“Hay quien sa­ca par­ti­do a la epi­de­mia, el ‘ebo­la­bu­si­ness”

El País (1ª Edición) - - PORTADA -

El no­res­te de la Re­pú­bli­ca De­mo­crá­ti­ca del Con­go se en­fren­ta a la peor epi­de­mia de ébola que ha su­fri­do el país. Con 629 muer­tos y más de un­mi­llar de en­fer­mos re­gis­tra­dos ayer por el Mi­nis­te­rio de Sa­lud, y en un com­ple­jo es­ce­na­rio bé­li­co, el bro­te es­tá fue­ra de con­trol. Es­ta se­ma­na se pro­du­jo el pri­mer ca­so en la ciu­dad de Bu­nia, de un mi­llón de ha­bi­tan­tes. Ha­ce unos días, hom­bres ar­ma­dos pren­die­ron fue­go a dos cen­tros de Mé­di­cos sin Fron­te­ras. En me­dio de las ba­las y de la vio­len­cia, li­dian­do con el­mie­do y la hos­ti­li­dad, Ju­lien­ne Ano­ko es­gri­me el ar­ma de la pa­la­bra. Co­mo an­tro­pó­lo­ga de la Or­ga­ni­za­ción Mun­dial de la Sa­lud (OMS) en­car­ga­da de las emer­gen­cias en Áfri­ca, es­ta cien­tí­fi­ca es­pa­ño­la de ori­gen ca­me­ru­nés tra­ta de ten­der puen­tes en­tre los mé­di­cos y la po­bla­ción.

Pre­gun­ta. Tra­ba­ja en un con­tex­to de vio­len­cia de enor­me com­ple­ji­dad.

Res­pues­ta. Lo pri­me­ro que hay que en­ten­der es que en Ki­vu del Nor­te hay un con­flic­to ar­ma­do des­de ha­ce más de 20 años. To­dos los vier­nes en Be­ni [epi­cen­tro del bro­te] hay ti­ros. No­so­tros tra­ba­ja­mos en me­dio de es­ta gue­rra, ju­gan­do al ga­to y el ra­tón con las mi­li­cias: cuan­do ellos apa­re­cen, nos es­con­de­mos; cuan­do se es­con­den ellos, sa­li­mos no­so­tros.

P. ¿Có­mo es la re­la­ción con la po­bla­ción?

R. La gen­te de los ba­rrios nos ayu­da. A las 18.00 te­ne­mos que regresar a la ba­se por­que hay to­que de que­da. Pe­ro hay zo­nas ro­jas adon­de no po­de­mos lle­gar. Pa­ra ello tra­ba­ja­mos con las mi­li­cias. A ve­ces se es­ca­pan en­fer­mos y van a los pue­blos que con­tro­lan sus mi­li­cias, en­ton­ces nos avi­san y les ha­ce­mos lle­gar las va­cu­nas.

P. ¿Se pue­de de­cir que se han ga­na­do su con­fian­za?

R. Eso es muy di­fí­cil. En Ki­vu del Nor­te es­tán con­ven­ci­dos de que el­mun­do les quie­re ha­cer da­ño, to­dos los que vie­nen de fue­ra.

P. Pa­ra con­tro­lar el ébola hay que vi­gi­lar a los que han te­ni­do con­tac­to con los en­fer­mos.

R. Cuan­do se pro­du­ce un ata­que, la gen­te se des­pla­za y per­de­mos a esos con­tac­tos. Dos se­ma­nas des­pués, nos en­te­ra­mos de que a 40 ki­ló­me­tros ha sur­gi­do un nue­vo fo­co y es uno de ellos que se ha­bía re­fu­gia­do allí. A los que han te­ni­do con­tac­to con en­fer­mos les ofre­ce­mos co­mi­da los 21 días de vi­gi­lan­cia, al­go de di­ne­ro, re­ga­los. Y a los que hu­yen va­mos a bus­car­los don­de sea y los trae­mos de vuel­ta.

P. ¿Quié­nes son las per­so­nas más afec­ta­das por el bro­te?

R. Hay un con­ta­gio en­tre mu­je­res en torno al 62%. Es la pri­me­ra vez que lo ve­mos tan cla­ro. Las mu­je­res van más al mé­di­co y son las gran­des cui­da­do­ras.

P. ¿Por qué ata­can las es­truc­tu­ras mé­di­cas?

R. Hay per­so­nas que creen que esos cen­tros son los que­man- tie­nen el ébola. Que­mar­los es co­mo un exor­cis­mo. Lue­go es­tá lo que lla­ma­mos el ebo­la­bu­si­ness, la gen­te que sa­ca par­ti­do de la epi­de­mia. He­mos em­plea­do a mi­les de per­so­nas y to­das las agen­cias que tra­ba­jan en el te­rreno con­tra­tan co­ches, al­qui­lan ho­te­les, co­mi­da y otros gas­tos, pe­ro siem­pre hay des­con­ten­tos.

P. Su pri­me­ra ex­pe­rien­cia con la OMS fue el bro­te de Mar­bur­go [fie­bre he­mo­rrá­gi­ca] de An­go­la en 2005, el más de­vas­ta­dor de la his­to­ria, y cuan­do se in­cor­po­ró ape­drea­ban a los equi­pos mé­di­cos oc­ci­den­ta­les... ¿por dón­de em­pie­za su tra­ba­jo?

R. Lo pri­me­ro es ha­blar, en la ca­lle, en la ca­sa, en las tien­das, con to­do el­mun­do. La es­cu­cha es mi puer­ta de en­tra­da, sin juz­gar a na­die, va­lo­ran­do y en­ten­dien­do su for­ma de vi­vir. Tam­bién com­pren­do a los mé­di­cos. Hay que cons­truir puen­tes. Y usar pa­la­bras sen­ci­llas. Acu­dí al me­dio de co­mu­ni­ca­ción tra­di­cio­nal, el men­sa­je­ro puer­ta a puer­ta, al­guien cul­tu­ral­men­te va­lo­ra­do y res­pe­ta­do. Otra es­tra­te­gia fue el per­dón. P. ¿Qué quie­re de­cir? R. Fue un gran error en­te­rrar a 40 per­so­nas en tum­bas mal iden­ti­fi­ca­das. Se pu­sie­ron nom­bres en cru­ces de ma­de­ra, pe­ro la tin­ta se bo­rró con las llu­vias... Acu­sa­ron a Mé­di­cos sin Fron­te­ras de ro­bar los ca­dá­ve­res. La gen­te es­ta­ba muy en­fa­da­da. Pro­pu­se llo­rar jun­tos a los muer­tos, con­vo­ca­mos a las fa­mi­lias y el je­fe de la OMS se dis­cul­pó pú­bli­ca­men­te.

P. Tam­bién tra­ba­jó en la epi­de­mia de 2014 en Áfri­ca oc­ci­den­tal.

R. Una de nues­tras mi­sio­nes fue ga­ran­ti­zar en­tie­rros dig­nos y res­pe­tuo­sos y al mis­mo tiem­po se­gu­ros, en­con­trar ese pun­to de equi­li­brio. In­vi­ta­mos a las fa­mi­lias a vi­si­tar a sus en­fer­mos, les per­mi­ti­mos lle­var­les co­mi­da. Y si mo­rían, que al­guien pre­sen­cia­ra la pre­pa­ra­ción del ca­dá­ver.

P. ¿Por qué es tan di­fí­cil ha­cer en­ten­der es­tas en­fer­me­da­des?

R. Las co­sas que ocu­rren de­ben te­ner una ex­pli­ca­ción que se pue­da to­car y ver. Pe­ro en una epi­de­mia de ébola, el vi­rus es in­vi­si­ble. Ha­ce fal­ta un diá­lo­go trans­pa­ren­te. La en­fer­me­dad no es al­go in­di­vi­dual, to­da la co­mu­ni­dad participa de la cu­ra­ción. Por eso lle­var a una per­so­na a un cen­tro de tra­ta­mien­to, sa­car­la del gru­po, im­pli­ca vio­len­cia.

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