Mi­rar al pa­sa­do, ver el pre­sen­te

Una can­ti­dad inusi­ta­da de series ex­plo­ra dé­ca­das re­cien­tes pe­ro no pa­ra re­crear­las sino pa­ra en­con­trar en ellas una ex­pli­ca­ción a nues­tros días

El País (País Vasco) - - PANTALLAS - LAU­RA FERNÁNDEZ,

Se di­ce que to­da dis­to­pía es una crí­ti­ca al pre­sen­te des­de un fu­tu­ro in­de­sea­ble. Que, por más que la fic­ción via­je en el tiem­po, su crea­dor se que­da en su si­tio, y lo que le ro­dea en­con­tra­rá sin du­da su lu­gar en lo que sea que es­té crean­do. Es muy sen­ci­llo tras­la­dar di­cha ló­gi­ca a la fic­ción te­le­vi­si­va de hoy, en la que se via­ja al pa­sa­do cons­tan­te­men­te, en un ejer­ci­cio de nos­tal­gia sin pre­ce­den­tes, pe­ro con la ló­gi­ca del pre­sen­te. La que, a ve­ces, ex­pli­ca me­jor nues­tros días que aque­llos que se mues­tran en pan­ta­lla.

El ejem­plo más cla­ro es el ya clá­si­co de los her­ma­nos Duf­fer, Stran­ger Things (Net­flix). La se­rie via­ja a un pa­sa­do que ni si­quie­ra lle­gó a ser pre­sen­te de sus creadores al­gu­na vez (el año en que la se­rie arran­ca es 1983 y ellos na­cie­ron en 1984) pe­ro que lo ha­bía si­do de las pe­lí­cu­las que cre­cie­ron vien­do, de Ste­ven Spiel­berg o John Car­pen­ter. El re­sul­ta­do es una se­rie que res­pe­ta los có­di­gos no de la épo­ca sino de las pe­lí­cu­las de la épo­ca. ¿Aca­so ha­bía ni­ñas en ban­das en­ton­ces? ¿Por qué las hay hoy? Nancy (Natalia Dyer), la her­ma­na ma­yor de un pro­ta­go­nis­ta, se en­fren­ta en el pe­rió­di­co en el que tra­ba­ja con­tra ti­pos que se ríen de sus pro­pues­tas de ar­tícu­los y la man­dan a ha­cer ca­fé. En la épo­ca, la pro­ble­má­ti­ca se­gui­ría es­tan­do ahí, pe­ro ¿se hu­bie­se des­ta­ca­do?

Glow (Net­flix), de Liz Flahi­ve y Carly Mensch, otro éxi­to de crí­ti­ca de los úl­ti­mos años, trans­cu­rre tam­bién en los ochen­ta, pe­ro sin la in­ten­ción de idea­li­zar el pa­sa­do. Por un la­do, pre­ten­de des­em­pol­var la his­to­ria de los ini­cios de la lu­cha li­bre fe­me­ni­na y, por otro, de­jar cla­ro lo di­fí­cil que era ser mu­jer en cual­quier en­torno que im­pli­ca­se po­der. En una de sus tra­mas, los ti­pos que di­ri­gen el co­ta­rro nom­bran pro­duc­to­ra a Deb­bie Ea­gan (Betty Gil­pin) pa­ra lue­go reír­se de ella, lo cual es una for­ma de hablar no so­lo de un pa­sa­do im­per­fec­to sino tam­bién de un pre­sen­te en el que tam­bién tra­tan es­tos te­mas.

“No van a de­jar de tra­tar­te así a menos que les re­sul­tes útil”, di­ce a Deb­bie una ami­ga. Ella idea una tra­ma pa­ra ser me­jor que sus ri­va­les. Lo con­si­gue. El pa­sa­do, más allá de las ma­llas y los car­da­dos, es el lu­gar en el que las co­sas em­pe­za­ron a cam­biar.

Mind­hun­ter re­pro­du­ce —a su ma­ne­ra— la his­to­ria real de los agen­tes del FBI John E. Dou­glas y Ro­bert Ress­ler, quie­nes, a fi­na­les de los se­ten­ta, des­cu­brie­ron que los ase­si­nos en se­rie com­par­tían cier­tos pa­tro­nes. Pe­ro tam­bién trae de vuel­ta el mun­do de su épo­ca —has­ta el úl­ti­mo de­co­ra­do— en el que las ma­dres eran a me­nu­do so­lo eso, ma­dres.

Si­da y pre­jui­cios

Ahí es don­de en­tra el per­so­na­je del agen­te Bill Tench (Holt McCa­llany) en la recién es­tre­na­da tem­po­ra­da de la se­rie. En nin­gu­na otra fic­ción que tra­te la mis­ma épo­ca, he­cha en cual­quier mo­men­to, se le pon­dría en el bre­te en el que se le po­ne en los nue­vos ca­pí­tu­los, que le juz­gan por no es­cu­char las sú­pli­cas de su mu­jer, que no pue­de con to­do en ca­sa. To­do es­to se vuelve dra­má­ti­ca­men­te en con­tra al fi­nal. Es otro ca­so en el que el pre­sen­te in­va­de el pa­sa­do.

Po­se (HBO Es­pa­ña y Net­flix), la se­rie de Ryan Murphy, in­vo­ca la era do­ra­da del un­der­ground LGTBI en el Nue­va York in­fes­ta­do de si­da y pre­jui­cios de fi­na­les de los ochen­ta. La se­rie ho­me­na­jea a la co­mu­ni­dad tran­se­xual que en­con­tró en la cul­tu­ra del ball­room una ma­ne­ra de sa­lir ade­lan­te mien­tras el mun­do a su al­re­de­dor pa­re­cía re­cha­zar­los. Pe­ro la se­rie es­tá es­cri­ta des­de 2019 y ha­bla so­bre 2019. Hay cuer­pos más mus­cu­la­dos de lo que de­be­ría, por ejem­plo, en esas es­ce­nas. Los per­so­na­jes, ade­más, tie­nen una vi­sión muy pre­cla­ra de cuá­les son los de­re­chos que se me­re­cen y las tram­pas que la so­cie­dad he­te­ro­pa­triar­cal es ca­paz de ten­der­les: y no es al­go que se in­tu­ya o que sea pro­pio de uno o dos per­so­na­jes as­tu­tos. To­dos tie­nen un mo­men­to en el que ha­cen su­yos los pro­ble­mas que el co­lec­ti­vo LGTBI tie­ne hoy. Se di­ría que Murphy, un aman­te de la re­le­van­cia, ha li­ma­do el pa­sa­do. Co­mo to­dos en el pre­sen­te.

‘Stran­ger Things’ mez­cla ci­ne de los ochen­ta con el aho­ra, sin rea­lis­mo

En ‘Po­se’, to­dos tie­nen una vi­sión pre­cla­ra de los pro­ble­mas de 2019

Ind­ya Moore, en la se­gun­da tem­po­ra­da de Po­se.

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