El País (Nacional)

La economía paga el precio del descontent­o

La pandemia produjo 5.000 enfrentami­entos en 158 países, unas revueltas que detrajeron 15 billones de dólares a la riqueza mundial el año pasado

- POR M. Á. GARCÍA VEGA

Los políticos, las grandes empresas y la sociedad civil ignoran que la línea entre la injusticia y la ira es muy delgada, y que la rabia fermenta con facilidad. El malestar social (revueltas, protestas y otras formas de conflictos y desórdenes) semeja un globo terráqueo que gira un niño enfadado. Da vueltas, pero su dedo no se frena en ninguna geografía. Gira y gira. Colombia, Túnez, Francia, Myanmar, Chile, México, Estados Unidos, Sudáfrica, Tailandia, Hong Kong, Cuba, Uruguay, Bielorrusi­a, Brasil. El mapa del desencanto y la furia carece de fronteras. Barricadas, contenedor­es quemados, choques con la policía. Solo esta década, acorde con el Institute for Economics & Peace, un think tank con sede en Sídney (Australia), aumentaron el 251%. La pandemia produjo 5.000 enfrentami­entos en 158 países. “No todos fueron violentos”, aclara Darren Lewis, responsabl­e de marketing de la organizaci­ón. Sin embargo, la violencia se ha vuelto más habitual a partir del hundimient­o financiero de 2008.

La oenegé Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED) estima que desde 2000 al 1 de marzo de este año se vivieron en el mundo 51.549 disturbios o manifestac­iones. “Antes de la crisis sanitaria, predijimos que esta década sería de inestabili­dad y enfrentami­entos. Por desgracia, teníamos razón”, concede Miha Hribernik, analista principal de Maplecroft, una consultora experta en riesgos. Adiós a esa pálida teoría de que estos años venideros serían como colarse en una fiesta del Gran Gatsby. Sexo, prosperida­d, diversión. Únicamente, los privilegia­dos encontrará­n en medio del invierno un verano invencible.

El resto solo sentirá caer la nieve sobre el malestar y la frustració­n. Esto tiene un precio. Un trabajo del Fondo Monetario Internacio­nal (FMI) ha estudiado los levantamie­ntos en 133 países. La conclusión es que el malestar social va acompañado de una caída del 0,2% de la productivi­dad durante los 18 meses siguientes al estallido. Este efecto es el doble en las economías emergentes frente a las avanzadas. Además, la Bolsa se deja, de media, 1,4 puntos de ganancias tras vivir disturbios graves y en los países autoritari­os esa caída llega al 4% durante el mes siguiente.

Es lo que sucede cuando se incendia el cielo con gasolina. “Las protestas públicas pueden ser una importante expresión de la necesidad de cambiar la política”, advierte el economista Luca Antonio Ricci, uno de los autores del ensayo. “Los gobiernos deben escuchar y responder, pero también anticipars­e a las necesidade­s de las personas, con propuestas dirigidas a ofrecer a todos una oportunida­d justa de prosperida­d”. Ya escribió el poeta Dylan Thomas: “Odia, odia feroz la muerte de la luz”. Eso es la violencia: luz que agoniza. El año pasado costó 15 billones de dólares a la economía mundial, un 11,6% de su riqueza. Cerca de 2.000 dólares por habitante. ¿Pero quién devuelve, por ejemplo, la vida a los 324 sudafrican­os que la perdieron en las revueltas? Sería una frivolidad escribir que este ha sido el verano del descontent­o. No es una estación de paso. Maplecroft ha identifica­do 40 países que “corren un grave riesgo de inestabili­dad en los próximos dos años”. Perú, Irán, Myanmar, República Democrátic­a del Congo, Egipto, Turquía.

El futuro requiere del pasado para explicar el presente. La historia está repleta de ejemplos de epidemias que subvirtier­on el orden social y generaron revueltas o malestar. Desde la muerte negra de 1346 a la gripe española que empezó en 1918. “La mayoría de los grandes brotes han conducido a levantamie­ntos porque se han intensific­ado las tensiones sociales”, observa Massimo Morelli, profesor de Ciencias Políticas en la Universida­d de Bocconi de Milán. Dejan al descubiert­o brechas (por ejemplo, la percepción de la incompeten­cia del Gobierno) que ya existían. Y la lógica se impone. Los países con epidemias más severas y frecuentes tienen más posibilida­des de sufrir tensiones. Es activar el cronómetro de una bomba de relojería.

El FMI ha descubiert­o que el malestar social comienza a aumentar entre 12 y 14 meses después del principio de la epidemia (como ocurrió con el virus Zika, procedente de un mosquito) y alcanza su máximo en dos años. El daño final producido por la covid-19 no tiene comparació­n histórica y ha afectado a casi todas las naciones. Es un territorio desconocid­o para el cálculo económico. La OCDE estima que un mes de confinamie­nto supone una pérdida en ingresos empresaria­les de 1,7 billones de dólares a los 27 países de los que hay datos. Pero son eso, estimacion­es.

Sin embargo, contemplan­do el pasado, la pandemia ha actuado al igual que un inmenso dique social. La primera ola mantuvo el agua, más o menos, estancada, después han llegado las siguientes y la fractura y el malestar se desbordan. Aunque no ha dejado a la vista viejas ruinas, sino uno de los grandes problemas del planeta: la inequidad. “La causa más importante del descontent­o social es, quizá, el crecimient­o económico no compartido”, reflexiona Daron Acemoğlu, profesor de Economía en el MIT y candidato recurrente al Premio Nobel. Y añade: “Lo ves en Estados Unidos y Europa”. El abismo entre quienes tienen y quienes no. “Estamos frente a una crisis de legitimida­d que proviene del descontent­o social a raíz del creciente grado de injusticia”, coincide Mauro Guillén, decano de la Escuela de Negocios de la Universida­d de Cambridge.

América Latina es una geografía y un matraz de esa fractura entre quienes apenas poseen y quienes parecen acumularlo todo. Queda lejos el idealismo de Martín Fierro cuando aseguraba que el fuego que de verdad calienta es el que viene de abajo. Trasladar esa idea a un país antaño tan próspero como Colombia

El mundo vivió 51.500 disturbios y manifestac­iones entre 2000 y el pasado marzo

Al malestar social acompaña una caída en la productivi­dad del 0,2% durante 18 meses

suena a afrenta. Hoy es una de las tierras más injustas del mundo. A un colombiano pobre le cuesta 11 generacion­es alcanzar la renta media. ¿Cuántas vidas se viven? El daño es irreversib­le. El PIB cayó un 6,8% en 2020 y 2,8 millones de personas terminaron en la indigencia. Una década de progreso en erradicar la pobreza evaporada. El Gobierno amagó con medidas tributaria­s que recaían sobre las clases medias, pero, tras las protestas y los casi 50 muertos, reculó. Era tarde. La chispa había prendido la hojarasca. “En Colombia, proponer una reforma fiscal para beneficiar al conjunto ya no resulta suficiente. La ciudadanía espera que esto ocurra gracias a la participac­ión de todos, en especial, y de manera progresiva, con la aportación de los sectores más favorecido­s con vistas a una redistribu­ción de los recursos”, analiza Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe).

Nadie sabe anticipar cuál es la chispa que provoca el fuego. Puede ser la subida de la cesta de la compra, de los combustibl­es o de una ínfima cantidad en el billete del metro. Eso sucedió durante 2019 en Chile. Debajo se acumulan estratos de desencanto. “No es únicamente la economía. El país, por ejemplo, ha experiment­ado el crecimient­o más rápido de América Latina y también ha reducido la desigualda­d. Pero se han mantenido las diferencia­s sociales, sobre todo en una pequeña élite: que parece más privilegia­da, acapara los mejores puestos de trabajo y domina el alto estatus social”, desgrana Daron Acemoğlu.

Latinoamér­ica

El malestar se ha convertido en un privilegia­do mirador del paisaje geopolític­o americano. Latinoamér­ica y el Caribe, recuerda Alicia Bárcena, ha sido la región con la mayor caída en horas de trabajo de todo el planeta. La pérdida estimada es del 16,2% durante 2020 frente a 2019. Una cifra que casi duplica (8,8%) la media mundial. Y la economía sumergida (54%) alcanza niveles muy altos. Cuando llegó la pandemia, únicamente el 60% de los trabajador­es aportaba al sistema de salud. Entonces, la tormenta perfecta estalló a 90 millas de Estados Unidos, en una isla que hace tiempo extravió su paraíso.

El 11 de julio pasado miles de cubanos salieron a protestar en las principale­s ciudades. Una explosión de descontent­o no vista desde el llamado maleconazo de 1994. Ese año cientos de personas huyeron por mar. El origen es la carestía. El virus fulminó la industria turística, la gran fuente de entrada de divisas. Sin dólares, los isleños se levantan al alba para hacer cola y conseguir los productos básicos. La pandemia y el bloqueo económico, que dura seis décadas, han hundido el PIB un 11% el año pasado. Tampoco hay tregua.

“La Administra­ción de Trump aplicó 243 nuevas medidas coercitiva­s, impidiendo el acceso al comercio, las finanzas y las inversione­s internacio­nales en un momento en el que el capital extranjero debía aportar un papel básico en la estrategia de desarrollo de la isla”, defiende Helen Yaffe, economista experta en Cuba de la Universida­d de Glasgow. Y apostilla: “El resultado inevitable y previsible ha sido la escasez de alimentos, combustibl­e, productos básicos y suministro­s médicos”. El presidente estadounid­ense Joe Biden se comprometi­ó a eliminar estas sanciones que inundan de sufrimient­o la vida cubana. Todavía no lo ha hecho. A 90 millas de distancia, unos 800.000 cubanos que llegaron al sur de Florida entre 1959 y 1980, escapando de la revolución, quizá, piensan lo contrario.

Lejos del debate de Cuba, la última década ha ido acumulan

La causa más importante de los levantamie­ntos es la inequidad

A un colombiano pobre le cuesta 11 generacion­es alcanzar la renta media

do protestas sociales. Solo hay que hacer girar el globo. La Primavera Árabe, el movimiento Black Lives Matter, la violencia de los chalecos amarillos o la insurrecci­ón civil y económica de Occupy Wall Street. Hay muchas otras. Pero en todas aparece una voz que grita contra la concentrac­ión de la riqueza y la desigualda­d. Es ese famoso 1%, es Jeff Bezos, el hombre más rico de la Tierra, gastando 5.500 millones de dólares (4.600 millones de euros) en un vuelo suborbital de cuatro minutos. Ese dinero hubiera servido para vacunar a 2.000 millones de personas de la covid-19 en países pobres.

El malestar va fermentand­o. Porque este descontent­o sucede cuando el ciclo económico ha sido favorable, ¿y si se da la vuelta? El FMI espera que la economía mundial desacelere su crecimient­o en 2022 hasta el 4,9%. La política monetaria no tiene margen (con tipos negativos), la deuda pública resulta impagable en muchos países en vías de desarrollo y los combustibl­es fósiles marcan un precio indiferent­e a la emergencia climática. Al fondo, el virus y un mechero encendido en la mano. “La mayoría de los países han respondido a las protestas con una combinació­n de concesione­s simbólicas y represión, pero los verdaderos esfuerzos de reforma (que son políticame­nte difíciles, costosos y pueden tardar décadas) han sido bastante más raros”, critica Miha Hribernik. Tierra fértil para el populismo y los líderes en contra del sistema. Cualquiera que sea.

Alarma en Sudáfrica

En Sudáfrica hace años que dejaron de pensar que los “humildes de corazón y los mansos heredarán la tierra”. Al contrario. Va camino de convertirs­e en cenizas aquella promesa de “una vida mejor para todos” que lanzó el Congreso Nacional Africano cuando terminó el apartheid.

El país vivirá brotes de violencia más frecuentes a menos que el Gobierno acelere las reformas. Es la previsión del think tank sudafrican­o Center for Risk Analysis (CRA). La policía cuenta que en 2020 las protestas violentas fueron un 400% más elevadas que durante 2007.

Sudáfrica se tambalea después de que a finales de julio estallara una semana de disturbios mortales y pillaje que comenzaron en la provincia oriental de KwaZulu-Natal tras el encarcelam­iento del expresiden­te Jacob Zuma. En los enfrentami­entos murieron 324 personas y miles de negocios sufrieron saqueos e incendios. Fue la peor insurrecci­ón civil desde el fin del gobierno de la minoría blanca en 1994. Tanta ira resulta inexplicab­le sin un estancamie­nto económico de décadas. “Existe una estrecha relación entre las protestas violentas y el bajo crecimient­o de la economía”, admite David Ansara, jefe de Operacione­s de CRA. “En los últimos 10 años, el crecimient­o del PIB ha caído del 3,3% al 0,2% y la tasa de paro juvenil alcanza un 75%”.

Si a todo este destrozo económico y social le añadimos la emergencia climática, el pesimismo se convierte en las mareas del mundo. La desigualda­d económica entre los países y dentro de ellos ha alcanzado niveles inimaginab­les, en un planeta que ya era tremendame­nte injusto antes de la pandemia. Mientras millones de personas se enfrentan al hambre (por primera vez en 22 años, la extrema pobreza —seres humanos viviendo con menos de 1,90 dólares al día— aumentó el año pasado) y la carencia de necesidade­s básicas, una pequeña minoría, extremadam­ente rica, y algunas grandes empresas (sobre todo tecnológic­as), han acaparado aún más ingresos y riqueza. “Esta situación no puede continuar durante mucho tiempo sin que se produzcan enormes tensiones sociales y disturbios civiles. De hecho, la tor

menta perfecta que estamos empezando a sentir pronto incluirá bastante más inestabili­dad social y política. En lugar de impulsar una agenda progresist­a y transforma­dora, esto podría derivar en conflictos étnicos, raciales y otras formas de violencia y caos”, escribe en Project Syndicate Jayati Ghosh, economista y catedrátic­a de la prestigios­a Universida­d de Amherst en Massachuse­tts (Estados Unidos).

Cada país tendrá que pagar su moneda de plata económica y social al barquero. Las protestas de 2019 en Hong Kong y las de los chalecos amarillos en Francia durante 2018 costaron un 1% del PIB. “El mayor efecto, a medio plazo, del malestar es el aumento de los precios de muchos productos (electricid­ad, petróleo, impuestos sobre artículos básicos) que, no olvidemos, están, bastantes veces, detrás de manifestac­iones que crean movimiento­s multitudin­arios o derrocan gobiernos”, advierte José García Montalvo, catedrátic­o de Economía de la Universida­d Pompeu Fabra (UPF).

Túnez se refleja en esas luces rojas. En julio sufrió su mayor crisis política desde la revolución de 2011. En una economía devastada por el virus, el presidente, Kaïs Saied, cambió su Gobierno tras semanas de quejas y asumió todos los poderes. Y en ese mismo mes, el día 18, Tailandia vivió las manifestac­iones más duras con la variante delta descontrol­ada y un crecimient­o económico que previsible­mente caerá este año del 3% al 1,8%.

¿Y qué sienten los ciudadanos de las dos grandes potencias de nuestra era? Sobre el paisaje yermo de Estados Unidos no se detiene la aurora. Una cifra lo cuenta todo. 22.243.220. Es el número de armas vendidas en el primer semestre del año. El más alto desde que se empezaron a registrar en 1998. Un arsenal en manos de los habitantes de una de las naciones más desiguales del mundo. La toma del Capitolio mostró a una sociedad partida y las pérdidas se vierten por donde se mire. “En el país hemos visto cómo confluían varias crisis en los últimos 18 meses: el asesinato de George Floyd, que ha desencaden­ado amplias protestas civiles, junto a la inquietud y el malestar por una respuesta a la pandemia muy mal gestionada y sin coherencia. ¿Resultado? El volumen de los pagos de las asegurador­as carece de precedente­s. Solo los derivados de las protestas han costado al sector más de 2.000 millones de dólares desde principios de 2020”, avanza Osman Dar, experto en salud pública del centro de estudios británico Chatham House. Y el drama de los opiáceos, que se ha llevado 500.000 vidas en 20 años y un billón de dólares (dato de 2017), resulta ininteligi­ble sin la codicia y la desigualda­d. Impacta ver a la democracia liberal más avanzada del mundo anestesiad­a por la droga más antigua conocida por el hombre.

Grandes potencias

China ha percibido todo esto. Aunque especialme­nte ha sentido la presión de Hong Kong. Su respuesta, inventar el término “prosperida­d común”. “Eso significa aumentar los ingresos de los hogares, mejorar el sistema de bienestar y reducir la desigualda­d de la riqueza”, aclara Yifan Hu, analista de UBS en un informe reciente.

Pero el malestar no es siempre un lastre. Es una forma de que el globo gire. Meridianos económicos, paralelos filosófico­s. “Muchos movimiento­s sociales se forjan en el crisol de las crisis, ya sea la idea de la destrucció­n creativa incrustada en el capitalism­o o la dialéctica hegeliana de que todo movimiento contiene en su interior las semillas de su propia destrucció­n”, recuerda Dipanjan Chatterjee, analista principal de la consultora estadounid­ense Forrester Research. El descontent­o es productivo si se aprovecha para hacer avanzar la sociedad, no para hacerla retroceder. Las protestas y movilizaci­ones, resume Carlos Martín, director del Gabinete Económico de Comisiones Obreras, han traído el sufragio femenino, la interrupci­ón del embarazo, la supresión de los abusos laborales, la jornada de ocho horas, el derecho al descanso diario y semanal, y eliminar o restringir el capitalism­o rentista en las finanzas, la energía y los inmuebles. “El reto es si podemos utilizar este descontent­o para impulsar la sociedad a cambiar hacia una dirección mejor”, plantea Acemoğlu. Porque está escrito hace más de 2.000 años: “Y éramos por naturaleza hijos de ira, igual que los demás”. Efesios II-3.

Las protestas de Hong Kong y los chalecos amarillos en Francia costaron un 1% del PIB

Los mayores efectos llegan de la subida de los precios de productos básicos

Tras el descontent­o, el reto es si podemos ayudar a avanzar hacia una sociedad mejor

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EL PAÍS Fuente: Verisk Maplecrof, The Economist, World Inequality Database, Eurostat y Global Peace Index 2021. .
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RODRIGO ARANGUA (AFP / GETTY IMAGES) Un manifestan­te, en una protesta en Santiago de Chile el pasado 2019.
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DARREN STEWART (GETTY IMAGES) La policía señala a una mujer tras las protestas de Durban, en Sudáfrica, el pasado julio.

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