LOS AMA­DOS MONS­TRUOS DE DUNCAN JO­NES

Jun­to a Da­vid Bo­wie, su pa­dre, vi­vió ex­pe­rien­cias al al­can­ce de muy po­cos, pe­ro el ni­ño Zo­wie que­ría huir a otros mun­dos. Aho­ra, con­ver­ti­do en ci­neas­ta, crea su pro­pio uni­ver­so en la adap­ta­ción del vi­deo­jue­go War­craft

El País - Tentaciones - - CINE - Tex­to Ire­ne Cres­po Ilus­tra­ción Ar­tur Ga­lo­cha

Duncan Jo­nes se pa­só la in­fan­cia y la adolescencia via­jan­do de un la­do al otro del mun­do. Siem­pre acom­pa­ñan­do a su pa­dre, Da­vid Bo­wie, allá don­de su mú­si­ca le lle­va­ra. "Tu­ve mu­cha suer­te", re­co­no­ce. "Dis­fru­té de ex­pe­rien­cias alu­ci­nan­tes, es­tu­ve en

sets de ro­da­je, via­jé a mu­chos lu­ga­res a los que la gen­te no va. Era un ni­ño cuan­do vi­vi­mos en Ber­lín y el mu­ro aún es­ta­ba en pie. Via­jé a Ja­pón cuan­do era muy pe­que­ño… Es­ta­ba ro­dea­do cons­tan­te­men­te de co­sas po­co ha­bi­tua­les", re­cuer­da... Y no pro­fun­di­za más. El hoy repu­tado di­rec­tor de cien­cia fic­ción rehu­ye cual­quier pre­gun­ta que le obli­gue a ha­blar so­bre su in­sig­ne pro­ge­ni­tor o su fa­mi­lia. De he­cho, su pu­bli­cis­ta ha pe­di­do ex­pre­sa­men­te que evi­te­mos es­tas cues­tio­nes en nues­tra char­la en Los Án­ge­les.

Con War­craft: El ori­gen, Jo­nes da el sal­to a las gran­des li­gas de Holly­wood. La fa­ma y aten­ción que siem­pre evi­tó des­de que le bau­ti­za­ron co­mo Zo­wie, y que le lle­va­ron a si­tuar­se de­trás de una cá­ma­ra, po­drían lle­gar­le aho­ra. "No sé, mira a Ch­ris­top­her No­lan: hace pe­lí­cu­las gi­gan­tes y con­ser­va su pri­va­ci­dad. Creo que los di­rec­to­res no son co­mo los ac­to­res, no son sexy", se ríe.

Qui­zás por sus orí­ge­nes, o por ha­ber vis­to tan­to de es­te mun­do de crío, Jo­nes ha via­ja­do aún más le­jos. "Ya fue­ra a tra­vés de vi­deo­jue­gos, li­bros o pe­lí­cu­las, me gus­ta­ba la idea de trans­por­tar­me", ex­pli­ca. Su pa­sión por la fan­ta­sía y la cien­cia fic­ción em­pe­zó en­ton­ces. Ne­ce­si­ta­ba sen­tir que aque­llos otros reinos que leía o veía eran tan reales co­mo los que pi­sa­ba con su mar­ciano pa­dre. "Es al­go que quie­ro trans­mi­tir al pú­bli­co", con­ti­núa. "Quie­ro que sien­tan que no han vis­to es­to an­tes, que es­tán ex­pe­ri­men­tan­do al­go nue­vo".

Por eso es ci­neas­ta. Por eso, en su pri­me­ra pe­lí­cu­la, Moon (2009), nos trans­por­tó al es­pa­cio tan so­lo con un ac­tor (Sam Rock­well) y me­dio (la voz de Ke­vin Spa­cey). En la se­gun­da, Có­di­go fuen­te (2011), con Ja­ke Gy­llen­haal y Mi­che­lle Mo­nag­han, nos lle­vó del pa­sa­do al fu­tu­ro una y otra vez. Y, aho­ra, en su ter­cer fil­me, nos tras­la­da­rá a unos mun­dos que él co­no­ce des­de "hace 20 años", el uni­ver­so fan­tás­ti­co de War­craft. "Me en­gan­ché al pri­mer vi­deo­jue­go War­craft que sa­có Bliz­zard, Or­cos y hu­ma­nos. Y sal­té a World

of War­craft. Pe­ro, cuan­do em­pe­za­ron las ex­pan­sio­nes pos­te­rio­res, ya es­ta­ba de­ma­sia­do ocu­pa­do con el tra­ba­jo", di­ce so­bre es­te jue­go on­li­ne que lle­gó a te­ner más de 12 mi­llo­nes de usua­rios ac­ti­vos.

Los li­bros y las pe­lí­cu­las eran sus prin­ci­pa­les com­pa­ñe­ros de via­je, pe­ro "los vi­deo­jue­gos se con­vir­tie­ron en un ele­men­to fun­da­men­tal. Su­po­nían mi vía de es­ca­pe. Ju­ga­ba a to­do. Aho­ra, con el po­co tiem­po que me que­da, so­lo pue­do ha­cer­lo en el mó­vil, y eso no cuen­ta real­men­te".

En los úl­ti­mos cua­tro años, Duncan Jo­nes ha es­ta­do en­ce­rra­do en los mun­dos de War­craft, tras­la­dan­do el uni­ver­so bé­li­co de or­cos y hu­ma­nos a la gran pan­ta­lla con un re­to fun­da­men­tal: "Lo­grar que la pe­lí­cu­la in­te­re­se tan­to a los co­no­ce­do­res del vi­deo­jue­go co­mo a los que ja­más han oí­do ha­blar de él. Nos ayu­dó que Pe­ter Jack­son hi­cie­ra El se­ñor de los ani­llos. No ha­bla­ré de El Hob­bit, so­lo de las tres pri­me­ras par­tes", se ríe. "Es el ejem­plo de có­mo de­be ser el ci­ne de fan­ta­sía. Des­de en­ton­ces, no ha ha­bi­do na­da pa­re­ci­do".

La in­fluen­cia del tra­ba­jo de Jack­son con los li­bros de Tol­kien ayu­dó, pe­ro la ra­zón por la que los crea­do­res del vi­deo­jue­go de­ci­die­ron arre­ba­tar el pro­yec­to a Sam Rai­mi ( Po­se­sión in­fer­nal), que lle­va­ba uni­do a él des­de 2005, para po­ner­lo en ma­nos del di­rec­tor de Moon fue por su am­bi­cio­so plan­tea­mien­to al abor­dar la com­ple­ja tra­ma del ori­gi­nal. "Es una his­to­ria de gue­rra, y en una gue­rra hay dos ban­dos, pe­ro aquí el es­pec­ta­dor com­pren­de a am­bos. Esa pre­mi­sa la hace úni­ca", ex­pli­ca. "Así les con­ven­cí. Para con­ver­tir en reali­dad el War­craft que yo co­no­cía, tie­nes que te­ner hé­roes en las dos par­tes del con­flic­to". En un la­do, es­tá An­duin Lot­har, un hu­mano in­ter­pre­ta­do por Tra­vis Fim­mel ( Vi­kings). En el otro, Du­ro­tan, un or­co al que da vi­da, a tra­vés de motion-cap­tu­re, Toby Keb­bell ( El ama­ne­cer del pla­ne­ta

de los simios). Am­bos lu­chan por el reino de Aze­roth.

"Si tie­nes pa­dres tan famosos, es muy di­fí­cil crear tu pro­pio ca­mino, pe­ro creo que Duncan hi­zo lo co­rrec­to me­tién­do­se en el ci­ne; tie­ne mu­chí­si­mo ta­len­to", di­ce Toby Keb­bell. "Tie­ne un gran fu­tu­ro por de­lan­te". Un fu­tu­ro que pa­sa por se­guir via­jan­do an­tes de que en ju­nio naz­ca su pri­mer hi­jo y se es­tre­ne War­craft: El ori

gen. Con suer­te, se irá de nue­vo a Ber­lín a ro­dar una pe­lí­cu­la que lle­va 12 años ru­mian­do, Mu­te, una vuel­ta al ci­ne in­die con Paul Rudd y Ale­xan­der Skars­gard. Y, des­pués, si War­craft fun­cio­na, re­gre­sa­rá a ese uni­ver­so. "Esa fue una de las ra­zo­nes por las que qui­se ha­cer­la", con­fie­sa. "Me han ofre­ci­do di­ri­gir fran­qui­cias ya exis­ten­tes… y yo las ad­mi­ro, pe­ro ad­mi­ro más aún lo que hi­zo Pe­ter Jack­son con El

se­ñor de los ani­llos; o Geor­ge Lu­cas con Star wars. Ellos em­pe­za­ron esos uni­ver­sos. Y con War­craft soy yo el que em­pie­za uno nue­vo". Duncan Jo­nes aho­ra so­lo quie­re via­jar a los mun­dos que él crea.

• War­craft: El ori­gen se es­tre­na el 3 de ju­nio.

«CH­RIS­TOP­HER NO­LAN HACE GRAN­DES PELIS Y CON­SER­VA SU PRI­VA­CI­DAD. LOS DI­REC­TO­RES NO SO­MOS SEXY»

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