“Ya no sue­ño que ca­mino”

Na­da­do­ra pa­ra­lím­pi­ca

El País (País Vasco) - - PANTALLAS -

LUZ SÁNCHEZ-MELLADO Pa­ra sa­lu­dar­la hay que do­blar el lo­mo y po­ner­se a la al­tu­ra de su si­lla de rue­das. Es el único mo­men­to en que sien­tes que es­tá im­pe­di­da, por­que se te ol­vi­da en­se­gui­da. In­clu­so cuan­do tie­ne que es­pe­rar a que le pon­gan una ram­pa pa­ra sor­tear la ca­rre­ra de obs­tácu­los que de­be de ser su vi­da. Tal es el aplo­mo y la na­tu­ra­li­dad con los que ac­túa. Es­ta­mos en el muy ex­clu­si­vo Círcu­lo Fi­nan­cie­ro de Ma­drid, don­de va a pro­nun­ciar una de las con­fe­ren­cias ins­pi­ra­do­ras que cons­ti­tu­yen su plan B la­bo­ral an­tes de que el A se le aca­be. Lo que se di­ce na­dar y guar­dar la ro­pa. Pe­ro se mo­ja.

¿Qué ne­ce­si­dad tie­ne de se­guir com­pi­tien­do a los 43 años?

Me en­can­ta com­pe­tir. Vol­ver a ca­sa y re­ga­lar­le las me­da­llas a mi hi­jo. Ver emo­cio­na­da a mi ma­dre. El subidón de adre­na­li­na que me pro­vo­ca. Por to­do eso si­go. Si no, no val­dría la pe­na en­tre­nar cua­tro GEN­TE CON LUZ años pa­ra 36 se­gun­dos, que es lo que cues­ta ha­cer 50 me­tros. Su prue­ba es­tre­lla.

Lo era. Aho­ra es el 50 es­pal­da. Lo di­ce co­mo si eso fue­ra ir pa­ra atrás, val­ga la re­dun­dan­cia.

Bueno, na­dar pa­ra atrás no es lo que más me gus­ta. Me gus­ta­ba mu­cho el 50 y el 100 li­bres. Ga­né el oro en Ate­nas, Pe­kín y Lon­dres. Pe­ro en Río se me es­ca­pó. Y tu­ve que reac­cio­nar. Bo­ca­rri­ba res­pi­ro me­jor, y eso me ha be­ne­fi­cia­do. ¿Adap­tar­se o mo­rir?

El cuer­po cam­bia, no so­lo por edad: las dis­ca­pa­ci­da­des evo­lu­cio­nan. Llevo 24 años en si­lla de rue­das, más que sin ella, ten­go tres her­nias cer­vi­ca­les. En la vi­da hay que adap­tar­se a to­do y sa­car pro­ve­cho de ca­da cir­cuns­tan­cia. Ha­go lo que pue­do con lo que ten­go. ¿Sue­ña que an­da?

Ya no. Ni re­cuer­do la úl­ti­ma vez. Cuan­do so­ña­ba que an­da­ba, al fi­nal, es­ta­ba muy can­sa­ba y me ple­ga­ba jus­to al des­per­tar­me, co­mo SI­RE­NA CON TA­CO­NES. Cuan­do una neu­ro­pa­tía le in­mo­vi­li­zó las pier­nas a los 19 años, Te­re­sa Pe­ra­les cam­bió el ká­ra­te por la na­ta­ción. Hoy, la de­por­tis­ta es­pa­ño­la con más me­da­llas olím­pi­cas, 26, es­pe­ra a To­kio 2020 pa­ra igua­lar las 28 de Phelps. Cal­za ta­co­nes so­bre si­lla de rue­das.

si en el sue­ño re­cor­da­ra que ya no ca­mino. Qué co­sas.

Per­dió la mo­vi­li­dad a los 19. ¿Se ca­breó con el mun­do?

Con el mun­do y con­mi­go mis­ma. No lo en­ten­día. Me pre­gun­ta­ba por qué a mí, si ya ha­bía su­fri­do la muer­te de mi pa­dre, a los 15. Pa­sar un gol­pe no te ga­ran­ti­za no pa­sar otro, pe­ro tie­nes he­rra­mien­tas pa­ra so­bre­po­ner­te.

¿Cuán­do se le pa­só el ca­breo? Cuan­do pa­sé el lu­to. Ha­ce fal­ta tiem­po. Al prin­ci­pio, te di­cen: “No Te­re­sa Pe­ra­les, el mar­tes pa­sa­do, en Ma­drid. pa­sa na­da”, y es peor. Cla­ro que pa­sa, te cam­bia la vi­da, y es una pu­tada. Cla­ro que tie­nes ga­nas de gri­tar, pe­ro cuan­to an­tes lo ha­gas, an­tes pa­sas pá­gi­na y ves que tie­nes otras co­sas que sí pue­des ha­cer. La vi­da si­gue, es inevi­ta­ble que si­ga, y me­nos mal que si­gue. ¿Se re­cuer­da ca­mi­nan­do?

Sí. Co­rrien­do a zam­bu­llir­me en la pla­ya, sal­tan­do char­cos, su­bien­do mon­tes, to­do eso me chi­fla­ba. Pe­ro no ha­go dra­mas. Aho­ra pue­do ha­cer otras co­sas. Lle­var ta­co­nes sin que me due­lan los pies, por ejem­plo. Los ten­go pre­cio­sos: sin ca­llos ni jua­ne­tes.

¿Qué ve en los ojos de la gen­te? Es­pe­ro que aho­ra vean a una mu­jer va­lien­te que se ha co­mi­do el mun­do. An­tes veía lás­ti­ma. Ese “po­bre­ci­ta, con lo jo­ven­ci­ta que es y en si­lla de rue­das”. Me­nos mal que no me lo creí. Sí, me cues­ta lle­gar a los si­tios, pe­ro lle­go. Has­ta he subido pi­rá­mi­des a cu­lo de­jan­do la si­lla aba­jo y su­bien­do es­ti­lo la­gar­ti­ja bo­ca­rri­ba.

¿Le ha­cen gra­cia los chis­tes so­bre per­so­nas dis­ca­pa­ci­ta­das?

Me en­can­tan. Cuan­to más hu­mor ne­gro, me­jor. En ca­sa ha­blo de ta­raos con to­do el ca­ri­ño.

¿Y la co­rrec­ción po­lí­ti­ca? Per­de­mos mu­cho el tiem­po en ton­te­rías. Me afec­ta có­mo me tra­tas, no có­mo me llamas. Si tú me llamas dis­ca­pa­ci­ta­da no me ofen­des; otra co­sa es que me lla­mes dis­ca­pa­ci­ta­da de mier­da.

Pue­de ser la ma­dre de al­gu­nas com­pe­ti­do­ras. ¿Es­cue­ce?

Hay dos tur­cas de 15 y 16 años, una chi­na de 13. Di­ga­mos que el ni­vel lo subo yo; el de edad, di­go. Pe­ro lo llevo bien. Cuan­do subo al po­ye­te y mi­ro a los la­dos, di­go: “Aún es­toy aquí, ole mis na­ri­ces”. ¿Has­ta cuán­do?

En Lon­dres ga­né por 0,03 se­gun­dos. Ya me dan mor­dis­cos. Me iré cuan­do me co­man la pier­na, cuan­do no pue­da con mi al­ma.

¿Pa­ra cuán­do el Prin­ce­sa de As­tu­rias de los De­por­tes?

Me en­can­ta­ría, pe­ro los pre­mios no de­pen­den de mí. Siem­pre pue­do es­pe­rar sen­ta­da.

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