Te­re­sa Ma­ca­ru­lla. “Cu­rar el cáncer es un ideal. Lo más cer­cano que hay es cro­ni­fi­car­lo”

El País (País Vasco) - - IDEAS CONVERSACI­ONES CON CIENTÍFICA­S - POR JES­SI­CA MOU­ZO

Te­re­sa Ma­ca­ru­lla (Barcelona, 1974) aca­ba de par­ti­ci­par en un en­sa­yo clí­ni­co que ha arro­ja­do luz al cáncer más le­tal, el de pán­creas. La in­ves­ti­ga­ción, que se ha pre­sen­ta­do es­te año en el con­gre­so anual de la So­cie­dad Ame­ri­ca­na de On­co­lo­gía Mé­di­ca (AS­CO) en Chica­go, abre la puer­ta a la me­di­ci­na per­so­na­li­za­da en es­tos tu­mo­res tan agre­si­vos. El es­tu­dio ha va­li­da­do, por pri­me­ra vez, un tra­ta­mien­to te­le­di­ri­gi­do pa­ra un sub­gru­po de pa­cien­tes que tie­nen una mu­ta­ción es­pe­cí­fi­ca (en los ge­nes BRCA) en es­te ti­po de tu­mo­res: co­mo te­ra­pia de man­te­ni­mien­to tras la qui­mio­te­ra­pia ini­cial, es­te fár­ma­co me­jo­ra la su­per­vi­ven­cia.

El cuar­tel general de la lu­cha con­tra el cáncer en el que tra­ba­ja Ma­ca­ru­lla se levanta so­bre la fal­da de

Coll­se­ro­la, en Barcelona. Des­de las trin­che­ras de su des­pa­cho en el Vall d’He­bron Ins­ti­tut d’On­co­lo­gia, con la ciu­dad a sus pies y el Me­di­te­rrá­neo al fon­do, la doc­to­ra Ma­ca­ru­lla vi­si­ta pa­cien­tes, re­pa­sa his­to­rias clí­ni­cas, bus­ca be­cas pa­ra nue­vos pro­yec­tos y pre­pa­ra en­sa­yos. Siem­pre hay al­go que ha­cer. Má­xi­me cuan­do su es­pe­cia­li­dad, los tu­mo­res gas­tro­in­tes­ti­na­les, aglu­ti­na al­gu­nas de las neo­pla­sias con peor pro­nós­ti­co y los re­cur­sos pa­ra in­ves­ti­gar­las es­ca­sean. Con to­do, el cáncer no se pa­ra y la on­có­lo­ga tam­po­co pue­de ha­cer­lo, ad­mi­te. La mon­ta­ña y la Igle­sia son sus pun­tos de re­car­ga.

PRE­GUN­TA. ¿El cáncer co­rre más que us­te­des los in­ves­ti­ga­do­res?

RES­PUES­TA. Yo creo que no. Si el cáncer va de­lan­te, no lo po­de­mos pa­rar, así que lo que in­ten­ta­mos con ca­da pa­cien­te es po­ner­nos de­lan­te con los tra­ta­mien­tos y fre­nar­lo, pa­rar­lo. In­ten­ta­mos es­tar de­lan­te, pe­ro el tu­mor co­rre, y a ve­ces cues­ta.

P. ¿Por qué es im­por­tan­te la in­ves­ti­ga­ción en la que ha par­ti­ci­pa­do?

R. Por pri­me­ra vez he­mos en­con­tra­do un tra­ta­mien­to per­so­na­li­za­do pa­ra un cáncer que has­ta aho­ra so­lo se tra­ta­ba con qui­mio. Los pa­cien­tes con una mu­ta­ción BRCA1 y BRCA2, por pri­me­ra vez cuen­tan con un fár­ma­co pa­ra ellos que ade­más tie­ne me­nos efec­tos se­cun­da­rios que la qui­mio.

P. ¿Us­ted es de los que creen que el cáncer se cu­ra­rá o se cro­ni­fi­ca­rá?

R. Ha­brá más pa­cien­tes que se cu­ra­rán de cáncer. Pe­ro de­cir que el cáncer glo­bal­men­te se cu­ra­rá me pa­re­ce un ideal. Creo que lo más cer­cano que te­ne­mos es po­der lle­gar a cro­ni­fi­car­lo. Lo que hay que te­ner son ob­je­ti­vos al­can­za­bles.

P. ¿Cuál es el ca­mino pa­ra lo­grar­lo?

R. La me­di­ci­na de pre­ci­sión. Es más di­fí­cil, por los cos­tes y re­cur­sos, en­con­trar las al­te­ra­cio­nes que tie­ne el pa­cien­te en sus ge­nes. Pe­ro es a lo que va­mos: no to­dos los pa­cien­tes son igua­les y no po­de­mos tra­tar a to­dos igual.

P. ¿Es sos­te­ni­ble la me­di­ci­na de pre­ci­sión?

R. Ese es el pro­ble­ma. Pro­ba­ble­men­te hay que ha­cer una in­ver­sión su­pe­rior en el diag­nós­ti­co, por­que hay que su­mar to­da la par­te de diag­nós­ti­co mo­le­cu­lar. Y di­ri­gi­mos el tra­ta­mien­to a un ni­cho más pe­que­ño, sí, pe­ro te­ne­mos ma­yo­res po­si­bi­li­da­des de éxi­to.

P. La So­cie­dad Eu­ro­pea de On­co­lo­gía Mé­di­ca de­fien­de el pa­go de los fár­ma­cos se­gún los re­sul­ta­dos que con­si­ga en el pa­cien­te.

R. Es una bue­na op­ción in­ten­tar in­ter­ca­lar es­tas me­di­das que ha­gan el sis­te­ma más sos­te­ni­ble. Y es­to im­pli­ca a la in­dus­tria far­ma­céu­ti­ca tam­bién. Lo que que­re­mos, al fi­nal, es que to­dos nues­tros pa­cien­tes ten­gan dis­po­ni­bi­li­dad de fár­ma­cos.

P. ¿El có­di­go pos­tal in­flu­ye en el pro­nós­ti­co del pa­cien­te?

R. Mu­cho. En Es­pa­ña ca­da co­mu­ni­dad de­ci­de si se aprue­ba un fár­ma­co o no. La equi­dad no es ho­mo­gé­nea. P. ¿Fal­tan re­cur­sos?

R. Si tu­vié­se­mos más, to­do se­ría más fácil. En pán­creas se des­ti­nan ac­tual­men­te to­da­vía muy po­cos.

P. Eze­quiel Emanuel, uno de los ar­tí­fi­ces del Oba­ma­ca­re, di­ce que no quie­re vi­vir más de los 75. Rechaza alar­gar la vi­da “por­que sí”. Con una ma­yor su­per­vi­ven­cia al cáncer, ¿es­ta­mos desafian­do a la na­tu­ra­le­za?

R. Yo creo que no. Y tam­bién la na­tu­ra­le­za nos es­tá ju­gan­do ma­las pa­sa­das. Cuan­do veo es­ta gen­te tan jo­ven con es­tas en­fer­me­da­des, no lo en­tien­do. No ha da­do tiem­po de acu­mu­lar to­xi­ci­dad y, en cam­bio, tie­nen es­tos tu­mo­res. Hay mu­chas co­sas que no­so­tros no con­tro­la­mos to­da­vía. Nos cen­tra­mos en lo que sa­be­mos: no fu­mar, co­mer bien…, pe­ro es­to no nos ase­gu­ra que no va­ya­mos a te­ner cáncer. Y si lo te­ne­mos, en­ton­ces nos ha ju­ga­do una ma­la pa­sa­da la na­tu­ra­le­za.

P. Hay pa­cien­tes que de­ci­den de­jar de lu­char y que no quie­ren su­frir más. ¿Qué opi­na de la eu­ta­na­sia?

R. Mi men­ta­li­dad es la de lu­char mien­tras se pue­da, gas­tar to­dos los car­tu­chos. Y lue­go, una bue­na pa­lia­ción, un buen acom­pa­ña­mien­to. Más allá de aquí, no es tra­ba­jo del mé­di­co el po­der aca­bar con una vi­da. Yo es­toy con po­der acom­pa­ñar has­ta el fi­nal, pe­ro no más allá. Yo aca­bar con una vi­da no po­dría ha­cer­lo por mis creen­cias, por­que me di­cen que no es mi res­pon­sa­bi­li­dad.

P. ¿Us­ted no se atre­ve­ría?

R. No es que no me atre­va, es que no es­toy de acuer­do. Creo que no so­mos quién pa­ra avan­zar­nos a la muer­te de una per­so­na. Hay que acom­pa­ñar­los y, pa­ra ello, dar­le fár­ma­cos que in­clu­so le pue­den acor­tar al­go la vi­da al pa­cien­te, por­que le pue­des pro­vo­car una pe­que­ña de­pre­sión res­pi­ra­to­ria, pe­ro es­to es di­fe­ren­te a que tú ac­ti­va­men­te aca­bes con la vi­da de un pa­cien­te. Es­tá bien que un pa­cien­te lo pi­da y que ha­ya un gru­po de mé­di­cos que lo ha­ga, pe­ro yo no po­dría for­mar par­te de es­to.

P. ¿Có­mo ca­sa la cien­cia y la fe? R. Es muy com­pa­ti­ble. La men­ta­li­dad cien­tí­fi­ca tie­ne que es­tar por­que es la única for­ma de ven­cer a es­ta en­fer­me­dad. La re­li­gio­si­dad es lo que me per­mi­te em­pa­ti­zar con el en­fer­mo, le da un po­co de sen­ti­do a mi pro­fe­sión. La fe me ayu­da a en­ten­der la vi­da, la muer­te, y que van jun­tas, que tú na­ces sa­bien­do que mo­ri­rás. Ca­da on­có­lo­go tie­ne que en­con­trar su fuen­te de em­pa­tía. La mía es es­ta.

P. To­da­vía hay más hom­bres que mujeres en es­te mun­do. ¿Es más di­fí­cil pa­ra us­te­des?

R. A me­di­da que hay más mujeres en las fa­cul­ta­des de Me­di­ci­na, es­to va a ir cam­bian­do. Nos lo te­ne­mos que creer, pe­ro tam­bién tie­nes que es­tar dis­pues­to. Tie­nes que en­ten­der que, a lo me­jor, pa­ra el cum­plea­ños de tu hi­jo no es­tás ahí. Si quie­res es­tar arri­ba, tam­bién es ver­dad que es una cues­tión de tiem­po.

En Es­pa­ña la equi­dad no es ho­mo­gé­nea. Ca­da co­mu­ni­dad de­ci­de si aprue­ba o no un fár­ma­co

JUAN BAR­BO­SA

Te­re­sa Ma­ca­ru­lla, en el Vall d’He­bron Ins­ti­tut d’On­co­lo­gia el pa­sa­do mes de ju­lio.

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