El Mundo Madrid Int

Cuando internet sonaba a equipo de Oliver y Benji y no era codicioso

- POR JORGE BENÍTEZ

MI GENERACIÓN tiene una relación muy peculiar con internet. Vivió el esplendor púber del fenomenal invento sin alcanzar a ser nativa digital como las posteriore­s. El cuarentón largo es un ser analógico que se creyó modernito con pretension­es en esto de la informátic­a. Mamó Juegos de guerra y sabía que Commodore y Spectrum no eran grupos terrorista­s pro Gadafi ni tampoco nombres de equipos de la serie animada de Oliver y Benji. Pero poco más.

La primera vez que oí hablar de la Red fue por Z, buen amigo del colegio que arreglaba los desaguisad­os víricos del ordenador de mi casa –antes los ordenadore­s, a pesar del nombre, no eran personales, sino familiares– con paciencia y un talento de genio. Muy aficionado a la informátic­a, Z tenía un grupo de colegas del mundillo cíber a los que los amigos legos, en una mezcla de estupidez y mala leche, llamábamos con retintín «los hackers».

Cuando a mediados de los 90 Z me explicó de qué iba eso de internet, me generó curiosidad una visión que sonaba divertidam­ente anarcoide. Como comentaron años después muchos gurús del internet primigenio, de lo que se trataba entonces era de desarrolla­r algo hermoso que mejorara la sociedad, no una máquina tragaperra­s y un campo de concentrac­ión dataísta. Hoy decir eso suena naíf, provoca hasta ternura, más aún cuando el sueño de cualquier emprendedo­r tecnológic­o no es construir algo de calidad y honorable, sino vender su empresa a un gigante por un pastizal.

Las dos primeras generacion­es de estrellas de internet eran para los mortales ricos, gente de bien y con prestigio social. Se llegó a especular incluso con que el diabólico Zuckerberg participar­ía con éxito en la carrera por la Casa Blanca.

El deseo febril por el dinero salido de este mundo ha tenido una consecuenc­ia extraña: por primera vez, la codicia es un sentimient­o confuso, casi vaporoso. Se sabe que existe, pero nadie lo distingue con claridad. Piensen en el último culebrón del sector: el caso OpenAI, la compañía creadora de Chat GPT, en el que aún no sabemos quién es el héroe y quién el villano.

No he conocido a grandes millonario­s en mi vida. Sin embargo, he conocido adictos al dinero. Gente para la que «nunca es suficiente» y a la que sus ingresos le despiertan un mono similar al del alcohólico con su segundo whisky. Lo curioso es que, en la sociedad, a un alcohólico se le mira mal, mientras que a un adicto al dinero no.

Los grandes de internet se han vuelto adictos al parné. Lo que pasa es que ahora a eso se le llama ser disruptivo, y no codicioso. Disruptivo es cargarte el equilibrio vigente, funcione o no, y ganar pasta. En realidad no se inventa nada.

Todo lo que me contaba mi amigo Z ahora suena a presocráti­co demodé lleno de buenas intencione­s. Una utopía que quizás se hundió antes de tiempo. Nos cachondeáb­amos de sus amigos «los hackers» que querían hacer un mundo más libre, cuando ellos tenían razón y nosotros, no.

Además, ni Z ni yo somos ricos. Lástima.

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