“De tan an­ti­di­va, soy di­va”

El País (1ª Edición) - - PORTADA -

Hay ven­ta­jas e in­con­ve­nien­tes en ser la úl­ti­ma en­tre­vis­ta del día. El en­tre­vis­ta­do es­tá tan can­sa­do de con­tar­le su vi­da a des­co­no­ci­dos que, o te des­pa­cha con to­pi­ca­zos, o se qui­ta el escudo. So­bral pa­re­ce ex­haus­to. Son las sie­te de la tar­de, lle­va en pie des­de las cin­co de la ma­ña­na, ha da­do un con­cier­to pa­ra la pren­sa y, de­rren­ga­dos to­dos en los di­va­nes de la te­rra­za VIP de un ho­tel VIP de Ma­drid, sus asis­ten­tes le ani­man in­sis­tién­do­le en que es­ta es la úl­ti­ma. Em­pe­za­mos bien. Un chi­co ama­ble e hi­per­sen­si­ble res­pon­dien­do “con ac­ti­tud zen” pa­ra ven­der su dis­co. En un mo­men­to con­cre­to, sin em­bar­go, mo­les­to qui­zá por al­gu­na pre­gun­ta, mu­da el ges­to y se vuel­ve opa­co. En­tre me­dias pa­só es­to.

En su re­ci­tal can­ta con un uke­le­le de Ma­dei­ra y dan ga­nas de in­va­dir Fun­chal del op­ti­mis­mo.

Es lo que pre­ten­de. Es un can­to a la ale­gría. Mi ma­yor gri­to de li­ber­tad des­pués de to­do lo que pa­sé en su día. Es una can­ción pa­ra bai­lar con luz, sol y fe­li­ci­dad. ¿Es­ta­ba a os­cu­ras? A ve­ces. Ha­bía luz y som­bras. El tiem­po más os­cu­ro fue el que es­tu­ve en el hos­pi­tal. Seis me­ses ma­los. Pe­ro des­pués em­pe­cé a ver la luz y a com­po­ner el dis­co.

Me ha im­pre­sio­na­do lo que ha di­cho en el con­cier­to: que, al ver que so­bre­vi­vía, ca­yó en que ha­bía que pa­gar las fac­tu­ras.

La eu­fo­ria du­ra po­co por­que ves que la vi­da es frá­gil. Vi­vo con más in­ten­si­dad por­que sé que en cual­quier mo­men­to se pue­de tor­cer. Pe­ro uno se da cuen­ta de que hay que pa­gar el al­qui­ler, y de­ci­dí to­car, que es lo que más­me gus­ta. ¿No lo con­si­de­ra tra­ba­jo? No, pa­ra mí el tra­ba­jo es es­to. Ha­cer en­tre­vis­tas. Lo de­más es to­car y es­tar con los ami­gos y via­jar y co­mer bien y es­tar en ho­te­les... ... tan es­tu­pen­dos co­mo es­te. Los ho­te­les de­ma­sia­do lu­jo­sos me asus­tan. Ten­go mu­chos ami­gos y pre­fie­ro que­dar­me en su ca­sa. Soy tan an­ti­di­va que a ve­ces ter­mino sien­do una di­va.

Veo que no acepta ór­de­nes. ¿De qué se sien­te es­cla­vo cuan­do uno le ha vis­to las ore­jas al lo­bo?

De las co­sas que no con­tro­las. Eso es lo peor. Cuan­do no con­tro­las y es­tás a mer­ced de otro, o de la vi­da en ge­ne­ral. Es lo que más mie­do me da: no sa­ber qué va a pa­sar. Por eso no me in­quie­tan los con­cier­tos, por­que con­tro­lo yo.

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