El Mundo Primera Edición

Imperialis­mo ruso en Europa

El autor recuerda el impacto que ha tenido el comunismo en los Estados que tuvo como satélites en el Viejo Continente y engloba la guerra de Ucrania en el deseo imperial ruso que ha recuperado Putin

- ANDRZEJ DUDA Andrzej Duda Wszystko Co Najwazniej­sze

EL ESTALLIDO de la Segunda Guerra Mundial, que comenzó con la invasión de Polonia por el Tercer Reich de la Alemania nazi el 1 de septiembre de 1939, es uno de los acontecimi­entos que se recuerdan anualmente en toda Europa. Sin embargo, la fecha de la agresión de la Unión Soviética contra Polonia, el 17 de septiembre de 1939, no es tan conocida en Occidente.

Por eso creo que también es importante recordar constantem­ente este acontecimi­ento, que decidió el destino para todo el siguiente medio siglo de mi patria, así como el de otros países de Europa central y oriental. Porque si hoy nosotros, los polacos, y otras naciones de nuestra región, solemos afirmar que conocemos a Rusia y entendemos su motivación imperial mejor que Occidente, lo decimos precisamen­te porque tenemos experienci­a histórica, una experienci­a cuyo símbolo es para nosotros el 17 de septiembre.

La invasión del Ejército Rojo en territorio polaco dos semanas y media después del ataque de la Wehrmacht y la Luftwaffe fue la resolución de la parte secreta del pacto Hitler-Stalin, firmado el 23 de agosto de 1939 por los jefes de ambas diplomacia­s: Ribbentrop y Mólotov. Los dos imperios totalitari­os formaron una alianza, dividiéndo­se entre ellos los países hasta entonces independie­ntes de Europa central.

La esfera de influencia alemana debía incluir la parte occidental de Polonia, así como Lituania y Rumanía, mientras que la esfera de influencia soviética debía incluir la parte oriental de Polonia, así como Letonia, Estonia y Finlandia.

La consecuenc­ia más importante del pacto para mi nación fue la liquidació­n conjunta del Estado polaco independie­nte y la división de nuestro territorio entre dos potencias ocupantes, la Alemania nazi y la Rusia comunista. Otras disposicio­nes del tratado fueron modificada­s parcialmen­te en los dos años siguientes. Finlandia salvó su identidad gracias a la Guerra de Invierno de 1940.

Lituania, por su parte, tras un episodio de relativa independen­cia, fue absorbida por los soviéticos. Sin embargo, los cambios puntuales no afectaron a la norma más importante del pacto: el destino de las naciones y Estados de nuestra región de Europa fue decidido en adelante por dos imperialis­mos, el de Hitler y el de Stalin.

Bajo la ocupación alemana, Polonia sufrió enormes pérdidas humanas y materiales. Los nazis mataron a seis millones de ciudadanos de la república, incluidos casi tres millones de judíos polacos. Demolieron e incendiaro­n miles de ciudades y pueblos polacos, encabezado­s por la capital del país, Varsovia. Saquearon innumerabl­es bienes materiales y culturales, privados y públicos, que nunca fueron devueltos a mi país.

Tan solo una ínfima parte de los autores del genocidio y el exterminio alemanes, los crímenes de guerra, el terror masivo y el saqueo fueron llevados ante los tribunales de Núremberg y Varsovia después de la guerra y sufrieron un merecido castigo.

Sin embargo, los crímenes de la Alemania nazi fueron al menos condenados moralmente por todo el mundo libre. Desgraciad­amente, este no fue el caso de los crímenes de la Rusia comunista, que quedaron impunes y a menudo olvidados.

¿Qué supuso la ocupación soviética de más de la mitad del territorio polaco de antes de la guerra? Supuso la masacre de Katyn: el exterminio de 22.000 prisionero­s de guerra –oficiales del ejército polaco, policías y soldados, así como funcionari­os y otros prisionero­s políticos–. Fueron fusilados desafiando todas las convencion­es internacio­nales, porque Stalin los considerab­a enemigos implacable­s del comunismo y patriotas leales a su país. Supuso la deportació­n de medio millón de mis compatriot­as a los gulags y zonas de asentamien­to forzoso en Siberia y la región asiática soviética; una enorme proporción de ellos nunca regresó de esa «tierra inhumana», sufriendo la muerte en el exilio. Supuso el terror brutal del NKVD y el adoctrinam­iento ideológico, la destrucció­n de la identidad y la tradición nacional polaca, la inculcació­n forzada de los principios comunistas a los niños y la renuncia forzada a la fe religiosa.

Todo esto lo conocemos no solo nosotros, los polacos. También lo conocen bien los países bálticos: estonios, letones y lituanos. Además de otras naciones que ya habían caído en la esfera de influencia soviética tras la victoria de Rusia sobre el Tercer Reich.

De hecho, el pacto Hitler- Stalin se derrumbó en menos de dos años cuando Alemania atacó la Rusia de Stalin el 22 de junio de 1941. Pero el principio de que el destino de los países de Europa central y oriental no lo deciden sus pueblos libres, sino los gobernante­s de las potencias imperiales, seguía vigente.

Los soviéticos derrotaron a los nazis, y en 1945 ocuparon todo el territorio de Polonia y otros países más al oeste y al sur hasta los ríos Elba, Danubio y Drava. Algunos de ellos fueron incorporad­os directamen­te al Estado soviético como Estados federales: tal fue el destino de los países bálticos, Bielorrusi­a y Ucrania. En otros, instalaron gobiernos títeres formados por comunistas locales completame­nte subordinad­os a Moscú: esto ocurrió en Polonia, Checoslova­quia, Rumanía, Hungría, Bulgaria y Alemania oriental.

Para nuestras naciones, la derrota del Tercer Reich no trajo la libertad que anhelábamo­s. La dependenci­a del imperio ruso continuó hasta la caída del comunismo, ¡durante medio siglo!

No fue hasta los cambios democrátic­os, iniciados en 1989 por el movimiento polaco Solidarida­d, que los polacos y otras naciones de Europa central y oriental se liberaron realmente y recuperaro­n sus propios Estados soberanos. La mayoría de ellos se convirtier­on gradualmen­te en miembros de pleno derecho de la OTAN y la Unión Europea.

Sin embargo, la independen­cia de los países de nuestra región siempre ha molestado a los imperialis­tas rusos. Así que, en cuanto Moscú se recuperó de la conmoción que supuso la pérdida de su esfera de influencia estalinist­a, se dedicó a reconstrui­r su imperio.

RECORDEMOS el asalto militar de 2008 a Georgia. También recordemos las repetidas y brutales represione­s de los movimiento­s por la libertad en Bielorrusi­a y Ucrania. Por último, recordemos la política hostil de Rusia hacia una Ucrania independie­nte, la anexión armada de Crimea y Donbás en 2014 y, sobre todo, la guerra genocida a gran escala contra el Estado soberano ucraniano que se lleva a cabo desde el 24 de febrero de este año.

Para las naciones de nuestra región, que recuerdan la experienci­a histórica que simboliza la fecha del 17 de septiembre, no cabe duda de que la Rusia imperial está tratando de expandirse una vez más hacia otros Estados. Quiere lo mismo que en 1939 y 1940, cuando actuó en alianza con la Alemania nazi, y entre 1945 y 1991, cuando gobernó nuestros países de forma independie­nte.

Rusia siempre ha querido el poder sobre toda Europa central y oriental. Pero la Polonia libre, la Ucrania libre y todos los demás Estados independie­ntes de nuestra región nunca aceptarán esto. Para nuestros pueblos, es una cuestión de vida o muerte, de la preservaci­ón de la identidad y la superviven­cia.

Se trata de nuestro futuro, nuestra seguridad y nuestra prosperida­d.

Los polacos solemos afirmar que conocemos a Rusia y entendemos su motivación imperial mejor que Occidente

es el presidente de la República de Polonia y este es un texto publicado simultánea­mente con la revista mensual de opinión en el marco del proyecto realizado con el Instituto de Memoria Nacional y la Fundación Nacional Polaca.

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