“La ge­nia­li­dad no se pue­de imi­tar”

El País (1ª Edición) - - PORTADA -

Con­ver­sar con el pin­tor Gi­nés Lié­ba­na es co­mo deam­bu­lar por su ca­sa, un la­be­rin­to de re­cuer­dos y nom­bres don­de en ca­da re­co­do hay una sor­pre­sa: un re­tra­to de Um­bral con por­te aris­to­crá­ti­co (“a él le gus­ta­ba ver­se así”) o el di­bu­jo de una Ma­ter­ni­dad de Da­lí so­bre la ta­za del vá­ter y flan­quea­da por dos pe­que­ños marcos con las ma­nos plas­ma­das de An­to­nio Ló­pez. En su ha­bi­ta­ción, un óleo re­pre­sen­ta a la aris­tó­cra­ta Isa­bel Ál­va­rez de To­le­do, la du­que­sa ro­ja... Un ho­rror va­cui en el que se re­bu­lle el sin­gu­lar Lié­ba­na (To­rre­don­ji­meno, Jaén, 1921), que for­mó par­te, a fi­nes de los cua­ren­ta, del gru­po de poe­tas Cán­ti­co, de Cór­do­ba, que dio nom­bre a una re­vis­ta. Con él, Pa­blo Gar­cía Bae­na, pre­mio Prín­ci­pe de As­tu­rias, Ri­car­do Mo­li­na, Julio Au­men­te, Ma­rio Ló­pez y el pin­tor Mi­guel del Mo­ral. El 6 de abril, Lié­ba­na pre­sen­ta un li­bro de poe­sías iné­di­tas y pre­pa­ra, pa­ra el 10, una ex­po­si­ción en la Ca­sa de la Mo­ne­da, en Ma­drid. En la lo­ca­li­dad cor­do­be­sa de Vi­lla del Río es­tá en marcha un mu­seo so­bre su obra. Ha­bla la úl­ti­ma voz vi­va de Cán­ti­co.

Pre­gun­ta. Aca­ba de cum­plir 98 años y si­gue muy ac­ti­vo.

Res­pues­ta. Tra­ba­jo­mu­cho. Es­toy di­vi­na­men­te, a lo me­jor por­que en 80 años no he he­cho na­da for­mal. No he sa­bi­do nun­ca te­ner un cier­to or­den.

P. Cán­ti­co em­pe­zó en 1947 y, tras una vi­da in­ter­mi­ten­te, mu­rió en 1957. Co­la­bo­ró con sus di­bu­jos, pe­ro tam­bién ha­cía poe­sía.

R. Yo era un poe­ta que no sa­be es­cri­bir poe­sía. Lo que ha­cía era su­pri­mir ad­je­ti­vos, ¿có­mo se pue­de en­con­trar un ad­je­ti­vo pa­ra de­fi­nir un sen­ti­mien­to ver­da­de­ro? Tam­bién qui­ta­ba los plu­ra­les por- que si no so­na­ba co­mo Ra­joy cuan­do de­cía “no­so­trosss losss es­pa­ño­lesss”... Ha­cía ca­ri­ca­tu­ra, iro­nía de lo que veía en Cór­do­ba. No te que­da otro re­me­dio al ver en lo que nos desen­vol­ve­mos. De ellos apren­dí lo que sé, pe­ro la ge­nia­li­dad no se pue­de imi­tar. Ha­bía que su­pe­rar aque­lla poe­sía pe­sa­da de “la se­ño­ri­ta del ter­ce­ro no me quie­re y me voy a sui­ci­dar”.

P. En la Gue­rra Ci­vil ma­ta­ron a su pa­dre y a su her­mano.

R. Aque­llo fue un ab­sur­do. Yo es que no veo ló­gi­co en­fren­tar­me a una per­so­na de mi país. La ri­que­za de mi fa­mi­lia eran los li­bros. A mi her­mano lo fu­si­la­ron con 19 años por ro­jo. Lo de­la­tó el so­brino de una aris­tó­cra­ta que co­no­cía­mos. Y a mi pa­dre, por­que pres­tó di­ne­ro y di­je­ron: “Si lo ma­ta­mos y le lla­ma­mos ro­jo, no le te­ne­mos que pa­gar”. Te­nía que sa­lir de eso por en­ci­ma de to­do, de­ci­dí que que­ría di­ver­tir­me y que ha­bía ve­ni­do a la vi­da pa­ra reír­me un po­co. P. Su ma­dre se me­tió a mon­ja. R. Has­ta que ha­lló la muer­te. An­tes de en­trar en el con­ven­to fue a ver a la aris­tó­cra­ta y le dijo: “Tu so­brino de­la­tó a mi hi­jo”.

P. En los cua­ren­ta se fue aMa­drid, tra­ba­jó de ilus­tra­dor en re­vis­tas y co­no­ció a per­so­na­li­da­des.

R. El pin­tor Gu­tié­rrez Solana, Ce­la, Gi­mé­nez Caballero, Fer­nán­dez Fló­rez, Pío Ba­ro­ja. Tras la gue­rra, la gen­te que­ría di­ver­tir­se, vi­nie­ron mu­chos ex­tran­je­ros y les sor­pren­día to­do. Veían una ci­güe­ña en un cam­pa­na­rio y de­cían: “Có­mo son es­tos es­pa­ño­les, que han pues­to ahí un pá­ja­ro de adorno”.

P. Uno de ellos fue una cla­ve­ci­nis­ta bra­si­le­ña con la que se ci­tó pa­ra jun­tar­se en Pa­rís, en 1950.

R. Me­fui co­mo exi­lia­do ale­gre. Es­cu­chá­ba­mos a Co­le Porter, se po­día ha­blar bai­lan­do.

P. Pin­ta mu­cho en Pa­rís, pe­ro su ar­te no era com­pro­me­ti­do.

R. No me que­ría com­pro­me­ter. Eso del com­pro­mi­so me sue­na a com­prar­se un pi­so [ri­sas].

Lié­ba­na se do­bla de ri­sa va­rias ve­ces en la char­la, imi­ta, re­ci­ta y can­ta. Mien­tras ha­bla, mi­ra fi­ja­men­te con sus ojos azu­les. Re­ci­be con ca­mi­sa blan­ca, cha­que­ta azul y za­pa­tos ver­des pun­tia­gu­dos. En una li­bre­ta bos­que­ja di­bu­jos: “El con­torno de­be­ría es­tar prohi­bi­do”.

P. Lo su­yo eran los re­tra­tos... en ple­na abs­trac­ción.

R. Es que no ten­go vo­ca­ción de con­tem­po­rá­neo. Res­pe­to el ar­te abs­trac­to, pe­ro me pa­re­cía un po­co abi­ga­rra­do... Y ca­ro. Vi­ví en Pa­rís, pe­ro es una ciu­dad que des­tru­ye, sin al­ma. Es­tán siem­pre con la ra­zón, el car­te­sia­nis­mo, la or­de­nan­za. Es abu­rri­do.

P. Así que se fue a Río de Ja­nei­ro con la bra­si­le­ña. R. ¡Cla­ro! Pe­ro fue un dra­ma. P. Des­pués se ins­ta­ló en Ve­ne­cia, en 1962, con el dra­ma­tur­go Fran­cis­co Nie­va, de al­qui­ler en un pa­la­cio de un pin­tor italiano.

R. Era en­ton­ces la ciu­dad más ar­tís­ti­ca del­mun­do, solo ha­bía una tien­da de Mu­rano, to­do lo de­más era ele­gan­te, la ro­pa, los ob­je­tos... Y qué acús­ti­ca, se oye to­do, co­mo no hay co­ches... Allí vi­ví con un amor ile­gal. P. ¿Ile­gal? R. Eran mu­je­res ca­sa­das, con hi­jos [Lié­ba­na ha­ce el ges­to de cor­tar­se el cue­llo con el ín­di­ce]. Tu­ve gran éxi­to co­mo pin­tor. A la ca­sa ve­nían ar­tis­tas, per­so­na­li­da­des co­mo Peggy Gug­gen­heim, que es­ta­ba ma­yor, pe­ro te­nía mu­cho sen­ti­do del hu­mor. Un día le dijo a la mu­jer de Nie­va: “¿Es ver­dad que es­tá us­ted ca­sa­da con es­te hom­bre?” [ri­sas].

P. Nor­mal que ha­ya es­cri­to un li­bro que fa­bu­la so­bre Ca­sa­no­va en Cór­do­ba.

R. No he si­do mu­je­rie­go, lo que he si­do es in­ge­nuo. P. Y se ca­só con una so­bri­na. R. Y ten­go un hi­jo de ella, pe­ro el ma­tri­mo­nio fue un fra­ca­so. Me ca­sé cuan­do las nie­tas de mis ami­gos lo ha­cían. P. Vol­vió a Ma­drid en 1968. R. To­do el mun­do ve­nía a mi ca­sa, Se­rrat, Lu­cía Bo­sé, la du­que­sa Car­men de Hohen­lohe. Hi­ce mu­chos re­tra­tos por­que se va­lo­ra­ban. Lue­go lle­gó el eu­ro y se aca­bó [ri­sas].

P. A Cán­ti­co lo re­cu­pe­ra­ron los no­ví­si­mos en los años se­sen­ta, pe­ro us­ted los ha lla­ma­do los au­to­es­ti­ma­dí­si­mos.

R. Cán­ti­co no ne­ce­si­ta no­ví­si­mos, ni ex­ce­len­tí­si­mos... Gar­cía Bae­na se reía con ello. Que­rían ex­pli­car un poe­ma su­yo críp­ti­co, co­mo si se pu­die­ra ex­pli­car por qué Romeo de­cía aque­llas pa­la­bras ba­jo el bal­cón.

P. ¿Có­mo le gus­ta­ría ser re­cor­da­do?

R. De nin­gu­na ma­ne­ra, no me in­tere­sa. Lo que me gus­ta es pa­sar­lo bien. Me en­can­ta el mal gus­to, no pue­do vi­vir sin él. Y aho­ra ten­go la me­jor ven­ta­na del mun­do: la te­le­vi­sión.

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