El Mundo Madrid Int

Sánchez publica un libro titulado ‘Tierra firme’

- JORGE BUSTOS

TENGO tantas ganas de leer Tierra firme, lo nuevo de Pedro Sánchez, como tenía de ver el Napoleón de Ridley Scott. De la segunda experienci­a salí cubierto de pólvora y bajo la ominosa sospecha de que Phoenix equivocó el papel y acabó interpreta­ndo a un loco que se cree Napoleón. Todo apunta a que los afanes actorales de Pedro incurrirán en una farsa parecida, único registro en el que nuestro autor puede aspirar al clasicismo. Tiene sentido que Pedro Sánchez firme la historia de un loco que se cree Pedro Sánchez.

Lo de menos es que no lo haya escrito: de un doctor por plagio solo cabe esperar coherencia en el magisterio de la falsedad. Si ni siquiera su obra política delata una autoría intelectua­l propia –su trayectori­a describe el proceso de apropiació­n cultural de los métodos y las ideas de Pablo Iglesias–, los lectores nos sentiríamo­s estafados si de pronto decidiese escribir lo que firma.

Lo relevante, descartado el contenido, es el hecho de que el investido por Junts y Bildu considere necesario asestarnos otra semblanza heroica de sí mismo, contravini­endo el sentido del ridículo, el respeto a la inteligenc­ia lectora y el escrúpulo ecológico; confiamos en que Teresa Ribera, a su regreso de Doñana, verifique que la tirada se imprime en papel reciclado.

Cuando los españoles recibimos la noticia de que Pedro Sánchez va a publicar otro libro sobre Pedro Sánchez lo primero que nos preguntamo­s es por qué. Pero es justo reconocerl­e la invención de un complejo género literario. Como la hagiografí­a de Tezanos de 2022 le pareció poco servil, no ha tenido más remedio que inventar la autohagiog­rafía. La vida de santo contada por él mismo, aunque firmada directamen­te por el Espíritu Santo. Que también es él.

Y luego está el título. Víctima de una obsesión pueril por su lugar en la historia, convencido de que puede reescribir­la una y otra vez, nos vende que ha alcanzado la madurez pasando de resistente a conquistad­or. Debió firmar su epopeya con el seudónimo de Rodrigo de Triana. Pero no hay más épica en el 23-J que la sumisión al chantaje separatist­a. América era una amnistía.

Sobre el iceberg de su ego, ansioso de que lo vean como él se ve –el trastorno dismórfico de los adictos a los filtros de Instagram–, tres cuartas partes de Tierra firme emergerán en forma de muro contra la derecha, libelo antes que confesión. Porque lo único firme en él es la censura al PP donde quedó varado su proyecto adversativ­o. La tierra nunca fue su elemento sino el agua: la inconsiste­ncia pertinaz del político líquido.

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