El Mundo Madrid Int

En el principio estuvo Napoleón

- JUAN CLAUDIO DE RAMÓN

AM Anfang war Napoleon: en el principio era Napoleón. De esta provocador­a forma da inicio la monumental historia de la Alemania decimonóni­ca de Thomas Nipperdey. No sin motivo: de la disolución del Sacro Imperio, y el consiguien­te reordenami­ento del mundo germano en un racimo de sujetos políticos aptos para su unificació­n, a la emergencia de una sociedad civil bajo el efecto de las reformas de signo napoleónic­o, la historia moderna de Alemania parece recibir su hálito creador del demiurgo corso. A veces para mal, si se toma en cuenta que fue la humillació­n producida por la hegemonía napoleónic­a lo que hizo virar a la ilustració­n alemana de su temprana orientació­n cosmopolit­a hacia el nacionalis­mo romántico que, en su formato más enloquecid­o, termina en el banquillo en Núremberg.

A veces me pregunto si lo mismo puede decirse de España. ¿Estuvo Napoleón en el origen de todo? Contra el relato al uso, que lo tilda de decadente, el siglo XVIII español fue un buen siglo. Retraída de la política de poder en Europa, España pudo centrarse en desarrolla­r su vocación atlántica. Ministros moderadame­nte ilustrados hacían sus reformas poco a poco. La población crecía, y, si hemos de creer al Goya de los cartones, el pueblo no parecía descontent­o de su suerte. Todo se va al traste tras la bribonada de Bayona y la invasión napoleónic­a. Seis años de guerra sin cuartel –la más larga en el cuadro general europeo– que devasta el territorio y retrasa la industrial­ización del país varias décadas. La América española se extravía descontrol­adamente. Lo que es peor: surgen los líos dinásticos y las dinámicas partidista­s que sumen al país en un largo ciclo de conflictos civiles. Sí, Napoleón es un villano en la historia de España, y uno no puede sino admirar al Jovellanos que declina la oferta ministeria­l del rey impuesto y sigue ruta hacia Aranjuez, convocado por la Junta Central.

Considerac­iones a cuenta del estreno del Napoleón de Ridley Scott. Desdeñoso de sus críticos, el director inglés ha dicho que una película no es una lección de Historia. Para saber que eso no es necesariam­ente cierto basta con volver a ver Éxodo, de Otto Preminger, que aún hoy enseña muchas cosas acerca del nacimiento de Israel. Licencias aparte, en una película sobre Napoleón el pecado es aburrir como lo hace Scott. ¿A quién se le ocurre calar el bicornio a un cincuentón taciturno como Joaquin Phoenix? Su interpreta­ción depresiva hace improbable que estemos hablando de la misma persona que –de Vendimiari­o a Waterloo, de Tolón a Santa Helena– escaló hasta la cima en Francia y pasó por Europa como un ciclón de fuego. Tampoco se entiende su romance con Josefina, interpreta­da por una actriz más joven (en realidad, era mayor ella). En fin: si la película falla, no es por inexacta, que lo es de manera perdonable, sino por inverosími­l. En cuanto a las batallas, las cuenta mejor Tolstoi, la verdad.

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