Mu­gu­ru­za en la en­cru­ci­ja­da

La his­pa­no­ve­ne­zo­la­na bus­ca re­pun­tar en Mel­bour­ne tras es­tan­car­se en su jue­go y caer al nú­me­ro 18 del lis­ta­do mun­dial

El País (Valencia) - - DEPORTES - ALE­JAN­DRO CIRIZA,

Pa­ra Gar­bi­ñe Mu­gu­ru­za, el nue­vo año es, o así de­be­ría ser­lo, un fo­lio en blan­co pa­ra re­es­cri­bir una his­to­ria que co­men­zó de for­ma muy su­ge­ren­te —con 20 años, de­rro­tó a la to­do­po­de­ro­sa Se­re­na Wi­lliams en la are­na de Pa­rís—, que pro­gre­só me­jor —a los 21 dis­pu­tó la fi­nal de Wim­ble­don, se fil­tró por pri­me­ra vez en el Mas­ters y abrió el me­lón del Grand Slam en Ro­land Ga­rros— y que ad­qui­rió un tono in­me­jo­ra­ble cuan­do ha­ce dos cur­sos, con 23, se co­ro­nó en La Ca­te­dral de Lon­dres y tres me­ses des­pués se con­vir­tió en una nú­me­ro uno con un por­ve­nir es­plen­do­ro­so. As­cen­día co­mo un cohe­te, aso­ma­ba un gran fi­lón y Es­pa­ña se fro­ta­ba las ma­nos por­que des­pués del va­cío de­ja­do por Arant­xa y Con­chi­ta vol­vía a dis­fru­tar otra vez de una he­roí­na con ra­que­ta. To­do eran bri­llos, flas­hes, fres­cu­ra. Pe­ro to­do se tor­ció.

Fue aden­trar­se en 2018, con to­do ese ma­ra­vi­llo­so ar­se­nal de mé­ri­tos, y su tra­yec­to­ria co­men­zó a vi­rar pe­li­gro­sa­men­te has­ta la si­tua­ción ac­tual, bo­rro­sa des­pués de una tem­po­ra­da en la que de­sa­pa­re­cie­ron los éxi­tos y de­ca­yó el jue­go. Lle­ga­ron las de­rro­tas, de­ma­sia­das ve­ces tem­pra­nas y en mu­chas oca­sio­nes di­fí­ci­les de en­ten­der, y vol­vie­ron a ha­cer­se no­ti­cia los ma­los mo­dos en­tre ella y su en­tre­na­dor, el fran­cés Sam Sumyk. Ce­rró el ejer­ci­cio con un úni­co tro­feo, me­nor, el de Mon­te­rrey, y a ex­cep­ción de la no­ta­ble ac­tua­ción en Ro­land Ga­rros (se­mi­fi­na­les), el res­to de tor­neos se en­tre­la­za­ron de una de­cep­ción a otra. Des­pués de tres par­ti­ci­pa­cio­nes con­se­cu­ti­vas, no lo­gró el bi­lle­te pa­ra la Co­pa de Maes­tras y el cre­ci­mien­to se es­fu­mó.

Aho­ra, Mu­gu­ru­za se en­cuen­tra an­te un año cru­cial. A los 25 años, ya con­so­li­da­da en el cir­cui­to y con las más jó­ve­nes em­pu­jan­do muy fuer­te, de­be­rá re­se­tear­se y dar un vo­lan­ta­zo pa­ra es­ca­par de la es­pi­ral. Pro­ce­den cam­bios, pe­ro pa­ra ella hay una se­rie de as­pec­tos in­ne­go­cia­bles. Con mu­cha per­so­na­li­dad, ad­vier­te de que no re­nun­cia­rá a su for­ma de ser y lo que ello con­lle­va: la ex­po­si­ción en las re­des y las re­vis­tas, la mo­da o las ce­nas de ga­la. Ella de­ci­de y, por eso, con­ti­núa en el ban­qui­llo su en­tre­na­dor, se­ña­la­do des­de ha­ce tiem­po por­que no se per­ci­be avan­ce al­guno en la ju­ga­do­ra, sino más bien un es­tan­ca­mien­to que en el en­torno se aso­cia a un víncu­lo tó­xi­co.

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