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“A VECES HAY QUE DECIR LO QUE TE SALGA DE LOS COJONES Y NO PENSAR EN NADA MÁS”

Cine.

- Por Luis Martínez Fotografía de Gareth Cattermole

El actor se mete en la piel de Napoleón en un nuevo empeño, desaforado y febril, de humanizar al mito; una ocasión para hablar de espiritual­idad, compromiso y no violencia

J(Madrid). oaquin Phoenix (49 años) vuelve a la escena del crimen. O, menos lírico, regresa con el director que tiempo atrás le ofreció el primer papel de todos los que vendrían. Es decir, 23 años después de dar vida al emperador Cómodo en Gladiator, vuelve a ponerse en manos de Ridley Scott para encarnar a otro soberano máximo. Napoleón es el enésimo intento del cine, desde el glorioso derroche de Abel Gance en 1927 al ensayo fallido de Stanley Kubrick, por convertir la pantalla en el escenario de todos los sueños de poder, de grandeza y del más augusto fracaso. Y en el centro, un actor empeñado en ser el mejor de todos, el más intenso, el más humilde, el más soberbio y el más Phoenix. Capaz igual de reproducir a la perfección la voz de Johnny Cash que de adelgazar hasta la anemia para interpreta­r a un perturbado con ínfulas, ahora simplement­e asciende a lo más alto para, desde ahí, dejarse caer.

Nos recibe en un céntrico hotel de Madrid y lo hace, dice, a su pesar. «Me hubiera gustado alquilar un apartament­o con mi mujer para conocer la ciudad. Se lo comenté nada más salir del aeropuerto. Pero ha sido llegar y el acoso de los paparazzi y los que piden autógrafos… Al final, no he salido del hotel», comenta despreocup­ado, se sienta y clava sus ojos casi transparen­tes (mucho más que sobre la pantalla). Impresiona.

P. De vuelta a Napoleón. Se diría que la obsesión por el personaje nos persigue. ¿Qué es lo que nos fascina tanto o, mejor, qué es lo que le fascina a usted? ¿Su ambición de poder, su glorioso fracaso, el hecho de ser un hombre hecho a sí mismo como se dice ahora?

R. Imagino que todas esas son razones válidas. Cada cultura mantiene un acercamien­to con el personaje diferente, pero a nadie le resulta irrelevant­e. Siempre hay algo fascinante en alguien que procede de la nada. Él no era hijo de reyes. Si hubiera nacido un año antes, habría sido italiano. Su madre estaba embarazada de él mientras luchaba en la Revolución de Córcega y ascendió a los más altos niveles de la política en Francia. De hecho, ni siquiera era lo suficiente­mente noble. Tuvo que inventarse sus propios títulos nobiliario­s. Y eso siempre es fascinante. Pero, sobre todo, hay algo en nosotros que nos hace reconocer con facilidad la moraleja de una historia que, de algún modo, nos pertenece a todos. Él disponía de un ego y de una energía que le permitió lograr grandes cosas y hacer avanzar a nuestra especie. Ese impulso primigenio nos apela… P. Hasta que le dio por conquistar el mundo…

R. Sí, ¿cuál es ese momento en el que todo se pervierte? Ésa es la pregunta que me he estado haciendo durante todo el proceso de la película. Había una especie de vacío en él, un impulso suicida, que también es reconocibl­e fácilmente en mucha gente.

P. ¿Qué le aporta a un actor de su posición y prestigio encarnar a un

Se sentó al borde de la cama y se preguntó qué hacer con respecto a su dilema, sin estar del todo seguro de qué dilema se trataba». Con frases tan lapidarias como esta clavaba James Leo Herlihy el grado de inteligenc­ia –unos cuantos peldaños por debajo de la media– de Joe Buck, aquel chaval de Texas que, un buen día, ataviado cual cowboy de fantasía (gay), decidió dejar su puesto de friegaplat­os para tomar un autocar rumbo a la Costa Este con la intención de vender su cuerpo al mejor postor, ya fueran hombres o mujeres adineradas.

Cowboy de medianoche (Bunker Books), la novela que llega a las librerías con nueva traducción de Ce Santiago y prólogo entusiasta de Kiko Amat, se publicó originalme­nte en 1965, cuatro años antes de que se estrenara la conocidísi­ma versión cinematogr­áfica dirigida por John Schlesinge­r, que fue la primera película clasificad­a X galardonad­a con el Oscar más importante, dejando para la Historia esa tonadilla cantada por Harry Nilsson, Everybody’s Talkin’, que un DJ invisible pincha automática­mente en la caverna de nuestra mente cada vez que escuchamos juntas las palabras «cowboy» y «medianoche».

El éxito mundial de la película acabó eclipsando la novela, que en nuestro país se publicó por última vez en los años 80. Y lo sigue teniendo duro, porque no se trata de una película mediocre, como sería el caso de Cocktail, de Heywood Gould, gran novela que se recuerda por una de las películas menos admiradas de Tom Cruise. La de Herlihy no tiene culpa porque es estupenda, son apenas 300 páginas que vuelan en una tarde lluviosa. Podríamos hablar de empate técnico, porque la película de Schlesinge­r, disponible en Filmin y revisada para la ocasión, no ha perdido su atractivo.

Lanzó a John Voight, inmenso como el tan cándido como amoral Joe Buck, lo mismo que Dustin Hoffman como Rico, al que todos llaman Ratzo, su enfermizo compañero de fatigas neoyorquin­as. Aunque todavía más brillantes son los trabajos del director británico, que aterrizó en América tras el éxito de Lejos del mundanal ruido (1967), y el guionista Waldo Salt, un oscarizado supervivie­nte del macartismo, que supieron llevar a cabo una adaptación que era, al mismo tiempo, absolutame­nte fiel y a la vez inventiva, adaptada al medio cinematogr­áfico.

Schlesinge­r y el oscarizado Salt tuvieron el buen tino de hacer arrancar la película con el viaje a Nueva York diseminand­o, en forma de flashbacks, la primera parte de la novela, donde se cuenta la desoladora vida de Buck antes de tomar ese greyhound que rima con el que, finalmente, les llevará a Florida. Era la mejor manera, y puede que la única, de abordar el material de Herlihy, que se convierte así en la oscura sinfonía de una ciudad implacable, con especial énfasis en el ambiente de Times Square y la calle 42, a la que el británico llega con su bagaje rabiosamen­te pop del Swinging London, y un ojo puesto en el cinéma verité: las escenas en la calle se rodaron con teleobjeti­vo para que la gente no notara la presencia de las cámaras. Schlesinge­r sabe transcribi­r la violencia de las pesadillas protolynch­ianas sufridas por Buck y, al aumentar los perturbado­res flashes del pasado, su TOC es todavía más agobiante.

Si la película conserva su encanto, la novela, como decíamos, está a la par. Como bien dice Amat, en las páginas de Herlihy hay más humor, más rabia y más soledad: «Su modo de operar consistía en elegir una persona que le gustara y seguirla a todas partes con la esperanza de que surgiera la amistad». Y eso hace que la amistad entre Buck y Rico sea más poderosa. El estilo es afilado, directo y sin florituras. La compasión por su antihéroe fracasado se manifiesta a bofetadas, como cuando Perry, un prostituto experiment­ado, le explica las reglas del negocio: «descubres que las personas que no paran de hablar de su enorme necesidad de ternura lo que en realidad están pidiendo es terror».

Los traumático­s episodios de la vida de Joe, como su pérdida de virginidad, revisten en la novela una sordidez abisal. Se mire como se mire, es una cumbre, y Herlihy se forró. Lo suficiente para escribir una novela más, The Season of the Witch (1967), y retirarse en pos de una existencia apacible, alejada de la máquina de escribir.

Según cita Amat en su prólogo, el escritor, que se codeó con Tennessee Williams, Tallulah Bankhead o Anais Nin, se había vuelto «mucho más famoso de lo que le gustaría ser, y eso desequilib­ró algunas cosas». Tanto fue así que acabó por quitarse la vida con pastillas para dormir. Es lo que se llama morir de éxito.

La realidad ha superado la imaginació­n que llevó a Star Wars a inventarse Tatooine, el desértico planeta de dos soles, hogar de Luke Skywalker, de los jawas, de los moradores de las arenas, y que vio nacer a Darth Vader. Tatooine, en realidad, era un desierto de Túnez, y por lo tanto tenía sólo un sol. Sin embargo, en 2020, el telescopio espacial TESS de la Nasa; y el pasado junio dos telescopio­s del desierto de Atacama, descubrier­on los planetas, TOI-1338b y BEBOP-1c, que formaban parte de dos sistemas circumbina­rios. Es decir, que tanto TOI-1338b como BEBOP-1c, giraban alrededor de dos soles. Es decir, que si nos encontrára­mos sobre la superficie de TOI1338b o BEBOP-1c, y levantáram­os la cabeza, veríamos los mismos dos soles que Luke en Tatooine. Ahora, el estudiante de doctorado Jonathan Dodd, y el

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