Él mis­mo y su si­len­cio eran el ‘happening’

El País (1ª Edición) - - PORTADA -

Juan Hi­dal­go es­ta­ba atra­ve­sa­do por to­da la cul­tu­ra del si­glo XX, en­tró con su pie zen en el si­glo XXI, y fue ca­paz de vi­vir en lo más rús­ti­co de Cham­be­rí o en una cue­va de su is­la de Gran Ca­na­ria, en Aya­ca­ta, sin mo­ver­se arri­ba o aba­jo un ápi­ce de su equi­li­brio sin es­pe­jos. Un ciu­da­dano so­lo, con pa­re­ja o so­lo, que des­bro­za­ba las no­ches has­ta el ama­ne­cer, con su mirada per­di­da has­ta el in­fi­ni­to don­de ha­bía un pun­to zen, o ZAJ, al que se di­ría con las ma­nos quie­tas, co­mo si es­tu­vie­ra siem­pre ha­cien­do un happening. Él mis­mo era el su­ce­so.

Era tam­bién un ra­di­cal del si­len­cio. En el ejer­ci­cio de esa es­ca­pa­da era un per­ma­nen­te vi­gi­lan- te de su res­pi­ra­ción ri­sue­ña, un er­mi­ta­ño de la mo­der­ni­dad más ra­bio­sa en el cen­tro mis­mo de don­de ha­bi­ta­ron los an­te­pa­sa­dos que vi­nie­ron del Atlas be­re­ber. Era un mo­derno de los an­ti­guos: de los que no lo de­cían, mo­derno en esen­cia, un ras­go de la na­tu­ra­le­za vie­ja de la mo­der­ni­dad.

En torno a él tra­zó el ar­te un círcu­lo en el que ca­bían él y sus pre­fe­ri­dos, los que cons­ti­tu­ye­ron ZAJ, su apues­ta más ver­bal, pues su ob­se­sión fue no de­cir, sen­tar­se y no de­cir, de­po­si­tar su cuer­po en unas es­ca­le­ras de pie­dra, des­nu­do, y no de­cir.

Su vi­da era tan as­cé­ti­ca co­mo la de un san­to que des­co­no­cie­ra las mie­les de Dios, y to­do lo que com­pu­so o di­jo va­le más que la ci­vi­li­za­ción de si­len­cio que ha­bía en esas cue­vas. Pe­ro él hu­bie­ra pa­ga­do por ese si­len­cio de la cue­va. Por eso se vol­vió a la is­la, se aco­mo­dó en­tre las pie­dras, y allí se aden­tró con sus co­lo­res vi­vos pe­ro pla­nos, bur­lán­do­se de la ci­vi­li­za­ción nue­va, la que se ba­só en el rui­do, su má­xi­mo enemi­go.

No le atra­je­ron esos so­ni­dos. Fue de los ex­plo­ra­do­res del abis­mo es­té­ti­co que atra­ve­só esa zona atlán­ti­ca del mun­do, de la que na­cie­ron la ra­bia ro­ta de Ma­no­lo Mi­lla­res, la poe­sía mi­nu­cio­sa de Ma­no­lo Pa­dorno, el vien­to fér­til de Mar­tín Chi­rino. Y cuan­do se aden­tró en Eu­ro­pa, des­de aque­lla Áfri­ca cu­yos gri­tos es­tán tam­bién en sus si­len­cios, de­ci­dió dar­le al rit­mo del ar­te, de la mú­si­ca, de la ac­tua­ción tea­tral, de su jue­go de ma­nos y de su ex­pre­sión sin es­tri­den­cia, el tri­bu­to del cuer­po. Era un ar­tis­ta sin de­cir na­da, ca­si un mon­je que se reía ba­ji­to, co­mo si es­tu­vie­ra siem­pre en tran­ce de ser de ni­ño otra vez. Juan Hi­dal­go, ilus­tre ca­lla­do de Aya­ca­ta.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.