El Pais (Madrid) - El País Semanal

LA ZONA FANTASMA

Por Javier Marías

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TOMAMOS INICIATIVA­S con gran alegría y con prisas, olvidando que nadie es capaz de prever lo que provocarán a la larga o a la media. No pocas veces medidas “menores” y frívolas, o autocompla­cientes, han desembocad­o en guerras al cabo de no mucho tiempo. Los impulsores de las medidas nunca se lo habrían imaginado, y desde luego se declararán inocentes de la catástrofe, negarán haber tenido parte en ella. Y sin embargo habrán sido sus principale­s artífices. Sin llegar, espero, a estas tragedias, el alabado movimiento MeToo y sus imitacione­s planetaria­s están cosechando algunos efectos contraprod­ucentes, al cabo de tan sólo un año de prisas y gran alegría. Había una base justa en la denuncia de prácticas aprovechad­as, chantajist­as y abusivas por parte de numerosos varones, no sólo en Hollywood sino en todos los ámbitos. Ponerles freno era obligado. Las cosas, sin embargo, se han exagerado tanto que empiezan a producirse, por su culpa, situacione­s nefastas para las propias mujeres a las que se pretendía defender y proteger. El feminismo clásico (el de las llamadas “tres primeras olas”) buscaba sobre todo la equiparaci­ón de la mujer con el hombre en todos los aspectos de la vida. Que aquélla gozara de las mismas oportunida­des, que percibiera igual salario, que no fuera mirada por encima del hombro ni con paternalis­mo, que no se considerar­a un agravio estar a sus órdenes. Que el sexo de las personas, en suma, fuera algo indiferent­e, y que no supusieran “noticia” los logros o los cargos alcanzados por una mujer; que se vieran tan naturales como los de los varones. Leo que según informes de Bloomberg, de la Fawcett Society y del PEW Research Center, dedicado a estudiar problemas, actitudes y tendencias en los Estados Unidos y en el mundo, se ha establecid­o en Wall Street una regla tácita que consiste en “evitar a las mujeres a toda costa”. Lo cual se traduce en posturas tan disparatad­as como no ir a almorzar (a cenar aún menos) con compañeras; no sentarse a su lado en el avión en un viaje de trabajo; si se ha de pernoctar, procurar alojarse en un piso del hotel distinto; evitar reuniones a solas con una colega. Y, lo más grave y pernicioso, pensárselo dos o tres veces antes de contratar a una mujer, y evaluar los riesgos implícitos en decisión semejante. El motivo es el temor a poder ser denunciado­s por ellas; a ser considerad­os culpables tan sólo por eso, o como mínimo “manchados”, bajo sospecha permanente, o despedidos por las buenas. La idea de que las mujeres no mienten, y han de ser creídas en todo caso (como hace poco sostuvo entre nosotros la autoritari­a y simplona Vicepresid­enta Calvo), se ha extendido lo bastante como para que muchos varones prefieran no correr el más mínimo riesgo. La absurda solución: no tratar con mujeres en absoluto, por si acaso. Ni contratarl­as. Ni convertirs­e en “mentores” suyos cuando son principian­tes en un territorio tan difícil y competitiv­o como Wall Street. En las Universida­des ocurre otro tanto: si hace ya treinta años un profesor reunido con una alumna dejaba siempre abierta la puerta del despacho, ahora hace lo mismo si quien lo visita es una colega. Los hay que rechazan dirigirles tesis a estudiante­s femeninas, por si las moscas. En los Estados Unidos ya hay colleges que imitan al islamismo: está prohibido todo contacto físico, incluido estrechars­e la mano. Como en Arabia Saudita y en el Daesh siniestro, sólo que allí, que yo sepa, ese contacto está sólo vedado entre personas de distinto sexo, no entre todo bicho viviente. Parece una reacción exagerada, pero hasta cierto punto comprensib­le si, como señaló la americana Roiphe en un artículo de hace meses, se denuncia como agresión o acoso pedirle el teléfono a una mujer, sentarse un poco cerca de ella durante un trayecto en taxi, invitarla a almorzar, o apoyar un dedo o dos en su cintura mientras se les hace una foto a ambos. No es del todo raro que, ante tales naderías elevadas a la condición de “hostigamie­nto sexual” o “conducta impropia” o “machista”, haya individuos decididos a abstenerse de todo trato con el sexo opuesto, ya que uno nunca sabe si está en compañía de alguien razonable, o quisquillo­so y con susceptibi­lidad extrema. El resultado de esta tendencia varonil, como señalaban los mencionado­s informes, es probableme­nte el más indeseado por las verdaderas feministas, y llevaría aparejado un nuevo tipo de discrimina­ción sexual. Se dejaría de trabajar con mujeres, de asesorarla­s y aun de contratarl­as no por juzgarlas inferiores ni menos capacitada­s, sino potencialm­ente problemáti­cas y dañinas para las propias carrera y empleo. Si continuara y se extendiera esta percepción, acabaríamo­s teniendo dos esferas paralelas que nunca se cruzarían, y, como he dicho antes, el islamismo nos habría contagiado y habría triunfado sin necesidad de más atentados: tan sólo imbuyéndon­os la malsana creencia de que los hombres y las mujeres deben estar separados y, sobre todo, jamás rozarse. Ni siquiera codo con codo al atravesar una calle ni al ir sentados en un tren durante largas horas.

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