Los de­re­chos hu­ma­nos no es­tán en ven­ta

El País (País Vasco) - - DEPORTES -

El pa­sa­do fin de se­ma­na se pro­du­jo una de las pri­me­ras gran­des sor­pre­sas en la Pre­mier: el Wol­ves ven­ció al City por 0-2. Y có­mo lo hi­zo es a lo que ten­drá que en­fren­tar­se el equi­po de Guar­dio­la en la ma­yo­ría de los par­ti­dos. Un re­plie­gue ba­jo-me­dio en un 5-3-2, un blo­que com­pac­to en cam­po pro­pio que re­du­jo es­pa­cios y di­fi­cul­tó mu­chí­si­mo la cir­cu­la­ción efec­ti­va del City, pro­vo­can­do im­pre­ci­sio­nes en pa­ses y ro­bos que se tra­du­cían en con­tra­ata­ques pe­li­gro­sí­si­mos. En el fút­bol ac­tual a ni­vel ge­ne­ral los equi­pos son or­ga­ni­za­dos pe­ro las di­fe­ren­cias y la efi­ca­cia es­tán en los de­ta­lles. Y es ahí don­de el en­tre­na­dor pue­de te­ner más im­pac­to. ¿En­con­tra­rá Guar­dio­la la so­lu­ción? Bueno, so­lu­ción to­tal no hay y la par­cial ya la tie­ne: do­mi­nar el jue­go, con­tro­lar el par­ti­do, bus­car el gol, crear oca­sio­nes... Pe­ro un error, o ni eso, una ac­ción nor­mal del jue­go, y el ri­val te pe­na­li­za y aca­bas per­dien­do. Por­que es­to es fút­bol, un jue­go de de­ci­sio­nes y erro­res que nun­ca, nun­ca se­rá con­tro­la­do al 100%.

La po­si­bi­li­dad de que la Su­per­co­pa de Es­pa­ña que or­ga­ni­za la fe­de­ra­ción que pre­si­de Luis Ru­bia­les se jue­gue en Ara­bia Sau­dí ha ge­ne­ra­do de­ba­te y con­tro­ver­sia. No es pa­ra me­nos. Que el fút­bol es un ne­go­cio ya lo sa­be­mos. Que el di­ne­ro se ha co­mi­do ca­si por com­ple­to to­da la pu­re­za del de­por­te en el al­to ni­vel, tam­bién. In­clu­so sa­be­mos y acep­ta­mos con agra­do (si es nues­tro equi­po) la lle­ga­da a al­gu­nos clu­bes de nue­vos in­ver­so­res y pro­pie­ta­rios pro­ce­den­tes de paí­ses de du­do­sa trans­pa­ren­cia y hu­ma­ni­dad. Y mu­chos de no­so­tros de­por­tis­tas he­mos ju­ga­do, com­pe­ti­do y/o vi­vi­do en al­guno de esos paí­ses. Pe­ro hay lí­mi­tes. Y hay ve­ces que el va­so es­tá tan lleno que se des­bor­da, y es­ta es una de esas ve­ces. Qui­zás hu­bo otras de­ci­sio­nes o ac­cio­nes peo­res, y se ha­brá dispu­tado ya o se dispu­tarán otras com­pe­ti­cio­nes en te­rri­to­rios de du­do­so me­re­ci­mien­to (Mun­dia­les de atle­tis­mo en Doha, Mun­dial de fút­bol en Ru­sia o el pró­xi­mo en Qa­tar), pe­ro es­to nos ha lle­ga­do más aden­tro, por­que es fút­bol y por­que es es­pa­ñol. Sea­mos cla­ros: Ara­bia Sau­dí vul­ne­ra los de­re­chos hu­ma­nos. Hay res­tric­cio­nes so­cia­les y le­ga­les, de li­ber- tad de ex­pre­sión, de aso­cia- ción y de reunión. Se eje­cu­ta a ac­ti­vis­tas; la tor­tu­ra y los ma­los tra­tos son ha­bi­tua­les, al igual que los jui­cios in­jus­tos. En ese país es obli­ga­to­rio que to­das las mu­je­res ten­gan un guar­dián va­rón, y una app (Abs­her) lan­za­da por el Go­bierno per­mi­te a los hom­bres con­tro­lar a las mu­je­res que es­tán ba­jo su cus­to­dia. ¿Y la Su­per­co­pa va a ju­gar­se allí? Los de­re­chos hu­ma­nos no de­be­rían es­tar en ven­ta.

Los de­por­tis­tas no quie­ren me­ter­se en te­mas po­lí­ti­cos por­que se quie­re man­te­ner el de­por­te fue­ra de eso. Pe­ro... ¿es real­men­te lo que de­be­mos ha­cer? El de­por­te es una de las co­sas que más im­pac­to tie­ne en la so­cie­dad y por eso se po­li­ti­za. Pue­de unir y se­pa­rar con la mis­ma fuer­za. Y los de­por­tis­tas te­ne­mos una gran in­fluen­cia, so­mos re­fe­ren­tes pa­ra jó­ve­nes y ma­yo­res, y so­mos de­por­tis­tas pe­ro tam­bién ciu­da­da­nos, te­ne­mos to­do el de­re­cho a opi­nar so­bre es­tos te­mas. Y es más, con el pri­vi­le­gio de te­ner el al­ta­voz que te­ne­mos, de­be­ría­mos usar­lo mu­cho más. Pa­ra bien.

Pe­ro lo que tam­bién de­be en­ten­der el lec­tor es que no siem­pre nos en­con­tra­mos en una si­tua­ción de li­bre ex­pre­sión. Hay mie­do a re­pre­sa­lias, sí, sí, ¡re­pre­sa­lias! A ve­ces por par­te del club que te pa­ga, otras por fe­de­ra­cio­nes a las que per­te­ne­ces, otras ve­ces son or­ga­ni­za­cio­nes e ins­ti­tu­cio­nes con las que co­la­bo­ras y otras con pa­tro­ci­na­do­res. To­do eso sin con­tar con la opi­nión pú­bli­ca, los me­dios y los co­men­ta­rios de los afi­cio­na­dos. Pues eso, que li­bres, li­bres no so­mos, y san­tos tam­po­co. Pe­ro que no se ol­vi­de: te­ne­mos voz y vo­to. Un em­plea­do del Mun­dial de Atle­tis­mo de Doha.

/ (AP)

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