Có­mic de cul­to.

Cuan­do Jo­sé Do­min­go pu­bli­có en 2011 Aven­tu­ras de un ofi­ci­nis­ta ja­po­nés, su có­mic rom­pió mol­des. Aho­ra su obra se re­edi­ta en un vo­lu­men que des­cu­bre par­te de sus se­cre­tos

El País - Tentaciones - - TENTACIONES - ÁLEX SER ANO

Aven­tu­ras de

un ofi­ci­nis­ta ja­po­nés vo­ló ca­be­zas en 2011. Aho­ra se re­edi­ta en ver­sión co­men­ta­da.

Jo­sé Do­min­go cuen­ta que la idea pa­ra Aven­tu­ras de un ofi­ci­nis­ta

ja­po­nés "na­ce de una his­to­rie­ta cor­ta y con­sis­tía en di­bu­jar el te­beo con­for­me avan­za­ba, des­pla­zan­do la cá­ma­ra, un po­co en plan Dog­ma, vien­do qué pa­sa­ba y sin diá­lo­gos". Un mé­to­do po­co ha­bi­tual y que le de­pa­ró mu­chas sor­pre­sas: "No te­nía ni idea de lo que iba a su­ce­der, in­tro­du­cía nue­vos ele­men­tos se­gún di­bu­ja­ba". El re­sul­ta­do fue una de las obras más ala­ba­das del có­mic de 2011, no­mi­na­da pa­ra el pre­mio Eis­ner, que aho­ra se re­edi­ta de la mano de As­ti­be­rri en un cui­da­do vo­lu­men que des­cu­bre mu­chos de los se­cre­tos ocul­tos en ca­da vi­ñe­ta.

El di­bu­jan­te sí que man­tu­vo, sin em­bar­go, la idea de no te­ner un guión pre­vio. "Crear el có­mic, en reali­dad, era algo que su­ce­día an­te mis ojos. Fue un ejer­ci­cio de im­pro­vi­sa­ción, ca­si de es­cri­tu­ra au­to­má­ti­ca", ase­gu­ra. Aven­tu­ras de un ofi­ci­nis­ta

ja­po­nés ba­ra­ja in­fluen­cias grá­fi­cas de au­to­res co­mo Ch­ris Wa­re o Max. Sin em­bar­go, Jo­sé Do­min­go ase­gu­ra que ca­re­cía de re­fe­ren­cias en la elec­ción de los pla­nos o en el as­pec­to for­mal. "Te­nía en la ca­be­za los có­mics que me gus­ta­ban de pe­que­ño, era una ma­ne­ra de bus­car­me a mí mis­mo en el di­bu­jo", cuen­ta, y aña­de que bus­ca­ba "esa sen­sa­ción de ex­plo­ra­ción de crear el mun­do, un po­co co­mo los li­bros de 'eli­ge tu pro­pia aven­tu­ra' o vi­deo­jue­gos".

Un po­co de vi­deo­jue­go tie­nen las pe­ri­pe­cias del atri­bu­la­do ja­po­nés, un per­so­na­je idea­do, con­fie­sa Do­min­go, por el cli­ché. "Que­ría jun­tar dos co­sas muy lo­cas, algo ano­dino co­mo el tí­pi­co ofi­ci­nis­ta ja­po­nés, el hom­bre que vi­ve pa­ra tra­ba­jar, y mez­clar­lo con un mon­tón de co­sas lo­cas".

El di­bu­jan­te qui­so ex­plo­tar "esa co­sa cul­tu­ral que tie­nen ellos, esos po­los opues­tos que se ali­men­tan mu­tua­men­te". Con años de pers­pec­ti­va, Jo­sé Do­min­go con­si­de­ra que el ofi­ci­nis­ta si­gue sien­do una obra que des­ta­ca. "Qui­zás ya no es tan rompe­dora co­mo pu­do ser en su mo­men­to", con­fie­sa, "editoriales co­mo Fos­fa­ti­na, Aut­sai­der o Fulgencio Pi­men­tel ha­cen co­sas más arries­ga­das, pe­ro sí man­tie­ne el pun­to fres­co y, al ser una obra lar­ga, mar­ca di­fe­ren­cias". El ar­tis­ta sí con­si­de­ra que el su­yo "es un có­mic si­tua­do co­mo obra re­co­no­ci­ble, por lo que no tie­ne na­da que de­mos­trar. Lo que pu­do apor­tar ya lo apor­tó".

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