Cam­bio de há­bi­tos

Lu­char con­tra el cam­bio cli­má­ti­co pa­sa tam­bién por cui­dar la ma­ne­ra de co­mer

El País (País Vasco) - - OPINIÓN -

Una vez que la so­cie­dad se ha per­sua­di­do de la reali­dad del cam­bio cli­má­ti­co, lo que ha he­cho ha si­do echar­le la culpa a la in­dus­tria ener­gé­ti­ca, a los em­pre­sa­rios de­pre­da­do­res que de­fo­res­tan el Ama­zo­nas pa­ra ob­te­ner bio­com­bus­ti­ble y a cual­quier otro sos­pe­cho­so que ha­ya in­cu­rri­do en prác­ti­cas po­co or­to­do­xas sin nin­gu­na coar­ta­da. Y to­do eso es cier­to, pe­ro so­lo es­cri­be la mi­tad de la his­to­ria. La otra mi­tad es la res­pon­sa­bi­li­dad in­di­vi­dual, la que co­rres­pon­de a ca­da uno de los ha­bi­tan­tes del mun­do. El úl­ti­mo in­for­me de los cien­tí­fi­cos de la ONU apun­ta di­rec­ta­men­te a sus es­tó­ma­gos. Co­mer co­mo se co­me en los paí­ses desa­rro­lla­dos, y ca­da vez más en los que se van desa­rro­llan­do, ca­lien­ta el pla­ne­ta. Fren­te a la cos­tum­bre ha­bi­tual de echar ba­lo­nes fue­ra, es ho­ra de que ca­da uno adopte unos há­bi­tos de con­su­mo más fru­ga­les, ra­cio­na­les y sos­te­ni­bles.

Un cen­te­nar de ex­per­tos de 52 paí­ses han cal­cu­la­do que so­lo el des­per­di­cio de ali­men­tos cau­sa el 10% de to­das las emi­sio­nes de ga­ses de efec­to in­ver­na­de­ro de ori­gen hu­mano, de los que el prin­ci­pal es el CO2. Pro­du­cir ali­men­tos emi­te CO2, des­de la agri­cul­tu­ra que le co­me te­rreno al bos­que has­ta el trans­por­te por ca­mión, avión o bar­co. Y no hay que ol­vi­dar que ti­rar unos fi­le­tes ca­du­ca­dos a la basura es so­lo una de las for­mas de des­per­di­ciar ali­men­tos. La otra es co­mér­se­los sin ham­bre ni ne­ce­si­dad, que es una ma­ne­ra más ela­bo­ra­da de ti­rar­los, es­ta vez al re­tre­te. Ya se co­no­cían las graves con­se­cuen­cias que es­tos há­bi­tos tie­nen pa­ra la sa­lud. Aho­ra se sa­be que tam­bién afec­tan al cli­ma.

Exis­ten dos for­mas de con­su­mir las pro­teí­nas y de­más

nu­trien­tes ne­ce­sa­rios pa­ra un día: una es co­mer di­rec­ta­men­te las le­gum­bres, ver­du­ras, fru­tas y ce­rea­les que ob­tie­nen los agri­cul­to­res; la otra es uti­li­zar esos pro­duc­tos de la tie­rra pa­ra ali­men­tar a una va­ca du­ran­te años y des­pués co­mer un fi­le­te. Es­ta úl­ti­ma re­quie­re más te­rre­nos pa­ra los pas­tos y más agua pa­ra el ga­na­do, y ade­más emi­te mu­chos más ga­ses que la otra. Los cli­ma­tó­lo­gos se unen así a los mé­di­cos pa­ra acon­se­jar los mis­mos ali­men­tos. Re­du­cir el con­su­mo de car­ne y gra­sas ani­ma­les es una res­pon­sa­bi­li­dad per­so­nal con to­das las cre­den­cia­les cien­tí­fi­cas en re­gla. Es­te men­sa­je de­be­ría ca­lar so­bre to­do en los jó­ve­nes que de­vo­ran hamburgues­as, pe­ro no so­lo en ellos. En reali­dad, la res­pon­sa­bi­li­dad de ali­men­tar­se bien es de ca­da in­di­vi­duo, y la lu­cha con­tra el cam­bio cli­má­ti­co se con­vier­te así tam­bién en al­go per­so­nal.

Un le­ma fa­vo­ri­to de los ne­ga­cio­nis­tas es que las pro­yec­cio­nes de los cli­ma­tó­lo­gos sue­len ser pa­ra fi­na­les de si­glo o pa­ra más ade­lan­te, lo que pa­re­ce un fu­tu­ro le­jano en com­pa­ra­ción con la efí­me­ra du­ra­ción de la vi­da hu­ma­na. Po­bre ar­gu­men­to en es­te ca­so. Hay ya mi­llo­nes de per­so­nas —mu­chas en Áfri­ca y el Me­di­te­rrá­neo— que es­tán ex­pues­tas a unos fe­nó­me­nos me­teo­ro­ló­gi­cos ex­tre­mos, se­quías, de­ser­ti­fi­ca­cio­nes y pér­di­das de biodiversi­dad que su­po­nen en sí mis­mos un ries­go pa­ra la agri­cul­tu­ra. So­lo la res­pon­sa­bi­li­dad per­so­nal, la de ca­da uno, pue­de con­tri­buir a rom­per ese círcu­lo vi­cio­so.

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