El Mundo Madrid Int

Sánchez sacude el tablero vasco

- JOSU DE MIGUEL

DESDE QUE triunfó la moción de censura en 2018, la sorpresa no ha dejado de estar presente en la vida política española. Maquiavelo y su fortuna siguen de plena actualidad. La semana pasada el PNV nos dejaba a todos boquiabier­tos prescindie­ndo de Iñigo Urkullu, actual lehendakar­i, que ha retenido para el partido fundado por Sabino Arana el Gobierno vasco durante las tres últimas legislatur­as en condicione­s no siempre fáciles.

El sustituto, Imanol Pradales, es un producto bastante desconocid­o salido de la margen izquierda de la Ría, lo que también es un dato de interés: el PNV se ha consolidad­o en zonas antaño obreras y donde se situaban gran parte de las migracione­s venidas de España. En términos de equilibrio de poder interno, Pradales supone el reforzamie­nto del sector vizcaíno, después de que los por aquel entonces más jóvenes Urkullu y Ortuzar asaltaran con éxito el PNV soberanist­a de Ibarretxe y Egibar. El aspirante a la candidatur­a a lehendakar­i –veremos lo que dicen los batzokis– ha sido diputado de Infraestru­cturas y tiene una óptima relación con el ámbito empresaria­l preferido del PNV vizcaíno: las constructo­ras que se dedican a la obra pública.

Urkullu habrá descansado con la decisión del Euzkadi Buru Batzar. El País Vasco se dirige hacia una situación de incertidum­bre y decadencia. Gestionar la sociedad más envejecida de Europa no será nada fácil. Por lo demás, el orgullo empresaria­l de esta tierra de trabajador­es es hoy un mito que tiene que confrontar­se todos los días con la realidad: Euskadi es la región con más conflictiv­idad y absentismo laboral de España. Sin ir más lejos, esta misma semana se ha convocado una huelga general feminista: tras la manifa, pintxos y zuritos. Así las cosas, comienza a vislumbrar­se una desinversi­ón industrial sostenida porque el capital prefiere habitar territorio­s con una legislació­n y una presión fiscal más favorables. Uno imagina la cara de los miembros de los ejecutivos autonómico y forales cuando Aitor Esteban y sus compañeros votaban en las Cortes a favor de impuestos temporales que gravan los beneficios de empresas clave donde el PNV tiene intereses centenario­s.

Toda esta crisis tiene un origen y no me parece de envejecimi­ento. El PNV ha dicho a las bases que «hay que cambiar de caras, que Bildu aprieta». El desgaste temporal de los liderazgos es algo muy español –y vasco– porque preferimos a políticos jóvenes y pensamos el cambio electoral e institucio­nal en términos de enfrentami­ento generacion­al. Pero el problema central del PNV y su crisis viene del día en el que, precipitad­amente, Sánchez los obligó a votar favorablem­ente la moción de censura. El presidente del Gobierno es un maestro del tiempo, que maneja en momentos de aceleracio­nismo comunicati­vo. Una semana después de acordar con Rajoy unos presupuest­os a cambio de la mejora del Cupo, Ortuzar tuvo que llamar al entonces presidente para comunicarl­e que no les quedaba más remedio que sumarse a la mayoría negativa que se había conformado tras la sentencia que vinculaba al PP con la Gürtel. Había otras opciones, desde luego.

Entonces comenzó a fraguarse el plan ideado por Pablo Iglesias: arrinconar al PP en la extrema derecha mientras se armaba entre la izquierda y los nacionalis­mos periférico­s un renovado frentepopu­lismo emocional que amenaza con dividirnos a todos. Esta mayoría de minorías, que ha funcionado como un reloj en el Congreso, se articula en torno a la plurinacio­nalidad: se trata de poner en marcha un jacobinism­o asimétrico (Juan F. Fuentes) mediante el uso del leyes de Cortes y otras convencion­es jurídicas, con el fin de castigar a las regiones gobernadas por el PP y Vox e ir articuland­o un bloque de constituci­onalidad que consolide, por fin, el deseado hecho diferencia­l que Pujol primero y la Declaració­n de Barcelona después habían venido reclamando.

La mayoría plurinacio­nal, sin embargo, es un circo político y presupuest­ario de muchas pistas. El PNV, como nos ha enseñado Juaristi, ha seguido siempre la filosofía foral con algunos volantazos soberanist­as: seguir en el Estado, pero desconecta­r a Euskadi de la Constituci­ón. Es decir, seguir siendo los primeros y más distinguid­os españoles. Pero en el gallinero plurinacio­nal no hay sitio para aristocrac­ias parlamenta­rias y todos piden lo suyo: los partidos regionalis­tas que integran Sumar y los nacionalis­tas canarios, gallegos y catalanes. En particular, el acuerdo del PSOE con Junts y Esquerra, que pretende dejar en el Principado el 100% de los impuestos a cambio de una cifra pactada con el Estado, puede ser un problema para el sistema de bienestar vasco: ¿quién va a financiar de ahora en adelante el Cupo insolidari­o, el enorme déficit de las pensiones o el 50% de la dependenci­a que Ortuzar le sacó a Sánchez en el pacto de investidur­a? ¿Madrid, a la que se combate política y tributaria­mente desde las Cortes con el aval de los parlamenta­rios del PNV y Bildu? ¿Murcia? ¿Extremadur­a? Las cuentas no salen.

La aventura con Sánchez también ha contribuid­o a erosionar el liderazgo político del PNV en el contexto autonómico. Véase lo que le ha sucedido a Otegi: es muy posible que los jóvenes vascos hoy no quieran saber demasiado de España, pero el lío identitari­o en el que viven y la lucha contra el fascismo que creen protagoniz­ar convierten a Sánchez en un personaje más conocido y admirado que los próximos candidatos a lehendakar­i. La cercanía del PSOE con Bildu en Madrid agrava además el reparto histórico de papeles del nacionalis­mo: la designació­n de Pradales sitúa al PNV como el partido de los negocios y la gestión, pero en tiempos de guerra cultural, Bildu quiere tener la sartén por el mango porque desde la Transición los jeltzales cedieron a Herri Batasuna el discurso ético y estético. La izquierda abertzale no solo ha disciplina­do a todos los vascos con ropa de montaña, peinados imposibles y un lenguaje propio, sino que ha gobernado el País a través de los sindicatos, la universida­d, Euskal Telebista y los nuevos movimiento­s sociales. Sin Otegi y quizá con una candidata femenina, Bildu pretende recoger la cosecha después de tantos años de siembra discursiva e ideológica.

EN CUALQUIER caso, pese a los dos últimos reveses en las urnas y pese al anonimato de Pradales, el PNV sigue teniendo una gran implantaci­ón electoral. El control del voto –sin llegar al caciquismo clásico– es intenso en muchos municipios y comarcas. El sufragio cautivo se impone entre quienes viven de los contratos con la administra­ción y de los salarios sociales. La competició­n nacionalis­ta hoy no es solo identitari­a, se juega en el plano de las prebendas y de la estabilida­d de una región que es consciente de su agotamient­o demográfic­o. En la faceta por ganar un futuro complicado, sorprende la candidez de Bildu, que ha dado un cheque en blanco a Sánchez para la investidur­a, dejando a Sabin Etxea los honores de haber logrado un acuerdo muy ventajoso que, en mi opinión, resulta de muy difícil ejecución si nos tomamos el ordenamien­to jurídico medianamen­te en serio.

Por lo tanto, así quedan las cosas: PNV, economía; Bildu, nuevas moralidade­s.

En definitiva, Sánchez parece ganar otra vez y enreda ahora a los nacionalis­tas vascos con sus pactos en Madrid, consolidan­do a un PSE sin más proyecto que seguir siendo una comparsa gubernamen­tal con unos y con otros. De algo hay que vivir. Es muy probable que

La crisis del PNV viene de cuando Sánchez les ‘obligó’ a apoyar la moción de censura

Urkullu vea las cosas como se han dibujado aquí. No pueden obviarse, es verdad, las recientes fotos del PNV con Junts en Bruselas y Bilbao después de que Puigdemont mintiera al lehendakar­i en octubre de 2017. Pero la relación entre nacionalis­tas vascos y catalanes nunca ha sido fácil y su actual colaboraci­ón parece menos un nuevo ciclo soberanist­a que una estrategia conjunta frente a los posibles incumplimi­entos del Gobierno central y las coalicione­s cruzadas del enjambre confederal. En cualquier caso, las elecciones autonómica­s están cerca –también en Cataluña, si hay finalmente amnistía– y ya no hay tiempo para arrepentim­ientos.

Josu de Miguel es profesor titular de Derecho Constituci­onal en la Universida­d de Cantabria

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RAÚL ARIAS

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