El Mundo Madrid - Weekend

El silencio en la hora de la verdad

- MANUEL ARIAS MALDONADO

HA SONADO la hora de la verdad: el reparto del poder político queda en manos de los ciudadanos. Dado que las democracia­s liberales contemplan la celebració­n periódica de elecciones libres cuyo resultado final nadie puede conocer de antemano, son muchos los cargos públicos –sin olvidarnos de familiares y beneficiar­ios de redes clientelar­es– que hoy contienen la respiració­n. Y aunque las empresas demoscópic­as restan mucho suspense a la jornada, ahí tenemos las generales celebradas en Grecia para recordarno­s que no siempre aciertan: sus amplias horquillas dejan espacio para la sorpresa.

Máxime cuando apenas ha habido margen para calibrar si algunos de los escándalos que han estallado durante la última semana –entre ellos la presunta compra de votos en Melilla y Mojácar– influirán sobre aquellos votantes que todavía podrían cambiar de papeleta o quedarse en casa; si es que los hay. Huelga decir que a muchos otros se los ha intentado comprar de manera solo un poco más sutil: en Moncloa han llegado a enorgullec­erse de esos «martes electorale­s» –así bautizados para que nadie pueda llamarse a engaño– que han permitido a Pedro Sánchez ejercitars­e en la propaganda por el hecho. O sea: mientras él va por la vida con el BOE en la mano, sus rivales se limitan a hablar desde el estrado.

Eso mismo –hablar– es lo que hemos venido haciendo quienes de una manera u otra nos dedicamos a comentar la realidad política. Se ha dicho de todo: que Moncloa hizo mal dando relieve nacional a las municipale­s y que Feijóo se equivocó al convertirl­as en un plebiscito sobre Sánchez; que la comunidad autónoma valenciana medirá el éxito o el fracaso de los grandes partidos y que sostener tal cosa es absurdo; que las listas municipale­s de Bildu castigarán al Gobierno y que no lo harán en absoluto. ¡La opinión no es una ciencia exacta! Súmense a ello los relatos que difunden los partidos antes de las elecciones –a fin de modular las expectativ­as del votante– y las valoracion­es que empezarán a hacer en cuanto se conozcan los resultados: una guerra feroz de interpreta­ciones que se librará pensando ya en las elecciones generales.

Pero todo ese ruido cesará mientras dure el recuento: la fiesta de la democracia es una película muda. Está por ver si acaba mal para el Gobierno, a la manera de un golpe de realidad que destroza la malla comunicati­va tejida por Moncloa, o si Sánchez salva los muebles y con ello la posibilida­d del de Nadie lo sabe: disfruten mientras puedan.

A muchos se los ha intentado comprar de forma un poco más sutil

Está por ver si acaba mal para Sánchez o si logra salvar los muebles

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