La es­cri­tu­ra o la vi­da

El País (1ª Edición) - - PORTADA -

Rodrigálvarez era en la Re­dac­ción una es­pe­cie de tó­tem ca­lla­do, que re­par­tía jue­go con los ojos, co­mo Je­sús Ga­ray Ve­cino en los tiem­pos de la ter­nu­ra del fút­bol cu­ya ali­nea­ción em­pe­za­ba así: Car­me­lo, Orúe, Ga­ray, Ca­ni­to… Pa­sa­ban tor­men­tas cer­ca de su si­tio y él, im­per­té­rri­to, ha­bi­ta­do por la ra­zón sin­tác­ti­ca aun­que no es­cri­bie­ra una lí­nea, dic­ta­ba con la­mi­ra­da al­gu­nas ór­de­nes cu­ya sen­sa­tez era ali­men­to de los más jó­ve­nes. Era con­vin­cen­te sin de­cir una pa­la­bra. Era un es­ti­lo.

Su pre­sen­cia era un es­ti­lo, su es­cri­tu­ra era un es­ti­lo. Los ami- gos siem­pre di­cen de él que qui­so ser mú­si­co y que no lo­gró la per­fec­ción en esa dis­ci­pli­na. Pe­ro don­de fue rit­mo to­tal, en­vol­ven­te, fue en la con­se­cuen­cia más evi­den­te de su voz, la na­rra­ción, oral o es­cri­ta; los partidos eran his­to­rias, los su­ce­sos que con­cu­rrían en ellos eran, tam­bién, his­to­rias que iban más allá del fút­bol, co­mo su equi­po, que siem­pre fue más allá de su nom­bre pro­pio.

La épi­ca de San Ma­més tu­vo un can­tor tran­qui­lo, Eduar­do Rodrigálvarez, igual que su ciu­dad, Bil­bao, lo tu­vo co­mo un rap­so­da na­rra­ti­vo singular en la no­ve­la que ti­tu­ló Cuan­do ven­gan los míos (Txer­toa). Ahí es­tá él es­cri­bien­do, con el ai­re pro­pio, en el que res­pi­ran tam­bién Mi­guel De­li­bes o Juan Mar­sé, un dra­ma que ocu­rre en los 60 fran­quis­tas, cuan­do la ob­se­sión na­cio­nal, de to­da la na­ción es­pa­ño­la, es la an­sie­dad por­que aca­be la­mi­se­ria de la dic­ta­du­ra. El asun­to es gra­ve —ma­tar al dictador—, pe­ro se las arre­gla Rodrigálvarez pa­ra que, ade­más, en­tre los tra­gos y los de­li­rios, se man­ten­ga esa ca­pa­ci­dad de ri­sa en­tre­cor­ta­da que pro­du­cen la en­so­ña­ción y el mie­do.

Esa teo­ría y prác­ti­ca de la re­la­ti­vi­dad que apli­ca­ba a la pre­pa­ra­ción de ta­ma­ño mag­ni­ci­dio tie­ne en el Rodrigálvarez cro­nis­ta una con­tra­par­ti­da per­fec­ta: es­cri­bir de fút­bol no es tan­to es­cri­bir a la vez de la glo­ria y del in­fierno; se tra­ta, más bien, de es­cri­bir de un jue­go en el que a al­gu­nos les va la vi­da, pe­ro en el que el que es­cri­be, el tes­ti­go, ha de man­te­ner el so­sie­go pa­ra con­tar las ju­ga­das gran­des sin in­mu­tar­se.

En ese li­bro y en sus cró­ni­cas es­ta­ba el hom­bre tran­qui­lo al que vi­mos, en­me­dio de la Re­dac­ción, co­mo un maes­tro que, mi­ran­do, di­ri­gía una ban­da de mú­si­ca a la que él dio ri­que­za y so­sie­go pa­ra que fi­ja­ran la dra­ma­tur­gia del fút­bol con el ai­re zum­bón con el que hay que afron­tar el ré­cord, la de­rro­ta o el es­cán­da­lo. Él sa­bía que el di­le­ma era la es­cri­tu­ra o la vi­da, y de esa com­bi­na­ción hi­zo que fue­ran sus ojos.

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