Long­champ, sa­ber ha­cer ge­ne­ra­cio­nal

De­tec­tar ne­ce­si­da­des es el eje de la his­to­ria de éxi­to de Long­champ

El País - S Moda - - SUMARIO - Tex­to PA­TRI­CIA RO­DRÍ­GUEZ

Es­ca­sos son los pa­ra­le­lis­mos tra­za­bles en­tre el mun­do ac­tual y el que Phi­lip­pe Cas­se­grain con­tem­pla­ba al sa­lir del co­le­gio, es­con­di­do tras el es­ca­pa­ra­te del co­mer­cio fa­mi­liar: «Las tien­das eran pe­que­ñas y en las ca­lles ha­bía ca­rrua­jes», evo­ca el di­rec­tor de Long­champ. Sin em­bar­go, en la fir­ma –que es­te año ce­le­bra su 70 aniver­sa­rio– al­gu­nos dog­mas per­ma­ne­cen ina­mo­vi­bles. «Mi pa­dre Jean me in­cul­có ser tra­ba­ja­dor». Un cre­do adop­ta­do hoy por sus hi­jos, ter­ce­ra ge­ne­ra­ción de la mai­son. «Me gus­ta­ría que la em­pre­sa si­guie­ra en ma­nos de la fa­mi­lia, pe­ro el pa­no­ra­ma ha cam­bia­do y es com­pli­ca­do. No me da mie­do lo que pue­da pa­sar, de cual­quier ma­ne­ra, tu­vi­mos buen vue­lo». Aquí la he­ren­cia no es cues­tión de mar­ke­ting, sino de me­mo­rias eri­gi­das al com­pás de la his­to­ria. «Tras la gue­rra, Pa­rís es­ta­ba lleno de sol­da­dos y la em­pre­sa se hi­zo cé­le­bre ven­dien­do pi­pas con una fun­da de piel». De ahí sal­tó a los bol­sos. Y de ahí, a los cie­los: «Cuan­do abri­mos en el ae­ro­puer­to de Orly so­lo ha­bía una per­fu­me­ría, un quios­co y un bar. ¿A quién se le ocu­rre ven­der ma­le­tas va­cías en un ae­ro­puer­to?». Pe­ro Jean Cas­se­grain fue un vi­sio­na­rio: el local se con­vir­tió en im­pres­cin­di­ble pa­ra los via­je­ros que em­pe­za­ban a dis­fru­tar de la ex­plo­sión del trá­fi­co aé­reo en los se­sen­ta. Una re­ce­ta del éxi­to que si­gue es­tan­do vi­gen­te hoy: ob­ser­var el es­ce­na­rio pa­ra sa­ber an­ti­ci­par­se

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