«¿EN QUÉ NOS HE­MOS CON­VER­TI­DO CUAN­DO UNA HIS­TO­RIA DE DI­BU­JOS ANI­MA­DOS SE VUEL­VE REAL?»

El País - Tentaciones - - EN PORTADA - — DA­MON AL­BARN

Por to­do eso, Al­barn in­sis­te en que Hu­manz no es, en ab­so­lu­to, un dis­co pe­si­mis­ta. "¡Pa­ra na­da!", ex­cla­ma. "En un prin­ci­pio que­ría ha­cer un dis­co de bai­le, pe­ro que tu­vie­se una his­to­ria, al­go que no sue­le su­ce­der a me­nu­do con la mú­si­ca de club. Por eso te­nía que ser un dis­co noc­turno. Pe­ro lo que su­ce­dió es que me ima­gi­né una no­che bas­tan­te ate­rra­do­ra. Gorillaz es, en un sen­ti­do, una ban­da muy gó­ti­ca. Me ima­gi­né una fies­ta gó­ti­ca, ex­tra­ña". "Una fies­ta pa­ra el fin del mun­do", se­gún la de­fi­ni­ción del ra­pe­ro Pus­ha T, una de las víc­ti­mas de la mu­ñe­ca de Al­barn, que com­par­te en el dis­co una agri­dul­ce (pe­ro com­ba­ti­va) Let me out con la le­yen­da del soul Ma­vis Sta­ples. "No exac­ta­men­te pa­ra el fin del mun­do", le co­rri­ge el bri­tá­ni­co, "So­la­men­te una no­che en la que cam­bia to­do". En cual­quier ca­so, si nos en­fren­tá­se­mos a la ex­tin­ción in­mi­nen­te de to­do lo co­no­ci­do, él tie­ne cla­ro lo que ha­ría: "Me iría a be­ber al­go. Lue­go ya ve­ría­mos a dón­de me lle­van los acon­te­ci­mien­tos, pe­ro se­gu­ro que em­pe­za­ría con una co­pa".

Co­mo en cual­quier ce­le­bra­ción, en la de Gorillaz hay mu­chos in­vi­ta­dos, si­guien­do una con­cep­ción co­la­bo­ra­ti­va de la mú­si­ca pre­sen­te des­de el co­mien­zo de la ban­da. Por sus dis­cos siem­pre han pa­sa­do des­de ve­te­ra­nos his­tó­ri­cos co­mo Lou Reed, Bobby Wo­mack, Ike Tur­ner o Mark E. Smith de The Fall has­ta al­gu­nos de los mú­si­cos más in­tere­san­tes de ca­da mo­men­to, pe­ro en Hu­manz la lis­ta de créditos se dis­pa­ra. Y con una ca­rac­te­rís­ti­ca co­mún: la pre­do­mi­nan­cia de la mú­si­ca ne­gra, des­de el soul y el R&B has­ta el rap, el dan­cehall ja­mai­cano o el hou­se de Chica­go. "Son las mú­si­cas más in­no­va­do­ras aho­ra mis­mo, ab­so­lu­ta­men­te. Es el lu­gar más in­tere­san­te que ex­plo­rar", de­fien­de Al­barn, que des­de ha­ce años ha ido ex­pan­dien­do su área de ac­ción del pop a ca­si cual­quier otro es­ti­lo, con es­pe­cial interés en la mú­si­ca tra­di­cio­nal afri­ca­na. "Tie­nes que apren­der de cual­quier experiencia, y con es­te dis­co yo he apren­di­do mu­cho". Cuan­do se po­ne a re­pa­sar las co­la­bo­ra­cio­nes, su voz sube un par de to­nos. "Me en­can­ta la can­ción con Ke­le­la. Y Pe­ven Eve­rett me vo­ló la ca­be­za. Ja­mie Prin­ci­ple tam­bién. ¡Y Ka­li Uchis! Fan­tás­ti­ca… Así po­dría se­guir ho­ras", ex­cla­ma con jú­bi­lo ge­nuino. Tan­to tiem­po no te­ne­mos, pe­ro en­tre los nom­bres que se in­clu­yen en el dis­co tam­bién apa­re­cen los ra­pe­ros Vin­ce Sta­ples, Danny Brown, D.R.A.M. y De La Soul, el ja­mai­cano Pop­caan, Jehnny Beth (can­tan­te del gru­po post punk Sa­va­ges) o la mis­mí­si­ma Grace Jo­nes. "Me sien­to muy afor­tu­na­do de po­der ha­ber tra­ba­ja­do con to­da es­ta gen­te", re­su­me.

Sin em­bar­go, la co­la­bo­ra­ción que ha des­per­ta­do más co­men­ta­rios es la de un vie­jo co­no­ci­do y ar­chie­ne­mi­go en los 90, Noel Ga­llag­her. El ex­lí­der de Oa­sis, que en el mo­men­to de má­xi­mo apo­geo del brit pop ase­gu­ró odiar a Da­mon y su com­pa­ñe­ro en Blur Alex Ja­mes ("es­pe­ro que pi­llen el si­da y se mue­ran", de­cla­ró al dia­rio The Ob­ser­ver), apa­re­ce en We got the

po­wer, la can­ción que cie­rra el dis­co ape­lan­do a la es­pe­ran­za y la uni­dad. "Sim­ple­men­te me di­jo: 'Ey, me gus­ta­ría mu­cho es­tar en un te­ma de Gorillaz'. Yo le con­tes­té que in­ten­ta­ría en­con­trar uno en el que pu­die­se fun­cio­nar. Y, en es­te dis­co, We got the

po­wer era el úni­co te­ma en el que en­ca­ja­ba", ex­pli­ca Al­barn con na­tu­ra­li­dad. "Vino al es­tu­dio y fue muy cortés. Gra­bó la me­lo­día que le di y fue ge­nial. Tie­ne un tono ma­ra­vi­llo­so en su voz", cuen­ta nor­ma­li­zan­do una re­la­ción que ha­ce años que pa­só del odio al res­pe­to. "Pa­ra mí no era un asun­to del otro mun­do. No ha­go dis­tin­cio­nes en­tre nin­gu­na de las per­so­nas que co­la­bo­ran en Gorillaz, to­dos es­tán in­clui­dos", con­clu­ye.

Lo que po­dría pa­re­cer una me­ra cortesía en­tre co­le­gas, en el ca­so de Al­barn pa­re­ce ir al­go más allá. Pre­ci­sa­men­te con el na­ci­mien­to de Gorillaz su ca­rre­ra dio un gi­ro, des­de la fi­gu­ra del poster boy del pop bri­tá­ni­co a una con­cep­ción más re­la­ja­da y aven­tu­re­ra de la crea­ción mu­si­cal en la que él no es­tá siem­pre en el cen­tro de la ac­ción. "Gorillaz es al­go co­la­bo­ra­ti­vo", de­fien­de. "Es co­mo ser un di­rec­tor de ci­ne, real­men­te. Me ha­ce fe­liz es­tar ro­dea­do de mú­si­cos, par­ti­ci­par de la mú­si­ca. Yo les de­jo ha­cer lo que quie­ran, no me en­tro­me­to. Pue­de que lue­go edi­te un po­co pe­ro, una vez que to­dos ellos en­cuen­tran su

mo­jo, tie­nen la po­si­bi­li­dad de lle­var­lo a don­de quie­ran".

Li­ber­tad crea­ti­va

El Da­mon Al­barn de la ac­tua­li­dad re­su­me su pos­tu­ra an­te su tra­ba­jo con un sí­mil do­més­ti­co: "Ten­go una hi­ja de 18 años y ca­da día intento co­mu­ni­car­me con ella. Co­mo mú­si­co es lo mis­mo: ca­da vez que tra­ba­jas con al­guien nue­vo tie­nes que apren­der a co­mu­ni­car­te. Nun­ca te pue­des dor­mir en los lau­re­les". Con Missy, fru­to de su re­la­ción con la ar­tis­ta Su­zi Wins­tan­ley, in­ten­ta co­nec­tar "a ve­ces por Snap­chat" y otras "yen­do a Brigh­ton y pa­san­do un ra­to jun­tos en la pla­ya". Tam­bién a tra­vés de la mú­si­ca: "Aho­ra mis­mo es­tá en­gan­cha­da al hip-hop de los 90", ex­pli­ca, lo que pa­re­ce ló­gi­co si se tie­ne en cuen­ta que de­be su nom­bre a una de las ar­tis­tas fa­vo­ri­tas de Al­barn en los 90, la ra­pe­ra Missy Elliott.

Ya sea con su hi­ja, con mú­si­cos de me­dio mun­do o con un periodista que no co­no­ce de na­da, el lí­der de Gorillaz de­mues­tra ha­ber lle­ga­do a un pun­to se­reno de su ca­rre­ra. Los ta­bloi­des ya no in­for­man de sus re­la­cio­nes amo­ro­sas —la su­ya con Jus­ti­ne Frisch­mann, de la ban­da Elás­ti­ca, fue el gran cu­le­brón pop de los 90—, y ha de­ja­do atrás epi­so­dios os­cu­ros, co­mo una adic­ción a la he­roí­na que, no obs­tan­te, re­co­no­ció que le hi­zo ser "in­creí­ble­men­te pro­duc­ti­vo". "Soy un ti­po de 49 años, pa­dre de una hi­ja, que vi­ve en un mun­do con­fu­so", re­su­me él. Pe­ro tam­bién al­guien que dis­fru­ta con la po­si­bi­li­dad de po­der ha­cer lo que le ven­ga en ga­na cuan­do le ven­ga en ga­na. "Me en­can­ta la idea de po­der ha­cer mú­si­ca de ma­ne­ra es­pon­tá­nea y po­der di­fun­dir­la cuan­do sea", cuen­ta. "Es ge­nial. Co­mo mú­si­co, es­te es el mo­men­to más emo­cio­nan­te ja­más vi­vi­do. Ha­go mú­si­ca to­dos los días y aho­ra pue­do pu­bli­car­la cuan­do quie­ra".

Jus­to an­tes de que so­na­se su te­lé­fono, sin ir más lejos, Da­mon es­ta­ba com­ple­tan­do al­gu­nos de los "40 o 45 te­mas" que se han que­da­do fue­ra de Hu­manz. "Ten­go mon­to­nes y mon­to­nes de ma­te­rial. Ve­re­mos si pue­do ter­mi­nar­lo to­do", di­ce con cal­ma. "De­pen­de­rá de por cuán­to tiem­po quie­ra se­guir ha­cien­do es­to. No me gus­ta de­ma­sia­do ha­cer pla­nes. No sé, qui­zás den­tro de seis me­ses di­ga que me quie­ro ir al oes­te de Áfri­ca a es­tu­diar mú­si­ca o al­go así. O qui­zás ya no es­té aquí, ¿sa­bes a lo que me re­fie­ro? Me gus­ta ir a don­de me lle­ven las mu­sas".

De mo­men­to, si­gue dis­fru­tan­do de una idea que le per­mi­tió crear su pro­pia res­pues­ta al pop co­mer­cial. "Ha­bía mu­cha hi­po­cre­sía cuan­do em­pe­za­mos con Gorillaz, co­mo to­das esas boy

bands. No es­cri­bían su pro­pia mú­si­ca… Era to­do pre­fa­bri­ca­do. La mú­si­ca es al­go de­ma­sia­do pre­cio­so co­mo pa­ra que se uti­li­ce pa­ra que otra gen­te ga­ne di­ne­ro. Así que nos­tros di­ji­mos: 'Va­mos a fa­bri­car una ban­da, pe­ro a fa­bri­car­la de ver­dad".

Otra de las ven­ta­jas de ocul­tar­se tras unos di­bu­jos ani­ma­dos es la po­si­bi­li­dad de "crear mun­dos", in­clu­so cuan­do él no tie­ne la úl­ti­ma pa­la­bra en cuan­to a có­mo de­ben ser esos uni­ver­sos. Es­ta nue­va eta­pa del pro­yec­to lle­ga tras su­pe­rar las di­fe­ren­cias que le en­fren­ta­ron con Hew­lett, que tras el ál­bum

Plas­tic beach que­dó des­con­ten­to con el gi­ro más mu­si­cal y me­nos vi­sual que es­ta­ba to­man­do Gorillaz. Qui­zás por eso ha de­ci­di­do de­le­gar otros as­pec­tos de la ban­da, co­mo la "experiencia" en la que se re­crea­rá la ca­sa en­can­ta­da que apa­re­ce en el clip de la can­ción Sa­turnz barz en Nue­va York, Ber­lín y Áms­ter­dam en­tre fi­na­les de abril y prin­ci­pios de ma­yo. "Yo so­lo soy par­te del pro­yec­to, pe­ro hay to­do un equi­po de gen­te que tra­ba­ja en Gorillaz. Cuan­do yo en­tre ahí es­ta­ré en igual­dad de con­di­cio­nes que cual­quie­ra", ase­gu­ra. De lo que sí sabe, aun­que pre­fie­re no sol­tar pa­la­bra, es de otra de las ra­mi­fi­ca­cio­nes del pro­yec­to, el fes­ti­val De­mon dayz que se ce­le­bra­rá en un par­que de atrac­cio­nes de Kent en el mes de ju­nio: "Te pue­do de­cir po­co so­bre eso por­que to­da­vía es­tá en pro­ce­so. So­lo pue­do ade­lan­tar que se­rá lo me­jor que po­da­mos ha­cer con el tiem­po que te­ne­mos".

Du­re lo que du­re es­ta nue­va eta­pa de Gorillaz, Al­barn es­tá dis­pues­to a dis­fru­tar­la sin de­jar que los ele­men­tos ex­ter­nos le con­di­cio­nen. "A ve­ces sí que hay pre­sio­nes, cla­ro, lo úni­co que pa­sa es que pre­fie­ro ig­no­rar­las", di­ce di­ver­ti­do. Y, so­bre to­do, no de­ján­do­se do­mi­nar por una épo­ca de in­cer­ti­dum­bre y os­cu­ri­dad: "El pa­sa­do ya ha si­do bas­tan­te ate­rra­dor, así que to­do lo que nos que­da es el fu­tu­ro". Hu­manz, el nue­vo dis­co de Gorillaz, se pu­bli­ca el 28 de abril.

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