El Mundo Madrid Int

La película perfecta

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Nos creemos especiales y no lo somos. Todos. Ninguno.

Nos pasamos décadas pensando que la vida es una película sobre nosotros en la que el resto no son más que actores de reparto cuya única función es aportar tramas al guión. Amigos, parejas, jefes, vecinos, mascotas... Van y vienen como las novias de Joey en Friends o el 2% de la población que desaparece en The Leftovers. Dejan un vacío efímero que será ocupado por el siguiente personaje temporal y, con suerte, cierto poso en la memoria. Pero la película sigue avanzando imperturba­ble porque ahí, justo en el medio, sigues tú. Y eso es lo único que importa.

Y, entonces, tienes hijos. El principio es confuso. Nadie te avisa de que tardas en quererles tanto como todo el mundo te ha dicho que vas a hacerlo, que DEBES hacerlo. Esa devoción tarda meses en llegar, algún año incluso. Les tienes cariño, están ahí, no hacen gran cosa excepto dar trabajo, te apartan del caos, de la incertidum­bre, de la noche, de ese argumento vital que tan cuidadosam­ente has elaborado durante siglos. Hasta que un día llegas del trabajo y un ser tambaleant­e avanza hacia ti gritando: «¡Papá!».

En ese instante, tu película ya no importa una mierda.

Pero sigue siendo tuya. Conviertes la comedia romántica en comedia familiar y continúas adelante. Caes en cada tópico. Escuchas el Father and Son de Cat Stevens siempre que nadie te observa, les vistes del Atleti, sueñas con que sean la futbolista y el alero tirador que tú nunca tuviste talento para llegar a ser, haces chistes malos delante de sus amigos, prometes no educarles con pantallas y chantajes... diez minutos antes de amenazarle­s con no dejarles jugar al Minecraft en la tablet si no recogen antes el salón. Pero aún va de ti, sois Tú y tus hijos, el musical cuqui. Están allí para humanizart­e y escribir esta columna haciéndote el padre guay. Todavía es tu película. Y, entonces, crecen.

Poco a poco, su amor afloja el ritmo, ya no eres el superhéroe perfecto con el que quieren hacerlo todo y todo el rato, tus defectos y errores dejan de ser invisibles a sus ojos, prefieren ver a un tal Tekendo jugando en Youtube a jugar contigo, no hay forma de que tu hija te dé la mano al salir del colegio. Tú quieres más y ellos dan menos, te difuminas como el personaje de Robin Williams en Desmontand­o a Harry, como Joao Félix según avanzan las temporadas, como el acierto de Morata cada vez que nos engaña con que le ha poseído Van Basten.

Y, entonces, te das cuenta de que te has convertido en el actor secundario de su película.

Hundido, vacío y resignado, te vas a la tele de la habitación para ver el fútbol sin molestarle­s y, de repente, abren la puerta. Entra tu hija con su camiseta rojiblanca puesta.

–Papá, ¿puedo ver el Atleti contigo?

Y tu película es perfecta.

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