Odian tu ta­len­to

TIE­NEN PA­TI­LLAS FRON­DO­SAS Y CA­BE­LLE­RAS BLAN­CAS, Y TE JUZ­GA­RÁN DE MA­NE­RA CON­DES­CEN­DIEN­TE. Y TÚ, MÁS TAR­DE, HA­RÁS LO MIS­MO QUE ELLOS

El País - Tentaciones - - ESCRITO EN EL AFTER - Por Juan So­to Ivars Ilus­tra­ción Mons­truo Es­pa­gue­ti

Fi­jaos en lo que ha­céis cuan­do mon­déis una na­ran­ja por­que el ges­to es­tá lleno de sim­bo­lo­gía: sois es­cul­to­res, la na­ran­ja es la pie­dra y cin­ce­láis des­pa­cio has­ta con­ver­tir­la en co­mes­ti­ble. Pa­sa igual con la pá­gi­na va­cía don­de apa­re­cen las le­tras: vues­tro ta­len­to y vues­tro ofi­cio arran­ca­rán el blan­co a ca­da le­tra y al fi­nal con­tem­pla­réis la vic­to­ria de Sa­mo­tra­cia o un ga­to feo de Bo­te­ro. Los dos ges­tos son me­tá­fo­ras de la vi­da de un jo­ven. Ha­ce al­gu­nos años, yo aca­ba­ba de lle­gar a Ma­drid pa­ra es­tu­diar la ca­rre­ra. No co­no­cía a na­die, me creía re­bo­san­te de ta­len­to sin do­mes­ti­car y bus­ca­ba, co­mo los pro­ta­go­nis­tas de los li­bros que ha­bía leí­do, un ca­fé de Gi­jón don­de en­con­trar tra­tos de fa­vor. La pri­me­ra se­ma­na me fui pa­ra allí con una car­pe­ta lle­na de re­la­tos y poe­mas. Me ha­bía com­pra­do una ame­ri­ca­na de­ma­sia­do gran­de y las hom­bre­ras me da­ban la apa­rien­cia de un tí­te­re. Me sen­té en una me­sa y me pre­gun­té si se­ría una lá­pi­da da­da la vuel­ta co­mo en la no­ve­la de Ce­la. Al fon­do, en un rin­cón, de­tec­té una me­sa re­ple­ta de hom­bres vie­jos. Iban to­dos ata­via­dos con ame­ri­ca­nas de co­lo­res par­dos. Bro­ta­ban ca­be­lle­ras blan­cas co­mo plu­me­ros de hú­sa­res. De­ci­dí ob­ser­var­los an­tes de dar un pa­so en fal­so. Ges­ti­cu­la­ban pe­ro era im­po­si­ble es­cu­char su con­ver­sa­ción, ape­nas unas pa­la­bras suel­tas que no re­cuer­do pe­ro que me im­pre­sio­na­ron, de­bie­ron ser asam­blea, proyecto, fra­ca­so o je­rar­quía. Tu­ve el de­seo de ser vie­jo y es­tar con ellos co­mo un ca­ma­ra­da. El ca­so es que la car­pe­ta me que­ma­ba en las ma­nos. Vino un camarero y qui­se pe­dir­le un ca­fé con le­che, que es lo que be­bían en La col­me­na, pe­ro el camarero me tu­vo que pre­gun­tar dos ve­ces con un '¿qué?' muy cas­ti­zo, por­que la voz se atas­ca­ba en mi ti­mi­dez. An­tes de que me tra­je­ran la cuen­ta me ar­mé de va­lor y me acer­qué al gru­po de la es­qui­na. No re­co­no­cía nin­gu­na ca­ra pe­ro al mis­mo tiem­po las re­co­no­cía to­das. De­bía ha­ber­los vis­to en las so­la­pas de los li­bros, aun­que me gus­ta­ba de­cla­rar, co­mo Do­rio de Gá­dex, que ja­más leía a mis con­tem­po­rá­neos. El des­pre­cio que sen­tía ha­cia los es­cri­to­res vi­vos no me dio el va­lor su­fi­cien­te pa­ra ha­blar con aque­llos. Y sin em­bar­go, ya es­ta­ba plan­ta­do an­te ellos. '¿Quie­res al­go?'. Les acer­qué la car­pe­ta co­mo pi­dien­do li­mos­na. 'Bue­nas tar­des, ven­go de pro­vin­cias y me gus­ta­ría que va­lo­ra­sen es­tas co­sas que he es­cri­to'. Me de­vol­vie­ron el mis­mo '¿qué?' ás­pe­ro del camarero. Me tem­bla­ban las pier­nas y vol­ví a pe­dir­les que le­ye­ran lo que traía. Uno de ellos, con pa­ti­llas blan­cas y fron­do­sas, co­mo Um­bral o un ge­ne­ral al­fon­sino, son­rió y me arran­có la car­pe­ta de las ma­nos. La abrió des­pa­cio, ex­tra­jo al­gu­nas ho­jas, y mien­tras leía yo se­guí el cur­so de las arru­gas de su ca­ra. Lue­go le pa­só las ho­jas a otro, con un bi­go­te gra­sien­to y de­ci­mo­nó­ni­co. Se mi­ra­ban en­tre sí y son­reían. Por un mo­men­to pen­sé que es­ta­ban acep­tán­do­me. Des­pués de to­do, mi ta­len­to era más gran­de que to­dos ellos. Los des­pre­cié mien­tras leían, me pa­re­cie­ron inú­ti­les, ce­ga­tos y cí­ni­cos. Al fin, el de las pa­ti­llas um­bra­lia­nas me di­jo: –Us­ted tie­ne mu­cho ta­len­to, pe­ro de­be­ría tra­ba­jar más. Los otros lo se­cun­da­ron. Me sen­tí hu­mi­lla­do y los con­ver­tí en jue­ces san­tos, en los do­ce após­to­les, aun­que fue­ran me­nos. Di las gra­cias y me en­ca­mi­né a la sa­li­da lleno de re­sen­ti­mien­to ha­cia mis pro­pios tex­tos, que ti­ré a la pa­pe­le­ra. No vol­ví al ca­fé Gi­jón has­ta la no­che del 11M, des­pués de los aten­ta­dos. Re­co­no­cí al de las pa­ti­llas y le pre­gun­té al ami­go que me acom­pa­ña­ba. '¿Quién es ese es­cri­tor que es­tá ahí?'. Y en­ton­ces mi ami­go me di­jo: '¿Es­cri­tor? ¡Ese es un zo­te que no ha leí­do en su vi­da más que el pros­pec­to de las pas­ti­llas del reúma!'. Hoy he con­se­gui­do res­ti­tuir­me. Me es­cri­bió un chi­co jo­ven a tra­vés del ca­fé Gi­jón de las re­des. He leí­do sus tex­tos y, des­pués de co­men­tár­se­los, he di­cho: 'Tie­nes mu­cho ta­len­to, pe­ro de­be­rías tra­ba­jar más'. Aho­ra me de­tes­ta, pe­ro al­gún día es­cri­bi­rá lo que ocu­rre a con­ti­nua­ción.

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