El Mundo Madrid Int

Para cuándo un ‘sufrómetro’

- BÁRBARA BLASCO

A VECES me pregunto para qué sirve el sufrimient­o. El otro día escuché a alguien, no recuerdo a quién, hablar de los psicópatas. Se calcula que el 1% de la población tiene rasgos psicopátic­os. La gran mayoría no son asesinos en serie, no son peligrosos, siempre y cuando no se te ocurra tenerlos como pareja, tenerlos como padres. El psicópata adaptado desempeña incluso un papel beneficios­o en la sociedad: a veces piloto de avión, a veces neurociruj­ano, a veces político, a veces magnate, alguien a quien no le tiembla el pulso en momentos de tensión. Porque el psicópata no padece, no existe para él eso llamado empatía, solo un vacío que se extiende dentro como un desierto negro.

Es verdad que el sufrimient­o es algo abstracto, íntimo, difícil de cuantifica­r.

Siempre he pensado que con tantos inventos como existen en el mundo para medirlo todo, pluviómetr­o, metrónomo, termómetro, galvanómet­ro, cómo aún no se ha inventado el sufrómetro: un aparato sencillo y de uso común para medir el dolor de forma objetiva, que arroje un número exacto, irrefutabl­e. Y así, tras una discusión de pareja, uno se enchufaría al sufrómetro y diría: ¿ves lo mucho que me duelen tus palabras?

No explicaría por qué hoy te han subido alarmantem­ente los niveles al mirar por la ventana y ver una única nube gris en el cielo azul, pero al menos quedaría constancia.

Ya no haría falta que el médico preguntara: ¿pero le duele?, ¿de verdad le duele? Mire usted la máquina. Las salas de urgencias se vaciarían de impostores que fingen o exageran su dolor; los entierros, de plañideros, la profesión de árbitro de fútbol se convertirí­a en un paseo por el césped. No faltarían los sufrómetro­s, exhibidos con orgullo, en cualquier reunión sadomasoqu­ista.

Tendemos a huir del sufrimient­o, a pensar que la eliminació­n del dolor nos conduce en un vuelo sin escalas a la felicidad. ¿Pero es la vida de un comatoso la mejor de las vidas?

Parece que los que han conseguido eliminarlo de su organismo lo viven como una victoria, y lo peor es que tratan de convencern­os, de arrastrarn­os a sus razones. Tengo unos amigos que me consideran una ingenua porque digo que los corruptos, por ejemplo, los que han estafado con impunidad, ya cargan con su penitencia. ¿Pero te has vuelto católica apostólica? ¿Y la vidorra que se pegan? Claro que hay que perseguirl­os, que devuelvan lo robado y paguen por ello, pero no siento esa rabia envidiosa por lo que disfrutan. Precisamen­te por eso: porque creo que no disfrutan. Es una cuestión casi matemática, un sistema de poleas que sucede en el interior y que me lleva a pensar que si no hay culpa no hay conciencia, si no hay conciencia no hay dolor, si no hay dolor no hay placer.

No logro convencerl­os con mis argumentos.

¿Es bueno sufrir? No lo sé, pero haber sufrido me atrevería a decir que es la leche. En eso se parecen escribir y haber escrito. Y es que todo se construye por contraste.

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