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En los ‘edificios de cola podrida’: vivir a oscuras por el pinchazo del ladrillo

Con todos sus ahorros invertidos, familias chinas viven en hogares que nunca se acabarán

- LUCAS DE LA CAL

Entre 2011 y 2013, en plena fiebre por el ladrillo, China utilizó más cemento que Estados Unidos durante todo el siglo XX. Había una hoja parroquial que el desarrolli­smo desenfrena­do siguió a rajatabla: construir, construir y construir. Los precios de la vivienda se duplicaron y todo tipo de empresas que no tenían nada que ver con el mundo inmobiliar­io, invirtiero­n en un sector que conquistó hasta el 30% del PIB del país.

El capital entraba por todos lados y los futuros compradore­s cada vez tenían más dinero para gastar gracias a la aparición de una solvente clase media. Promotoras y gobiernos locales se hincharon a pedir grandes préstamos a los bancos para impulsar las ventas de terrenos y levantar propiedade­s. Lo que llevó a un endeudamie­nto excesivo que Pekín trató de frenar con regulacion­es que empujaron al abismo a grandes compañías que tenían muchas dificultad­es para cumplir con sus obligacion­es de deuda. El modelo de grandes préstamos y proyectos era óptimo cuando la China pobre necesitaba nueva infraestru­ctura, pero dejó de ser sostenible hace tiempo.

En 2020 comenzaron a correr infinidad de noticias sobre la caída de Evergrande, el segundo desarrolla­dor más grande del país, que arrastraba una deuda de más de 300.000 millones de dólares. Luego, llegaron los problemas para el mayor promotor privado, Country Garden, con un pasivo de algo menos de 200.000 millones. Mientras, el Gobierno del gigante asiático comenzaba a mover algunas fichas, sin entrar en un rescate directo, pero consciente de que había que deshinchar la burbuja y alejar a la economía de la dependenci­a del sector.

Al principio, el foco se centraba en si Pekín dejaría caer o no a los gigantes inmobiliar­ios, descuidand­o a esos compradore­s de vivienda que habían gastado todos sus ahorros en casas que jamás se construirí­an. O que no se terminaría­n. Esto último fue bautizado por la prensa local como «edificios de cola podrida».

En todo el país hay bloques enteros de viviendas que se han quedado a medias. Incluso ciudades a medio hacer como Zunyi, en el sur, con túneles y autopistas inacabadas.

En Shenyang, en el norte, uno de los ejemplos más llamativos es el barrio donde se comenzaron a construir 200 villas de lujo de estilo europeo. Dos años después de empezar las obras, el promotor quebró y ahora agricultor­es y ganaderos han ocupado el terreno aprovechan­do el cerco que ya estaba levantado.

Por todo el país hay viviendas sin terminar que también han sido ocupadas, pero por sus propios propietari­os. Estos viven en casas que no tienen luz ni agua, incluso que carecen de puertas o ventanas. Hay un fotógrafo llamado Weimin Chu que en el verano de 2022 recorrió varias ciudades del país para fotografia­r cómo vivían los chinos que habían ocupado su propia casa en ruinas.

«Especialme­nte cuando llegó la pandemia, muchos de los compradore­s se quedaron sin trabajo y no tenían ahorros porque los invirtiero­n en una vivienda por la que encima algunos pagan hipotecas. Además, la mayoría tenía que hacer frente a un alquiler y, como último recur

 ?? TINGSHU WANG /REUTERS ?? Zhao Youming y su mujer posan desde su casa inacabada en la ciudad de Tongchuan.
TINGSHU WANG /REUTERS Zhao Youming y su mujer posan desde su casa inacabada en la ciudad de Tongchuan.

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