“Soy una re­na­ci­da de 67 años”

El País (1ª Edición) - - PORTADA -

Lo de la Mi­lá no es no­ti­cia. Ya lo ha pre­go­na­do ella por tie­rra, mar y wifi. Vuel­ve a la es­pu­ma de la te­le des­de el agu­je­ro de la de­pre­sión más pro­fun­da. Em­pal­mó el trau­ma de una rup­tu­ra amo­ro­sa con el es­tre­sa­zo de pre­sen­tar Gran Her­mano y aca­bó abra­sa­da. Se­gu­ro que el tran­ce le ha de­ja­do ara­ña­zos, pe­ro no pa­re­ce ha­ber­le res­ta­do ener­gía. Lle­ga, or­de­na el co­ta­rro, me arras­tra a la po­nen­cia que da su so­bri­na —“ba­beo con la ne­na”— en un lo­cal cer­cano y so­lo des­pués se en­tre­ga en la en­tre­vis­ta. Se no­ta que es­tá acos­tum­bra­da a ser el cen­tro del fo­co y a que se ha­gan las co­sas a su gus­to, sí, pe­ro nun­ca a me­dias.

¿Cuán­to fas­ti­dia oír “aníma­te” cuan­do so­lo quie­res llo­rar?

Eso es ho­rro­ro­so. Cuan­do te di­cen “mi­ra la bo­te­lla me­dio llena”, es ho­rri­ble. Yo no lo he di­cho nun­ca y ya no lo di­ré ja­más. No va­le pa­ra na­da. Lo úni­co que va­le es que te di­gan “¿me de­jas dar­te un abra­zo muy fuer­te?”. Y ya es­tá.

¿Qué di­fe­ren­cia la tris­te­za de la de­pre­sión pro­pia­men­te di­cha?

Cuan­do es­tás en ple­na de­pre­sión te quie­res­mo­rir, so­lo quie­res llo­rar, no en­tien­des que tu ca­rác­ter se pue­da aco­mo­dar a eso. Has­ta que com­pren­des que es la quí­mi­ca ce­re­bral quien es­tá­man­dan­do en tu vi­da por­que tú lo has pro­vo­ca­do, y es­cu­chas a los mé­di­cos. ¿Fue la cul­pa­ble de su Es­to ha si­do por­que yo he que­ri­do. Por no pa­rar cuan­do el cuer­po te lo pi­de. Has­ta que te pa­ra él y te de­ja en un rin­cón. Si no me hu­bie­ra pa­sa­do de fal­ta de sue­ño, de ho­ras de tra­ba­jo, si no me hu­bie­ra es­tre­sa­do de ma­la ma­ne­ra, no la ha­bría te­ni­do. Y a quien se re­co­noz­ca en lo que di­go, que pa­re. La fac­tu­ra a pa­gar es de tal calibre que no me­re­ce la pe­na.

¿Ha­bla de esa sen­sa­ción de que la vi­da te vi­ve a ti y no tú la vi­da?

Esa. De­ci­mos que el cuer­po es sa­bio, pe­ro no le ha­ce­mos ca­so. Se pue­de sa­lir, pe­ro hay que po­ner me­di­das: lec­tu­ras, nue­vas cos­tum­bres, quí­mi­ca, psi­có­lo­gos. Yo lo he he­cho, y aquí me tie­nes, nue­va. ¿Re­na­ci­da? Re­na­cer re­fle­ja a la per­fec­ción lo que es­toy sin­tien­do aho­ra. Soy una re­na­ci­da de 67 años. Un be­bé ace­le­ra­do, pa­sa­do por el mi­cro­on­das. Por­que yo no que­rría vol­ver a ser jo­ven de nin­gu­na for­ma, quie­ro te­ner arru­gas, co­mo­las que ten­go, va­ya, no ten­go que pe­dir más.

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