La Bi­blia de Chester Brown.

Des­pués de re­la­tar sus mi­se­rias se­xua­les, Chester Brown se ba­sa en la Bi­blia pa­ra ha­blar del ofi­cio más an­ti­guo del mun­do

El País - Tentaciones - - CONTENIDOS - VÍCTOR PARKAS

El au­tor de có­mic adap­ta la pa­la­bra de Dios... a su ma­ne­ra.

Hay un com­po­nen­te muy al­to de irrea­li­dad en el he­cho de es­tar sen­ta­do al la­do de Chester Brown; el mis­mo que ten­dría sen­tar­se jun­to a, no sé, ¿Bat­man? "Cuan­do me uti­li­zo a mí mis­mo co­mo per­so­na­je en mis te­beos", cuen­ta Brown, "in­ten­to ser lo más fiel que pue­do a los re­cuer­dos que de­seo po­ner so­bre el pa­pel; aun y así, soy cons­cien­te de que cap­tu­rar la reali­dad en tér­mi­nos ab­so­lu­tos es im­po­si­ble". Don­de no lle­ga él, con esos sel­fies he­chos có­mic que fue­ron El

play­boy o El hom­bre­ci­to, lle­gan Seth y Joe Matt: en La vi­da es bue­na si no

te rin­des y Peeps­how, Brown fue apri­sio­na­do, pe­ro es­ta vez en las vi­ñe­tas de sus co­le­gas. "Si­go man­te­nien­do el con­tac­to con ellos", con­fie­sa so­bre esos otros tó­tems del có­mic contemporáneo. "Con Joe pue­do ti­rar­me tran­qui­la­men­te dos ho­ras ha­blan­do por te­lé­fono".

La ma­ne­ra que tu­vo Brown de de­vol­ver­les el fa­vor a sus ami­gos fue in­cluir­los en Pa­gan­do con ello, un có­mic en el que cuen­ta sus ex­pe­rien­cias con pros­ti­tu­tas. El te­beo, que ter­mi­na sien­do un pan­fle­to en de­fen­sa del se­xo de pa­go, re­ci­bió crí­ti­cas in­clu­so de los sec­to­res más pro­gre­sis­tas. "¿De dón­de iban a ve­nir si no? La gen­te de de­re­chas ig­no­ra la exis­ten­cia de mi có­mic". A par­tir de en­ton­ces, Brown se con­vir­tió en un ac­ti­vis­ta por los de­re­chos de las tra­ba­ja­do­ras se­xua­les. "Ade­más, es­toy en con­tra de cual­quier ley que in­ten­te cri­mi­na­li­zar la pros­ti­tu­ción".

No es pa­ra me­nos: Chester lle­va 14 años acos­tán­do­se úni­ca y ex­clu­si­va­men­te con la mis­ma pros­ti­tu­ta. El dato es­tá ex­traí­do de Ma­ría llo­ró so­bre los pies de

"No soy el úni­co que pien­sa que la ma­dre de Je­sús era tra­ba­ja­do­ra se­xual"

Je­sús, su úl­ti­ma obra, en la que el au­tor adap­ta aque­llos pa­sa­jes de las sa­gra­das es­cri­tu­ras pro­ta­go­ni­za­dos por mu­je­res con con­duc­tas se­xua­les re­pro­ba­bles. Por lo me­nos, pa­ra sen­si­bi­li­da­des ca­tó­li­cas. "Si eres in­te­li­gen­te, sa­bes que en la Bi­blia hay un mon­tón de se­xo; no pue­des ob­viar eso si quie­res ha­cer una adap­ta­ción se­ria", re­cuer­da Brown. "No me preo­cu­pa­ba tan­to la reac­ción que ten­drían mis lec­to­res, sino la de aque­llos que, co­mo yo, son cre­yen­tes", de­ter­mi­na, an­tes de con­tar co­mo el li­bro ca­si le cues­ta una amis­tad muy cer­ca­na. Y es que Ma­ría llo­ró so­bre los pies de

Je­sús, ade­más de adap­tar tex­tos bí­bli­cos, pro­po­ne teo­rías au­da­ces; no es la me­nor de ellas aque­lla en la que Brown afir­ma que la Vir­gen Ma­ría tam­bién fue pros­ti­tu­ta. "Es una opi­nión mi­no­ri­ta­ria, pe­ro no soy el úni­co que pien­sa que la ma­dre de Je­sús era tra­ba­ja­do­ra se­xual". Aun­que es­te as­pec­to del li­bro ha­ya si­do el que más click­bait ha ge­ne­ra­do, po­co se es­tá ha­blan­do de lo au­tén­ti­ca­men­te irre­ve­ren­te del nue­vo có­mic de Brown: és­te in­ten­ta de­cir­nos que to­dos nues­tros pre­jui­cios con­tra la pros­ti­tu­ción tie­nen su ori­gen en la Bi­blia y, por tan­to, en nues­tra edu­ca­ción ju­deo­cris­tia­na. "Ca­da uno tie­ne de­re­cho a creer en lo que quie­ra", ex­pre­sa Chester. "Yo lo úni­co que in­ten­to es no in­ter­pre­tar la Bi­blia des­de una po­si­ción fun­da­men­ta­lis­ta".

Lle­ga­dos a es­te pun­to, no pue­do re­sis­tir­me a pre­gun­tar­le a Brown por su ca­rre­ra política: el di­bu­jan­te ha ido en dos oca­sio­nes en las lis­tas del Li­ber­ta­rian Party, una for­ma­ción mal lla­ma­da 'anar­co­ca­pi­ta­lis­ta'. "Yo era de iz­quier­das, pe­ro me di cuen­ta de que no es­ta­ba com­ple­ta­men­te có­mo­do con sus pa­rá­me­tros ideo­ló­gi­cos", ex­pli­ca. "Fue en­ton­ces cuan­do me hi­ce li­ber­ta­rian". Es­ta op­ción política, con la que tam­bién se iden­ti­fi­can otros di­bu­jan­tes in­dies co­mo Pe­ter Bag­ge, no con­si­guió ara­ñar nin­gún es­ca­ño en las elec­cio­nes ca­na­dien­ses. "Aun así, si el par­ti­do me vol­vie­se a pe­dir que fue­ra en sus lis­tas, acep­ta­ría sin du­dar­lo".

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