Rebelión ar­tís­ti­ca con­tra las ten­den­cias

Cuan­do la es­ce­na ar­tís­ti­ca es­pa­ño­la bu­llía con la Mo­vi­da, a So­le­dad Sevilla la acu­sa­ron de te­ner «de­ma­sia­do buen gus­to». Se re­be­ló y hoy dis­fru­ta de la vi­gen­cia de quien nun­ca ha es­ta­do de mo­da

El País - S Moda - - SUMARIO - Tex­to BE­GO­ÑA GÓ­MEZ URZAIZ Fo­tos ANTÁRTICA

el no­ble aquie­ta a su per­so­na an­tes de mo­ver­se; se re­co­ge, se concentra en su men­te an­tes de ha­blar», así em­pie­za una ci­ta de Con­fu­cio que So­le­dad Sevilla (Va­len­cia, 1944) tie­ne en­gan­cha­da con una chin­che­ta en la pa­red de su es­tu­dio. No pa­re­ce que ella ne­ce­si­te ese con­se­jo con­tra los im­pul­sos. Qui­zá es un avi­so pa­ra ex­tra­ños, pa­ra que adop­ten la mis­ma se­re­ni­dad de yo­gi­ni que ema­na la pin­to­ra, que fue Pre­mio Na­cio­nal de Ar­tes Plás­ti­cas y tie­ne la Me­da­lla de las Be­llas Ar­tes. Cuan­do S Mo­da vi­si­ta el es­pa­cio que Sevilla en­con­tró en el Put­xet de Bar­ce­lo­na, un al­ma­cén de ma­qui­na­ria pe­sa­da que se ha en­car­ga­do de re­mo­de­lar, to­da­vía es­tá lleno de las pin­tu­ras que se ex­po­nen des­de el día 13 de sep­tiem­bre en la galería Marl­bo­rough de Ma­drid, una se­lec­ción ti­tu­la­da Lu­ces

de in­vierno, óleos que par­tie­ron de su ad­mi­ra­ción por los se­ca­de­ros de ta­ba­co gra­na­di­nos. «El nom­bre tie­ne que ver con mi si­tua­ción per­so­nal, por­que yo ya es­toy en el in­vierno de la vi­da», di­ce sin dra­ma­tis­mos. Es­ta ex­po­si­ción y la re­tros­pec­ti­va en el CEARN de Fuen­la­bra­da, que se clau­su­ró en mar­zo y re­co­gió su obra des­de los años se­ten­ta has­ta la ac­tua­li­dad, le han obli­ga­do a re­en­con­trar­se con su tra­ba­jo, des­de la pin­tu­ra geo­mé­tri­ca has­ta sus pri­me­ras ins­ta­la­cio­nes en los ochen­ta, su pa­so por el Cen­tro de Cálcu­lo de Ma­drid y su es­tan­cia en Har­vard. ¿Qué le ha pa­re­ci­do su pro­pia obra, vis­ta así? Fue una reivin­di­ca­ción. A mí se me va­lo­ra más por las ins­ta­la­cio­nes que por la pin­tu­ra y vi una lec­ción de pin­tu­ra. Cua­dros que en su mo­men­to fue­ron de­nos­ta­dos, o más que de­nos­ta­dos, ig­no­ra­dos… La cues­tión es que yo iba por libre. Cuan­do es­ta­ba tra­ba­jan­do en la geo­me­tría, los de­más ha­cían in­for­ma­lis­mo u otras co­sas, ya no es­ta­ba de mo­da. Se­guía por­que sen­tía que era mi ma­ne­ra de ex­pre­sar­me. En­ton­ces, o no es­ta­ba en las gran­des ex­po­si­cio­nes co­lec­ti­vas o, si me lla­ma­ban, no sa­bían qué ha­cer con­mi­go. ¿Fue­ron años en la os­cu­ri­dad? A mí me pa­re­cía que esa si­tua­ción era lo nor­mal. Pen­sa­ba: «No

ven­des, no lle­gas». Siem­pre he te­ni­do mu­cha vo­ca­ción y qui­zá es que he creí­do en lo que ha­cía. ¿No sin­tió la ne­ce­si­dad de adap­tar­se al mer­ca­do? No, ni de ser fa­mo­sa, ni ri­ca. To­do eso era se­cun­da­rio. Aun­que a na­die le amar­ga un dul­ce. Tam­bién te­nía a mi fa­mi­lia, en una es­truc­tu­ra muy ma­chis­ta co­mo la de la épo­ca. Yo era bas­tan­te re­bel­de con eso. Pen­sa­ba: ¿por qué ten­go que es­tar aquí?, ¿por qué no pue­do ha­cer mis co­sas y mi ma­ri­do sí? Es­ta­ba es­ta­ble­ci­do así. Ha­bía mu­cho con­tra lo que lu­char. Por las ma­ña­nas, pin­ta­ba, ha­cía la com­pra y la co­mi­da pa­ra mis dos hi­jos, y por las tar­des da­ba cla­se en ins­ti­tu­tos noc­tur­nos, an­tes de pa­sar a la uni­ver­si­dad. ¿Em­pe­za­ron a ha­cer­la ca­so tras su pa­so por Har­vard en 1982? ¡Tam­po­co! En los ochen­ta ha­bía una gran efer­ves­cen­cia en Ma­drid. Re­cuer­do que vino el Cha­se Man­hat­tan Bank y com­pró obra de to­do el mun­do, por­que Es­pa­ña es­ta­ba de mo­da. To­dos los es­ti­los, to­das las ge­ne­ra­cio­nes… me­nos a mí. Le pre­gun­té a mi ga­le­ris­ta y me di­jo: «Di­cen que tie­nes de­ma­sia­do buen gus­to». Me dio un ata­que. ¿Qué quie­re de­cir eso? Y esa ra­bia que sen­tí me dio pa­ra ha­cer mi pri­me­ra ins­ta­la­ción, la de los cla­ve­les [San­gre y le­che, 1986]. Cu­brí las pa­re­des de la galería Mon­te­ne­gro con 36.000 cla­ve­les ro­jos traí­dos de Ho­lan­da. Ele­gí la flo­res co­mo un ele­men­to de buen gus­to que es­tá con la hu­ma­ni­dad des­de que el pri­mer nean­der­tal se le­van­tó a co­ger una mar­ga­ri­ta. Na­die cues­tio­na una flor por­que es be­lla y esa era mi reivin­di­ca­ción: «Si las flo­res pue­den, ¿por qué yo no?». A par­tir de en­ton­ces, con las ins­ta­la­cio­nes, que he he­cho más de 70, em­pe­zó a ser nor­mal que yo es­tu­vie­ra en el mun­do del ar­te. ¿Ya ha­cía la re­fle­xión de gé­ne­ro o ha caí­do des­pués? Creo que ha ido siem­pre con­mi­go. Yo ya me re­be­la­ba con­tra mi pa­dre, que era mi­li­tar, y te­nía bron­cas que no te­nían mis her­ma­nos. Éra­mos seis, tres chi­cas y tres chi­cos; se prac­ti­ca­ba el cul­to al hom­bre, co­mo en to­das las fa­mi­lias de Es­pa­ña. Cuan­do me ca­sé tu­ve la sen­sa­ción de pa­sar del ti­rano pa­dre al ti­rano ma­ri­do. A los hom­bres de aque­lla épo­ca les sa­lía de las tri­pas. Lue­go po­dían ser in­te­li­gen­tí­si­mos y fan­tás­ti­cos, pe­ro los ha­bían edu­ca­do así, y su com­pren­sión del mun­do de la mujer no ha­bía quien la cam­bia­se. Tam­bién en los am­bien­tes del ar­te. Re­cuer­do de­cir­le a mi ga­le­ris­ta, So­le­dad Lo­ren­zo: «Oye, tú eres muy ma­chis­ta. Si lo que he he­cho yo lo hu­bie­ra he­cho un hom­bre, es­ta­ría ya en la

En­ci­clo­pe­dia Bri­tá­ni­ca». Y re­co­no­ció que era ver­dad. En­tre otras co­sas, mis pre­cios siem­pre eran la cuar­ta par­te de los de mis com­pa­ñe­ros. De los pre­cios no se ha­bla nun­ca. No, por­que se cree que en el mun­do del ar­te no hay es­tos pro­ble­mas, y cla­ro que los hay. Co­mo en to­das par­tes. Eco­nó­mi­ca­men­te, la

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