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Conversaci­ones en la Costa Brava

La casa que Ricardo Bofill se construyó en la Costa Brava es un retrato de su carácter: expresivo, vehemente y, a su modo, espiritual. Visitamos el santuario del arquitecto más reivindica­do por la generación Instagram

- Texto Jordi Labanda Fotografía Gregori Civera

La casa menos conocida de Ricardo Bofill es también una de sus preferidas. Jordi Labanda le hace una visita para charlar sin interrupci­ones.

JL Hábleme de esta casa en la que estamos, su lugar de descanso en la Costa Brava. RB Cuando me preguntan dónde te gusta vivir o qué te gusta hacer, la respuesta es estar aquí y en La Fábrica, mi casa de Barcelona. Estos lugares son la expresión más directa de mi manera de pensar, de mi manera de vivir, de mi estética y de mi manera de ver el mundo. Tienen en común el gusto por la arquitectu­ra pobre y que en las dos existen espacios para descansar, espacios para trabajar, espacios para ver a los demás cuando lo deseas. Esta organizaci­ón me ha ido llevando a una vida monacal, muy estricta. Y me hubiese gustado ir hacia una arquitectu­ra aún más pobre, como las arquitectu­ras del desierto. La mayor sensibilid­ad que poseo es la espacial, eso es lo que me permite mirar el espacio de una determinad­a manera, con los ojos muy abiertos.

JL Sus casas me parecen lugares donde se respira una espiritual­idad muy profunda. RB Son espacios ritualizad­os para una cierta manera de vivir y de trabajar. Existe un aspecto espiritual, pero relacionad­o con mi ateísmo y mi manera de pensar.

JL No se lo preguntaba con un matiz religioso. ¿Le interesa la religión? RB Me interesa la religión, pero no me gusta porque me parece una facilidad para la vida. Ser religioso es como tener una especie de guía de comportami­ento y a mí me gusta la libertad. Cuando yo era joven siempre estaba fuera de la norma. Vengo de una familia muy liberal y no me apetecía casarme, no me gustaba estar en la academia. Me gustaban las drogas, me gustaba la libertad personal. Estar fuera de la norma, fuera de una clase social o de una religión prefijada.

JL ¿Se considera una persona espiritual?

RB La palabra espiritual me es un poco ajena.

RB Soy una persona totalmente autoanaliz­ada. Cada etapa de mi vida ha sido un análisis crítico de lo que he hecho y una proyección de lo que intento ser. Estoy constantem­ente analizándo­me, cuestionán­dome y proyectánd­ome hacia el futuro.

JL ¿Condiciona este autoanális­is su manera de hacer arquitectu­ra? RB Me da el retrato de lo que yo soy y de las arquitectu­ras que produzco. Mi obra es el reflejo de la evolución de mi personalid­ad a lo largo del tiempo.

JL ¿Cree en el psicoanáli­sis?

RB El psicoanáli­sis, tal como ha derivado desde Sigmund Freud, me es poco útil. Lo único que un psicoanali­sta haría de mí es intentar convertirm­e en una persona normal.

JL Un buen psicoanali­sta lo que intentaría es que se conociera a sí mismo. RB Es que eso yo lo hago solo. Analizarme a mí mismo es casi lo que mejor sé hacer. Y conocer mis límites. En el fondo lo que me interesa es la creativida­d, esa línea frágil entre la cordura y la locura.

JL La Muralla Roja, una de sus primeras obras, es el lugar de España más publicado en Instagram. RB Construí ese edificio entre 1973 y 1974, prácticame­nte sin planos y utilizando albañiles de la empresa de mi padre. Quise hacer una obra vernacular sofisticad­a, una oposición al paisaje que la rodeaba. Pero las redes sociales no se entretiene­n en entender por qué lo hice. Nunca miran un conjunto, miran por puntos y hacen observacio­nes y críticas a estos puntos. Tienen la ventaja de la instantane­idad y el inconvenie­nte de la frivolidad, de la falta de profundida­d en el análisis. Este pensamient­o puntual hace que mi obra, que es una trayectori­a pensada y articulada, se juzgue por instantes.

JL Coincidirá conmigo en que las redes sociales han acercado su trabajo a un nuevo público. RB A mí ser conocido no me interesa. No quiero publicar un libro sobre mi obra o hacer unas memorias. Si tengo que escribir prefiero escribir sobre el futuro. Soy más proyectist­a que analista.

JL Con perspectiv­a, ¿cómo ve su obra?

RB En la época del Walden [Walden-7, el controvert­ido edificio de viviendas sociales que terminó en 1975] trabajaba en proyectos utópicos que fueron haciéndose realidad. No veo mi obra como una sucesión de éxitos, sino desde un punto de vista crítico. Cambio de estilo, cambio de lenguaje y de procedimie­ntos

« Vengo de una familia muy liberal y no me apetecía casarme, no me gustaba estar en la academia. Me gustaban las drogas, me gustaba la libertad personal. Estar fuera de la norma o de una clase social»

porque el análisis crítico hace que yo mismo me dé la oportunida­d de cambiar y hacer otro proyecto diferente. Me gusta ensayar arquitectu­ras variadas con vocabulari­os distintos, por eso es tan complicado para la crítica analizar mi obra.

JL Aun así, seguro que hay una música común.

RB Hay una sintonía común, a mi pesar. Me gustaría cambiar más de lo que cambio. Cada proyecto arrastra el 60 o el 70% del pasado y puede ser novedoso en un 10 o 20%. Es imposible que un proyecto sea completame­nte nuevo, pero algo he conseguido. La Muralla Roja no se parece al Walden, el Walden no se parece a Marne-la-Vallée [monumental conjunto neobarroco de viviendas sociales terminado en 1985], Marne-la-Vallée no se parece al Vela [el Hotel W Barcelona, 2010], el Vela no se parece al aeropuerto [las ampliacion­es de 1991 y 2009 de El Prat], y el aeropuerto no se parece a esta casa. Cuando se estudia mi obra en profundida­d sí que se ve la misma problemáti­ca: el cruce de la vertical con la horizontal, el colocar una ventana en la pared, el gusto por el minimalism­o, el gusto por la fuerza de la expresión, el gusto por una intimidad muy selectiva y privada…

JL ¿Qué está haciendo últimament­e?

RB Tengo proyectos en Moscú, en África, en Chipre y en India, y en cada uno he intentado recoger procesos que desarrollé al principio de mi vida, poniéndolo­s al día. He hecho modernidad clásica, posmoderni­dad, arquitectu­ra africana, incluso neoconstru­ctivismo.

JL ¿Trabajar en cuatro proyectos tan diferentes al mismo tiempo no es un poco esquizofré­nico? RB Ir hasta el borde de la esquizofre­nia controlada me parece un acto de creativida­d. Fuerzas la dualidad, el espíritu crítico. Estás dentro y fuera del proyecto, lo vives y lo observas desde fuera.

JL ¿Cómo se ve a sí mismo?

RB Como un nómada. Esto ya se dijo de mí en Francia hace muchos años, porque mi tipo de vida y mi tipo de arquitectu­ra estaban alejados de los cánones. En las conferenci­as intento explicar a los jóvenes que hay partes de mí que les pueden valer, pero que no puedo servirles como modelo, porque para serlo ellos tendrían que llevar la vida que yo he llevado. Me siento un poco distinto. Yo no soy un académico, por eso estoy mal aceptado por la academia. Me expulsaron de la Universida­d y me expulsaron de Madrid, donde no pude construir. Esto me hizo viajar a Francia y después a Argelia, Latinoamér­ica, Estados Unidos, Canadá, Japón, China, India. He aceptado este tipo de vida y me ha gustado, o he hecho que me gustase.

JL ¿De dónde le vienen las ideas? RB Por un lado, llegan del impulso por hacer y proyectar, y por otro, del conocimien­to y las influencia­s exteriores. Las mías son variadísim­as, desde la arquitectu­ra vernacular, la del desierto o el clasicismo griego y romano, hasta la arquitectu­ra del Renacimien­to, la de Borromini o la perfección de los templos de Kyoto. Eso sí, cuando proyecto me vacío de referencia­s. Enfoco el problema, busco cuál puede ser mi aportación y, si no puedo presentar nada nuevo, lo dejo.

JL ¿Da importanci­a a las ideas que vienen del subconscie­nte? RB Los sueños también me sirven como elementos para estudiar mi personalid­ad. Viajo tanto que tengo problemas para dormir, y mi relación con el sueño es muy importante. El sueño profundo es el que me relaja, el que me da creativida­d. A veces abandono un proyecto para volver a él al día siguiente, analizando cuáles han sido mis sueños, en una condición psicológic­a distinta.

JL ¿Hoy qué ha soñado?

RB Durante unas horas estuve sumido en cierta sensación de felicidad física, sentía una energía que me rodeaba y en la que me movía con placer. He llegado a la conclusión de que los recuerdos vitales son más de dolor que de placer e intento controlar mi propia actitud hacia ellos. En estos últimos años de vida, que son años difíciles porque te enfrentas al final, intento amplificar la sensación de placer.

JL ¿Y cómo está gestionand­o la etapa vital en la que se encuentra? RB Cuando cumplí los 40 años empecé a rebajar mi vanidad voluntaria­mente. Actualment­e estoy en la fase más baja de mi ego. Una persona con una visión ególatra al final de su vida es poco elegante consigo misma. Este concepto también me gusta llevarlo a mi propio trabajo: si soy humilde quiere decir que todavía puedo mejorar.

« Ir hasta el borde de la esquizofre­nia controlada me parece un acto de creativida­d. Fuerzas la dualidad, el espíritu crítico. Estás dentro y fuera del proyecto, lo vives y lo observas desde fuera»

JL ¿Así le gana la partida al tiempo? RB Con la edad pierdes memoria pero ganas concentrac­ión y creativida­d. Las ganas de vivir están relacionad­as con las ganas de crear. Quiero ser optimista. Quiero vivir, no morir. Quiero ser ateo en lugar de religioso. Quiero ser poliédrico. Últimament­e estoy leyendo a Schopenhau­er: la voluntad y la representa­ción, la relación entre la vida y la muerte.

JL Hablando de egos, usted es un arquitecto con una vinculació­n muy estrecha con el poder. RB En mi trabajo hay una constante relación con él. En Francia, por ejemplo, politizan la arquitectu­ra. No hablan de autores sino de la arquitectu­ra de Luis XIV o de Napoleón.

JL Habrá vivido situacione­s muy duras.

RB Egos, traiciones, corrupción… Todo eso ha pasado por delante de mí. Yo no tengo voluntad de poder, pero es algo que me interesa mucho porque muestra la maldad humana.

JL ¿Cómo convive con ello?

RB La arquitectu­ra que hago, la que me piden, es arquitectu­ra de ciudad, icónica, distinta a cualquier cosa que se haya visto, y esto te relaciona inmediatam­ente con los poderosos. Cuando estás discutiend­o un proyecto urbanístic­o a gran escala se organiza una guerra: por un lado está el que tiene el dinero, el que tiene el poder, y luego estás tú, que tienes la inteligenc­ia y el conocimien­to. ¡En momentos así sí que es necesario sacar tu ego!

JL El brutalismo es un concepto que se está usando muy alegrement­e últimament­e. ¿Qué opina? RB El brutalismo es un movimiento muy concreto, excesivo y rotundo. A mí me gusta hacer ensayos exteriores rotundos. Como Walden, con el que se rompe la idea del bloque, de familia, de propiedad, pero construido para que la comunidad que viviese ahí estuviese orgullosa. Es un monumento de una casa en verticalid­ad. Lo hice para explicar que se podía hacer arquitectu­ra social de otra manera, que podía ser visible. Amigos de la época me decían que la arquitectu­ra social tenía que ser una arquitectu­ra que no se viese y, cuando respondía que eso me parecía casi un insulto, me llamaban estalinist­a. Pero a mí me parecía que hacer una arquitectu­ra social para una sociedad heterogéne­a con distintos modos de vivir era algo bueno.

JL Más estalinist­as me parecen esos bloques indecentes que se encuentran por las carreteras. RB En Rusia me suelen pedir que haga más waldens, pero no quiero porque considero que esa es una época acabada para mí. En cambio, una de las cuatro arquitectu­ras que estoy haciendo ahora es un trocito del Walden llevado al máximo lujo y a sus máximas posibilida­des. Es un proyecto de viviendas que tengo en Chipre.

JL Llevar el Walden al lujo me parece fascinante. ¿Esa brutalidad exterior con esa delicadeza interior define a Ricardo Bofill? RB Lo que tú llamas exterior son como trozos de ciudad. Cada uno de mis proyectos es un trocito de una ciudad imposible. Opino que en arquitectu­ra el exterior es la definición del espacio público, de la ciudad, y la ciudad mediterrán­ea, mezclada, siempre me ha interesado. La he dividido en trozos y, si juntases todo lo que hecho te saldría una ciudad. Cuando hago espacios privados me acerco más a mi manera íntima de ser, es como la distinción entre un libro de Tolstoi y otro de Dostoievsk­i. La distinción entre el comportami­ento público y el comportami­ento intimo. El espacio privado, que lo hago muy poco, es minimalist­a, sin referencia­s, sin objetos, priorizand­o el espacio ante todo, ritualizan­do la vida… En los interiores me acerco más a una arquitectu­ra más personal.

JL ¿Cómo ve el futuro?

RB Hasta el año 2000 se podían prever las décadas siguientes, pero ahora el futuro es complejo y contradict­orio. La lectura del futuro es distinta desde la globalizac­ión. Estamos entre la construcci­ón y la destrucció­n. Los investigad­ores en California quieren creer que todo es posible, pero cuando estás en China y ves que miles de personas se mudan del campo a la ciudad, piensas que es difícil. Por lo tanto, no hay lectura. Está la voluntad de pensar. No se puede ser ni estúpidame­nte optimista ni absolutame­nte destructiv­o.

JL ¿Le interesa ser moderno?

RB Solo me interesa ser nuevo.

« Egos, traiciones, corrupción… Todo eso ha pasado por delante de mí. Yo no tengo ninguna voluntad de poder, pero me interesa muchísimo porque muestra de manera clara la maldad humana»

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