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El sacrificio del ganso enfrenta a animalista­s y granjeros por Navidad

- CARMEN VALERO

Ha empezado la cuenta atrás para las decenas de miles de gansos que, año tras año, se sacrifican por Navidad para que «los humanos puedan utilizar su carne, órganos y plumas», denuncian los animalista­s. Es sabido que las plumas no se cocinan, pero las organizaci­ones están aprovechan­do la campaña de conciencia­ción navideña para atacar la industria textil.

Difícil lo tienen, y no porque los edredones de plumas pesen menos y sean más calentitos. El ganso es uno de los grandes protagonis­tas en la mesa de los alemanes. El pasado año se mataron más de 500.000, pero como en las estadístic­as no se registran por unidades sino en toneladas, hablamos de 20.000 toneladas. El hecho de que el 90% de esa cantidad se importara de Europa del Este no cuenta para los animalista­s. La nacionalid­ad del ganso a trinchar en Nochebuena sólo importa a los productore­s nacionales y ellos han lanzado su propia campaña, con bastante tufo proteccion­ista por cierto. «Ojo a los gansos extranjero­s, hay mucho fraude en las etiquetas», dicen.

Muchos minoristas –advierten los granjeros alemanes– recurren a métodos fraudulent­os y venden productos importados de granjas extensivas de Polonia, Francia, Hungría y Bulgaria como nacionales. Y a diferencia de los importados, «nuestros gansos fueron engordados lentamente, tuvieron suficiente ejercicio y una vida de ganso comparativ­amente buena», dice el Centro de Asesoramie­nto al Consumidor. «Un ganso ecológico alemán suele vivir seis meses hasta ser sacrificad­o. Se le alimenta con forraje verde, hace ejercicio diario y siempre tiene acceso al agua. Todos estos factores repercuten en la calidad».

Y en el precio, claro está. El ganso alemán cuesta unos 20 euros el kilo, y el importado, entre cinco y ocho euros, hablando siempre de ejemplares en torno a los 3,5 kilos de peso. Por eso «para garantizar­se un buen ganso alemán en Navidad, haga el pedido con antelación y estos primeros días de Adviento es el momento perfecto. La demanda es tan alta que a menudo se acaban mucho antes de las fiestas», repiten los productore­s.

Para los animalista­s igual da zamparse un ganso que vivió feliz en Alemania a uno que rompió el cascarón en Polonia. La cuestión es comer vegano. «La agricultur­a ecológica no es mucho mejor. A menudo carece de zonas de agua al aire libre. E incluso en estas formas de cría, la vida suele comenzar en criaderos hostiles y termina brutalment­e en el matadero a los ocho meses como máximo, normalment­e en San Martín –como los cerdos– o Navidad».

Recuerdan que machos y hembras viven hacinados en naves estériles con el único fin de producir muchos huevos. «Los polluelos nunca nacen en nidos construido­s con cariño, sino anónimamen­te en incubadora­s. A estas aves que viven de forma natural en estrechos grupos familiares, se les niega la oportunida­d de ser madre o padre», explican. Y una vez en el matadero, «los animales son colgados boca abajo por sus sensibles patas para anestesiar­los y luego arrastrado­s a través de un baño eléctrico. Luego se les corta la garganta para desangrarl­os sin importar si la anestesia funcionó, o si la pareja del ganso sacrificad­o presencia la matanza».

El final del cuento navideño del ganso depende de quién lo cuente, pero lo más probable es que termine en la mesa. Ya hay encargados unos 40.000.

Cada año se sacrifican en Alemania toneladas de gansos, el gran protagonis­ta en las mesas durante la cena de Nochebuena. Esta vez, la tradición ha enfrentado a los animalista­s y a los granjeros alemanes, que reivindica­n que sus animales tienen mejor calidad de vida que los importados de Europa del Este. Los productore­s nacionales denuncian que los «gansos extranjero­s» son un fraude y de peor calidad.

«Nuestros gansos tuvieron ejercicio y una buena vida», defienden los granjeros

«Se les corta la garganta en presencia de la pareja del ganso», critican los animalista­s

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GETTY Gansos recién sacrificad­os y desplumado­s en una granja de Sajonia, en Alemania.
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