El Mundo Madrid Int

Chemsex: nadie, jamás, volverá a querernos nunca

- JAVIER CID

No es Madrid un territorio fácil para abonarse al amor. Al menos a ese amor monógamo y tranquilo, maduro y sosegado que amamantamo­s de nuestros padres, si acaso la última generación que le compró el cuento a míster Walt, Walt Disney. Hace tiempo que renuncié a comer perdices en esta ciudad desatada, insaciable, feroz, tan libre que apenas sabemos qué hacer con tanta libertad que nos revienta las costuras, que nos acribilla la paciencia, que nos dispara las braguetas. No sé en qué momento del camino mandamos a freir espárragos cualquier atisbo de romanticis­mo, de lealtad, de un pequeño pellizco de ternura. Se nos cayeron los afectos por el alcantaril­lado de Chueca y sucedáneos, y ser gay en esta capital que se merendó la pandemia a terracitas al sol y lingotazos es aceptar que nadie volverá a querernos nunca.

Jamás estuvo Madrid tan en la ola, tan trendy, tan topic, tan arriba. Y sin embargo, nunca fue tan hostil para la cosa de los efectos LGTBI. Hace dos meses, en las páginas de este periódico, yo mismo publiqué un extenso reportaje sobre el auge del chemsex (la práctica de sexo acompañada del consumo de drogas) tras las celosías de la city. Dícese que los periodista­s haríamos mejor en contar aquello que mejor conocemos, así que la elección del tema no fue casual; pues con su pronunciac­ión como de noche de cuchillos, está el chemsex en todas las esferas, en el aire pesado que agita las pulsiones, a cualquier hora, maldita pesadilla.

Ya en 2007, el Plan de Adicciones de la ciudad de Madrid advirtió los peligros de estas prácticas. En 2021, cuatro años después, la atención a personas que abusaban del uso de sustancias en contextos sexuales se había disparado un 600%. A las puertas del 2024 no hay cifras oficiales, pero nadie duda de que estamos ante un gravísimo problema de salud pública. El cambalache estadístic­o ha trazado, incluso, el perfil de afectados: hombre gay y español de entre 24 y 44 años, con estudios universita­rios, trabajo estable y polizón en el vasto océano de la soltería. Con semejantes mimbres, anda Cupido en huelga de flechas caídas; se ha impuesto la ley de la carne y la cocaína, ofrecidas al mejor postor en el mercado de los afters, de las saunas, de las apps de citas. Líbrenos Dios de proponer un encuentro como los de antes, con su cortejo y su caída de ojos y sus tercios de Mahou para ir mojando los chistes del flirteo. Eso es de maricones viejos, de celestinas primitivas, de películas de sobremesa de domingo.

Y lo de compromete­rnos en la salud y en la enfermedad, así las cosas, es una ordinariez sin paliativos. Quizá cuando el sol salga por el oeste, como aullaba aquel cantante triste...

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ADN.

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