SA­GAS

El va­lor sim­bó­li­co de una jo­ya su­pera a me­nu­do su precio. De ge­ne­ra­ción en ge­ne­ra­ción, una pie­za (y su va­lor sen­ti­men­tal) so­lo se en­tien­de en el pro­pio clan

El País - S Moda - - SUMARIO - Tex­to SA­RA CAMPELO

Sie­te fa­mi­lias ha­blan del va­lor de las jo­yas

Cor­ne­lia la Afri­ca­na, no­ble de la An­ti­gua Ro­ma, jus­ti­fi­ca­ba su aus­te­ri­dad ase­gu­ran­do que las me­jo­res jo­yas pa­ra adornar el cue­llo de una ma­dre son los bra­zos de sus hi­jos. De hi­jos y jo­yas, de es­tir­pes fuer­tes co­mo el dia­man­te y de ta­len­to en bru­to ha­bla­mos con sie­te di­nas­tías que va­len oro.

Los Mo­ren­te

Por­ta­do­res de un don pro­di­gio­so, la viu­da y los hi­jos de En­ri­que Mo­ren­te lle­van su ape­lli­do con res­pon­sa­bi­li­dad de sa­cer­do­cio. Un amor y respeto pro­fun­do sos­tie­ne la au­sen­cia del can­taor. Au­ro­ra, la ma­dre, lleva el ti­món fa­mi­liar con una sa­bi­du­ría arro­lla­do­ra. Y la her­ma­na ma­yor ejer­ce de as­tro vi­gía –en lo mu­si­cal– so­bre la es­tir­pe. «Yo no soy nin­gu­na an­tor­cha. No ten­go la ca­pa­ci­dad ni quie­ro te­ner la res­pon­sa­bi­li­dad de lle­var la luz pa­ra mis her­ma­nos ni pa­ra na­die. No tra­ba­jo pa­ra ello –nos con­tra­di­ce Es­tre­lla–. Si se mi­ran en mí que lo di­gan ellos, pe­ro pre­fe­ri­ría que mi­ra­ran a La Ni­ña de los Pei­nes».

Lo que ellos lla­man ‘la pau­ta Mo­ren­te’, «la for­ma en la que nues­tro pa­dre nos dio li­ber­tad y alas pa­ra ex­pre­sar nues­tro ar­te», ha de­ri­va­do en pa­los más pu­ros en el ca­so de Es­tre­lla y Ki­ki, e in­fluen­cias rock e in­die en la mú­si­ca de So­leá, quien con­ci­ta la aten­ción en sus con­cier­tos «des­de el pú­bli­co pla­ne­te­ro al más pu­ris­ta, ese que vie­ne a ver a la ni­ña de En­ri­que por si se arran­ca por un fan­dan­go».

Los Mo­ren­te no son de jo­yas, son de te­so­ros y amu­le­tos. «El fla­men­co es una jo­ya, vie­ne de las pro­fun­di­da­des, de lo sal­va­je, de las raí­ces de la tierra… co­mo una ge­ma», di­ce Es­tre­lla. «A mí me gus­tan los re­lo­jes, pe­ro mi pa­dre no era muy re­lo­je­ro, así que de he­ren­cia ten­go sus go­rros, pa­ñue­los, ca­mi­sas... Esas eran sus jo­yas y siem­pre que ten­go un con­cier­to im­por­tan­te –ex­pli­ca

Ki­ki– me gusta po­ner­me sus bo­tas, al igual que So­leá no sube a un es­ce­na­rio sin su pul­se­ra roc­ke­ra».

Au­ro­ra Carbonell, que em­pe­zó a pin­tar y es­cul­pir pie­dra pa­ra li­be­rar sen­ti­mien­tos tras la muerte de su ma­ri­do, ate­so­ra una pie­za con de­vo­ción: «Una No­che­bue­na, de jo­ven­ci­ta, me es­ca­pé de mi ca­sa paterna pa­ra po­der ver a En­ri­que. Esa no­che me re­ga­ló una pul­se­ri­ta de per­las, que era de bi­su­te­ría, pe­ro que se ha con­ver­ti­do en la jo­ya más im­por­tan­te de mi vi­da. Ca­da vez que la veo me tras­la­do a aque­lla no­che, soy ca­paz de ver con ni­ti­dez las lu­ces del Ca­fé Gi­jón y ver­le a él, así que la ten­go en­mar­ca­da y co­lo­ca­da en el lu­gar de la ca­sa por el que pa­so más a me­nu­do».

Los Vaquerizo y América

Los Vaquerizo, her­ma­nos de ma­trí­cu­la de honor en el co­le­gio, apren­die­ron en su tra­di­cio­nal ho­gar va­lo­res co­mo el sen­ti­do co­mún, el es­fuer­zo y el respeto, y los mu­ta­ron en sen­das ca­rre­ras de crea­ti­vi­dad sin lí­mi­tes en to­do lo que ha­cen. «Yo soy muy per­fec­cio­nis­ta –di­ce Ma­rio–. Me de­fino te­naz, cons­tan­te, ger­mano y es­qui­zo­fré­ni­co en el tra­ba­jo… y a la vez alo­ca­do y dís­co­lo».

Ca­sa­do con Alas­ka, con una sue­gra ex­jo­ye­ra y una her­ma­na pro­fe­so­ra de His­to­ria de la Jo­ye­ría y di­se­ña­do­ra, el mun­do de las al­ha­jas no pue­de es­tar más pre­sen­te en su vi­da. «En jo­yas

más es más... ¡siem­pre! Ve­ni­mos de Ma­ría Fé­lix, de Ma­rilyn Man­son y de Eli­za­beth Tay­lor… no de Desa­yuno en Tif­fany’s. A mí par­ti­cu­lar­men­te esa mujer no me in­tere­sa na­da. Me gusta el ex­ce­so, y la co­lec­ción Pant­hè­re de Car­tier pa­ra mi mujer, a la que le re­ga­lo jo­yas en nuestros aniver­sa­rios», ex­pli­ca.

Ex­per­ta en ta­sa­ción de an­ti­güe­da­des, Mar­ta Vaquerizo di­se­ña sus pro­pias pie­zas. «Tra­ba­jo con pla­ta y la­tón con ba­ños de oro. Ca­si es un tra­ba­jo de al­qui­mia». Su ma­dre, Án­ge­les Ca­ro, es una mujer dis­cre­ta, y prac­ti­ca esa me­su­ra en su jo­ye­ro. «Nun­ca me com­pro una jo­ya, so­lo ten­go las co­si­tas que me han re­ga­la­do en al­gu­na fe­cha es­pe­cial, al­gún pen­dien­te y co­lla­res de per­las, que me gus­tan mucho». «A mí nun­ca me han re­ga­la­do ja­más una jo­ya –con­fron­ta su con­sue­gra América Jo­va–, to­do lo que he te­ni­do me lo he com­pra­do yo: mu­cha es­me­ral­da y bri­llan­te y na­da de per­las, esa pie­dra trae lá­gri­mas».

La ma­dre de Alas­ka tu­vo una jo­ye­ría con su ma­ri­do en México y «gra­cias a eso acu­mu­lé mu­chas pie­zas que me tra­je cuan­do vi­ne a España: nun­ca pe­dí un cré­di­to al ban­co ni ja­más he te­ni­do hi­po­te­ca. Siem­pre he vi­vi­do de mis al­ha­jas, del bri­llan­te y del oro… Hay que in­ver­tir en es­me­ral­das y bri­llan­tes, en pie­zas bue­nas, de tres qui­la­tes en ade­lan­te… aun­que de esas ya no me queda na­da», con­clu­ye.

Las her­ma­nas Ji­mé­nez

De pe­que­ña, Re­be­ca Ji­mé­nez par­ti­ci­pa­ba en las obras de tea­tro del co­le­gio mien­tras su her­ma­na Lucía can­ta­ba en el co­ro. El des­tino per­mu­tó sus ta­len­tos y hoy am­bas desa­rro­llan su pro­fe­sión de­mos­tran­do que el ca­rác­ter ar­tís­ti­co va en los ge­nes. «He­mos cre­ci­do ro­dea­das de mú­si­ca, pe­ro yo, des­de ni­ña, sa­bía que Lucía se­ría ac­triz», son­ríe Re­be­ca. «A mí me gusta can­tar, pe­ro ten­go cla­ro que lo mío es la ac­tua­ción», con­fie­sa la pro­ta­go­nis­ta de Ca­si 40, la úl­ti­ma pe­lí­cu­la de Da­vid True­ba. Han com­par­ti­do es­ce­na­rio en va­rios con­cier­tos. «Si tu­vie­ra que ele­gir una per­so­na con la que in­ter­pre­tar un te­ma de­lan­te del pú­bli­co, se­ría Lucía, sin du­da», nos di­ce Re­be­ca, que ade­más de sus dis­cos ha par­ti­ci­pa­do en due­tos con Neil Young, Coque Ma­lla o Mi­guel Ríos.

En lo que res­pec­ta a las jo­yas, re­cuer­dan con ca­ri­ño el re­loj de su abue­lo «que aho­ra tie­ne mi hi­jo, León», di­ce Lucía. «Yo, has­ta ha­ce no mucho, lle­va­ba una pul­se­ra que me re­ga­ló mi ma­dre en to­dos los con­cier­tos, pe­ro aca­bé ta­tuán­do­me el bra­zo y ya no me pe­ga­ba na­da así que la ten­go guar­da­da», re­cuer­da Re­be­ca.

Gui­llén-Cuer­vo

La his­to­ria de es­te país se­ría otra sin los ape­lli­dos Gui­llén y Cuer­vo co­mo re­fe­ren­tes en la in­ter­pre­ta­ción, un tes­ti­go que re­co­gen –en lo pro­fe­sio­nal y lo per­so­nal– sus tres hi­jos: Natalia, Fer­nan­do y Ca­ye­ta­na. Pa­ra es­ta úl­ti­ma, es una res­pon­sa­bi­li­dad «lle­var es­tos ape­lli­dos, que per­te­ne­cen a una ge­ne­ra­ción úni­ca que ayudó a es­te país a avan­zar, a cons­truir la de­mo­cra­cia y a do­tar a los ciu­da­da­nos de un espíritu crí­ti­co a tra­vés de los tex­tos de tea­tro, los Es­tu­dio 1, las pe­lí­cu­las y de im­pli­car su vi­da en con­ver­tir la cul­tu­ra en una cues­tión de Es­ta­do». Una vi­da de­di­ca­da a la in­ter­pre­ta­ción y a trans­mi­tir al­tos va­lo­res a su pro­le «sin me­nos­ca­bo de una edu­ca­ción tra­di­cio­nal –ex­pli­ca Natalia–, mi ma­dre fue muy rompe­dora en lo cul­tu­ral, pe­ro una ma­dra­za que aun en la dis­tan­cia se ocu­pa­ba de que to­do es­tu­vie­se en or­den». «Mi her­ma­na –re­ve­la Ca­ye­ta­na– era la ma­yor y se co­mió las au­sen­cias de mis pa­dres. Hi­zo de ma­dre y de pa­dre y por eso tu­vo mucho re­cha­zo a su pro­fe­sión… Y eso que hu­bie­ra si­do la me­jor de to­dos», apos­ti­lla Gem­ma Cuer­vo.

Las jo­yas de la fa­mi­lia tie­nen va­rios si­glos. «Es un ade­re­zo de dia­man­tes rosas, he­ren­cia de mis abue­los, que he­mos lle­va­do las tres en nues­tras bo­das», na­rra la ma­triar­ca. «No so­mos de jo­yas caras. En ca­sa no hu­bo nun­ca ni­vel eco­nó­mi­co pa­ra te­ner­las». ¿Al­gu­na anéc­do­ta? «En una oca­sión me pres­ta­ron unas pa­ra una ga­la y tu­ve a dos tipos de se­gu­ri­dad es­col­tán­do­me to­da la no­che –re­cuer­da Ca­ye­ta­na–. Cuan­do fui al aseo les pre­gun­té: ‘¿Pue­do en­trar so­la o te­néis que acom­pa­ñar­me?».

Los Can­te­ro

«A mi hi­jo se le veía ve­nir des­de pe­que­ño, pe­se a que yo in­sis­tía en que se hi­cie­ra con­tro­la­dor aé­reo o pi­lo­to, te­nía una vo­ca­ción tem­pra­na mez­cla de los ge­nes del pe­rio­dis­mo y de la fas­ci­na­ción que le pro­du­cía mi fa­ce­ta de re­por­te­ro… y es que mola más que tu

pa­dre va­ya cá­ma­ra al hom­bro ju­gán­do­se el ti­po a que pre­sen­te el in­for­ma­ti­vo», comienza Da­vid Can­te­ro.

Que su hi­jo eli­gie­se el ape­lli­do ma­terno «obe­de­ce a que no le hu­bie­se fa­vo­re­ci­do que, so­bre to­do en sus co­mien­zos, se le hu­bie­ra vin­cu­la­do a mi ape­lli­do. Es mi hi­jo y siem­pre le ayu­da­ré, pe­ro no en el sen­ti­do de fa­ci­li­tar­le las co­sas has­ta el pun­to de que se con­vier­ta en im­bé­cil». Pe­se a que su pa­dre es no­ve­lis­ta en co­mi­sión de ser­vi­cio, Ál­va­ro Be­rro se cen­tra en el pe­rio­dis­mo «un ofi­cio que se apren­de en la ca­lle y que la di­gi­ta­li­za­ción –el im­pe­rio del clic y el he­cho de que cual­quie­ra con Twit­ter se crea pe­rio­dis­ta– ha trans­for­ma­do en al­go muy dis­tin­to a lo que de­be­ría ser».

So­bre las jo­yas, am­bos coin­ci­den en que su va­lor se en­cuen­tra en la his­to­ria que na­rran de­trás. «Mis per­te­nen­cias son es­te re­loj re­ven­ta­do y que no da la ho­ra que ja­más me quito por­que me da suer­te, una pul­se­ra que me tra­jo mi pa­dre de Mau­ri­cio y una cruz de Tau que siem­pre lle­vo en el bol­si­llo pe­que­ño de mis va­que­ros», nos mues­tra Ál­va­ro al tiem­po que su pa­dre ex­pli­ca que su ma­yor te­so­ro –per­di­do– fue un re­loj Ome­ga he­ren­cia paterna que le acom­pa­ñó en sus via­jes al­re­de­dor del mun­do».

La sa­ga Ni­co­lás

A los cua­tro her­ma­nos Ni­co­lás su pa­dre les im­pu­so dos con­di­cio­nes: li­cen­ciar­se en las me­jo­res uni­ver­si­da­des y em­pe­zar a tra­ba­jar fue­ra del ne­go­cio fa­mi­liar. «Yo he si­do au­di­to­ra en De­loit­te, Iberia y Ren­fe y di­rec­to­ra fi­nan­cie­ra en otras em­pre­sas –co­men­ta Cynt­hia, di­rec­to­ra ge­ne­ral de Ni­col’s, la fir­ma fa­mi­liar– pe­ro más de una dé­ca­da des­pués en­con­tré mi si­tio aquí. Y creo

que, de to­dos los her­ma­nos, soy a la que más le gus­tan las jo­yas». Pa­ra Da­niel, que se mue­ve en­tre las tien­das Ni­col’s en la mi­lla de oro ma­dri­le­ña y las mi­nas de Co­lom­bia o Sri Lan­ka, no hay fri­vo­li­dad en un ofi­cio «que con­me­mo­ra los mo­men­tos úni­cos del ser hu­mano que ha­blan de amor, de pa­sión o de fa­mi­lia. To­das esas pie­zas que aca­ban pa­san­do de ge­ne­ra­ción en ge­ne­ra­ción». En la sa­ga Ni­co­lás, las jo­yas y el ar­te –es­pe­cial­men­te, la pin­tu­ra– siem­pre han es­ta­do muy re­la­cio­na­dos, al­go que ha eclo­sio­na­do en el tra­ba­jo de Pa­tri­cia «la más crea­ti­va de los cua­tro», apos­ti­llan sus her­ma­nos. Pa­tri­cia Ni­co­lás, que abrió su pri­me­ra jo­ye­ría en Londres ha­ce 10 años, co­la­bo­ra ac­ti­va­men­te con el De­sign Mu­seum en Reino Uni­do, ha di­se­ña­do con el im­pre­sio­nis­ta H. Hodg­kin y la Na­tio­nal Por­trait Ga­llery.

Pe­se a que es­tu­vo sie­te años en un pues­to de alta di­rec­ción en Ca­rre­ra & Ca­rre­ra, Bea­triz Ni­co­lás con­fie­sa que ella pre­fie­re «la mo­da a las jo­yas: es lo que más me gusta y por eso un día de­ci­dí ha­cer­me em­pre­sa­ria y mon­tar Be­ni­room», su tien­da mul­ti­mar­ca. A pe­sar de per­te­ne­cer a uno de los im­pe­rios na­cio­na­les de la jo­ye­ría, no sa­ben lo que es ser ‘hi­jo de’. «Mi ma­dre era mo­dis­ta y mi pa­dre co­men­zó a tra­ba­jar con 15 años, te­nía que ta­llar en el cuar­to de ba­ño, des­tro­zán­do­se el co­do por­que al mo­ver la se­gue­ta se cho­ca­ba con la pa­red. Sa­be­mos de dón­de ve­ni­mos», ex­pli­ca Pa­tri­cia.

Las To­le­do

Dé­ca­das an­tes de que na­cie­sen me­diá­ti­ca­men­te las Kar­das­hian, las her­ma­nas To­le­do ya enar­bo­la­ban el li­na­je fe­me­nino más por­ten­to­so del mun­do de la mo­da, el ci­ne y la te­le­vi­sión. Las tres her­ma­nas –Cy­ra, Fa­bio­la y Jose– y la hi­ja de la pri­me­ra, Liu­va, po­sa­ron jun­tas ha­ce 26 años pa­ra una por­ta­da. «Aun­que mis her­ma­nas siem­pre tu­vie­ron cla­ro des­de pe­que­ñas que se que­rían de­di­car a la mo­da y el ci­ne, en mi ca­so ten­go que con­fe­sar que fue la in­sis­ten­cia de un ami­go de la fa­mi­lia em­pe­ña­do en ha­cer­me unas fotos… al fi­nal ce­dí y ahí em­pe­zó mi ca­rre­ra», re­cuer­da Jose. «Nues­tras ca­rre­ras siem­pre han ido al mar­gen las unas de las otras», ex­pli­ca Fa­bio­la, quien con­fie­sa que nun­ca le han dado con­se­jos a Liu­va, la pe­que­ña de la sa­ga. «Vien­do a mi ma­dre y a mis tías des­de pe­que­ña… ¡ima­gí­na­te! De­di­car­me a es­to era mi sueño. Pe­ro mi ma­dre siem­pre fue muy es­tric­ta: «Las ni­ñas no tra­ba­jan’, de­cía», ex­pli­ca la ben­ja­mi­na.

«En lo que se re­fie­re a las jo­yas, te­ne­mos una anéc­do­ta cu­rio­sa. Co­mo a mi ma­dre le da­ba mie­do que per­dié­se­mos la me­da­lla de la co­mu­nión, lle­va­ba las tres siem­pre col­ga­das al cue­llo… ja­más se las qui­tó, ni cuan­do ya fui­mos ma­yo­res y tu­vi­mos hi­jos», co­men­tan al uní­sono. Mien­tras que a Fa­bio­la le re­tro­traen a mo­men­tos y per­so­nas es­pe­cia­les –«una jo­ya no te la re­ga­la cual­quie­ra»– a Jose le gus­tan las pie­zas con fuer­za: «Co­mo sue­lo ves­tir có­mo­da y sen­ci­lla, son el com­ple­men­to con el que más me atre­vo a ju­gar». Su her­ma­na ma­yor pre­fie­re ver las al­ha­jas en otras ma­nos: «Me gusta ver­las pe­ro no po­seer­las», ad­mi­te Cy­ra

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