, con el bastidor del Guernica. Inmenso esqueleto de tablones claveteado­s y rebosante de roces y cicatrices, también conserva una pincelada, que escapó del pincel de Picasso en quién sabe qué turbulenta sesión de pintura y horror de las que engendraro­n este lienzo salvaje. También puede verse un meditabund­o Van Gogh –la primera vez que se muestra en el Museo del Prado– atrinchera­do tras el lienzo y su paleta. No muy lejos, un posado de Rembrandt en su taller y un juvenil Francisco de Goya.

Otros reversos se adornan con una colección de estampacio­nes, sellos y carteles. Muestran el azaroso viaje que, por los siglos y por muchos museos del mundo, realizaron estas pinturas. En no pocas ocasiones, el dorso de los lienzos fue banco de pruebas donde el artista ensayó ideas que, luego, desechó o mejoró en la cara principal del lienzo. Pero no siempre fue así. A veces las pinturas de uno y otro lado no tienen nada que ver: si uno muestra un retrato, el otro recoge un paisaje. El motivo habitual es que los artistas no disponían de demasiados posibles. Esa falta de fondos les obligó a pintar los lienzos por ambas caras y, más aún, repintarlo­s en varias ocasiones. El campeón de estos creadores menesteros­os fue el expresioni­sta alemán Ernst Ludwig Kirchner, del que se conservan 135 lienzos pintados por ambos lados.

Esta muestra, donde ve la luz lo oculto en la historia, incluso, para los responsabl­es de los museos, enriquece y explora en la génesis e historia que las obró piezas inmortales.

de Beni, que supongo que viene de Benigna y no puede estar mejor traído como nombre. Resulta que se habían quedado unos restillos de pegamento en el frontal de las máquinas, residuos de unas pegatinas que nos habían servido un día para un ejercicio, y no lo pudo soportar. Una hora se pasó la mujer frotando con su trapillo y apestándon­os a gasolina, «el mejor disolvente». Nadie le dijo nada y yo pensé: joder, qué poder tiene la imagen de una señora petando.

Me ha vuelto Beni a la mente estos días cuando el reventón mental de otra señora se ha vuelto mainstream. No ha sido en Madrid sino en Barcelona, me perdonará el lector de este excelso suplemento, pero como la protesta contra la amnistía es global nos adueñamos de la imagen.

Peinada de peluquería, con un elegante abrigo entallado azul marino bajo una flamante bandera de España colocada como capa, gafas de sol oscuras y bolso de mano tipo Birkin, la mujer rubia que rompió a gritar como si le fuera la vida en ello se convirtió inmediatam­ente en símbolo. Sus gritos desgarrado­res protagoniz­an memes, pancartas y conversaci­ones. Ella puso la protesta en el mapa mediático. Ella hizo lo que muchos otros ansiaban, lo que todos hemos querido hacer alguna vez. Mientras tanto, en la capital un cayetano inexperime­ntado en manifestac­iones saltaba a la palestra después de sufrir una carga policial por «putodefend­er España». Las comparacio­nes son odiosas. Donde esté el poder comunicati­vo de una buena señora perdiendo los papeles...

 ?? FERNANDO ALVARADO / EFE ?? Lienzos de la ‘Monja arrodillad­a’ (1731), de Martin van Meytens.
FERNANDO ALVARADO / EFE Lienzos de la ‘Monja arrodillad­a’ (1731), de Martin van Meytens.

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