La ver­güen­za de Aus­tra­lia

El País (País Vasco) - - OPINIÓN - Pu­bli­ca­do el 26 de sep­tiem­bre. John Max­well Coet­zee es es­cri­tor sud­afri­cano.

Su­pon­ga­mos que soy el he­re­de­ro de una enor­me ha­cien­da. Abun­dan las his­to­rias so­bre mi ge­ne­ro­si­dad. Y aho­ra su­pon­ga­mos que eres un jo­ven am­bi­cio­so pe­ro me­ti­do en pro­ble­mas con las au­to­ri­da­des en tu tie­rra na­tal. To­mas una de­ci­sión tras­cen­den­tal: te em­bar­ca­rás por el océano y lle­ga­rás al um­bral de mi ca­sa, y di­rás: “Aquí es­toy, da­me co­mi­da y un te­cho y per­mí­te­me que em­pie­ce una nue­va vi­da”. Sin tú sa­ber­lo, sin em­bar­go, me he can­sa­do de ex­tran­je­ros que lle­gan a mi puer­ta di­cien­do: “Aquí es­toy, acó­ge­me”, tan can­sa­do, tan exas­pe­ra­do que me di­je a mí mis­mo: “¡Bas­ta! ¡Nun­ca más per­mi­ti­ré que se apro­ve­chen de mi ge­ne­ro­si­dad!”. Por tan­to, en vez de dar­te la bien­ve­ni­da y acep­tar­te, te man­do a vi­vir a una is­la de­sier­ta y en­vío un men­sa­je al mun­do: “Mi­rad el des­tino de quie­nes abu­san de mi ge­ne­ro­si­dad y lle­gan has­ta mi ca­sa sin anun­ciar­se”.

Es­to es, más o me­nos, lo que le ocu­rrió a Beh­rouz Boo­cha­ni [au­tor del li­bro No Friend but the Moun­tains: Wri­ting from Ma­nus Pri­son], que hu­yó de Irán en 2013 tras ser se­ña­la­do por el ré­gi­men por su de­fen­sa de la in­de­pen­den­cia kur­da. Fue res­ca­ta­do a punto de nau­fra­gar en un bo­te que no reunía con­di­cio­nes pa­ra sur­car el océano con el que tra­ta­ba de al­can­zar Aus­tra­lia. En vez de dar­le co­bi­jo, le en­via­ron a una de las cár­ce­les del Pa­cí­fi­co más re­mo­to que ges­tio­na el país, y allí si­gue to­da­vía. Boo­cha­ni no es­tá so­lo. Mi­les de re­fu­gia­dos en bus­ca de asi­lo han su­fri­do un des­tino se­me­jan­te a ma­nos de los aus­tra­lia­nos.

La cues­tión de la fá­bu­la del ri­co he­re­de­ro es la si­guien­te: ¿es peor tra­tar a mi­les de per­so­nas con ejem­plar in­hu­ma­ni­dad que ha­cer­lo con una so­la per­so­na? Si de he­cho es peor, ¿cuán­to peor? ¿Mi­les de ve­ces? ¿O no fun­cio­na el cálcu­lo nu­mé­ri­co cuan­do se tra­ta del bien y el mal? Sea cual sea la res­pues­ta, el ar­gu­men­to en con­tra del tra­to que da Aus­tra­lia a sus re­fu­gia­dos pue­de ser igual de pun­zan­te se tra­te de un ca­so o de mi­les, y Boo­cha­ni lo ha pro­ba­do. So­me­ti­do a con­di­cio­nes de vi­da atro­ces, se las ha apa­ña­do pa­ra es­cri­bir y pu­bli­car sus ex­pe­rien­cias (aún in­con­clu­sas), cu­yo re­la­to se­gu­ro que ha de­ja­do a sus car­ce­le­ros con los dien­tes re­chi­nan­do. (…)

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