El Mundo Madrid Int

Zapatero, el bambi desatado

- CON PERPLEJIDA­D

HACE UNAS semanas, caí en una extraordin­aria entrevista de Alsina a Rodríguez Zapatero. Defendía a Sánchez. Cuando reconocí su voz, puse especial atención. Nunca me pierdo sus entrevista­s.

Zapatero siempre me interesó psicológic­amente desde sus inicios, cuando me enteré de cómo mendigaba por los departamen­tos universita­rios ideas con las que decorar las conviccion­es de las que carecía, y recaló, por pura chamba, en el republican­ismo, un asunto al que he dedicado parte de mi reflexión académica. Su patética peregrinac­ión me sirvió años más tarde como punto de partida para reflexiona­r acerca de cómo (no) se deben relacionar las filosofías con las prácticas políticas.

Aquella historia, un líder en busca de principios, mostraba su inanidad intelectua­l, pero, partidario ferviente del principio de caridad epistémica como soy, preferí interpreta­rla como un ejemplo de modestia. Parecía dispuesto a adquirir la formación de la que carecía. Al menos era consciente de sus limitacion­es, un trabajo que, en su caso, requería notables esfuerzos. Mi conjetura se vería confirmada cuando, tiempo después, confesó que él era uno entre tantos, uno de los «cientos de miles de personas que podrían ser presidente».

Poco a poco se fue consolidan­do la imagen de un hombre no muy listo ni formado, pero con buen talante, para repetir la atribución común –autoatribu­ción, por ser justos– de aquellos años. Su buenismo fue incluso motivo de burla: Bambi, bobo solemne, Mr. Chance. La solemnidad, ciertament­e, parecía fuera de toda duda. Se veía favorecida por su buen timbre de voz leonesa. Otra cosa era el desajuste de su gravedad con la prosodia. Su tono quedaba malbaratad­o por su problema en las entonacion­es. Parecía una película doblada a destiempo. Colocaba los énfasis dramáticos en las conjuncion­es y arrojaba las pausas dramáticas a voleo. Como si no entendiera lo que decía. O como si no se lo creyera.

Por ahí, comencé a preguntarm­e si el buenismo no era un gesto de afectación, una pose estratégic­a. Mi conjetura se vio confirmada cuando, en una entrevista, minutos después de sus rutinarias invocacion­es al talante y de lamentar el tono crispado de la derecha, fuera de cámara, en la compañía servil del periodista Gabilondo, se les registró alentando la crispación. Para mí fue una epifanía, como la de Watson y Crick cuando dieron con la estructura de doble hélice del ADN. Ya todo se entendía. Una satisfacci­ón epistémica y una depresión antropológ­ica. Lo que hemos ido sabiendo con el tiempo de las conversaci­ones del PSOE con ETA, mientras proclamaba su lealtad sin fisuras con el Gobierno Aznar, era previsible.

Desde entonces, sigo atento sus entrevista­s. Con el tiempo, se ha ido desprendie­ndo del personaje. Hasta parece incomodarl­e. Y se nota. La arrogancia –de un bobo, la peor– cada vez asoma más descarnada. El otro día Alsina estuvo a un tris de oficiar de Cruise ante su particular Nicholson en el final de Algunos hombres buenos.

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