En por­ta­da.

En­tre­vis­ta­mos a Juan, Antonio y Jo­se­mi Car­mo­na, los Ke­ta­ma, que vuel­ven a re­unir­se tras 14 años. Nos ha­blan so­bre su nue­va gra­ba­ción y de los mo­ti­vos que los hi­cie­ron re­gre­sar.

El Periódico de Catalunya (Castellano) - Dominical - - SUMARIO - POR FERNANDO GOITIA / FO­TOS: PE­DRO WAL­TER

Con es­pí­ri­tu fes­ti­vo y mu­cha gua­sa, es­tos tres gi­ta­nos abrie­ron el fla­men­co al pop y a los rit­mos la­ti­nos. Y arra­sa­ron. Sa­tu­ra­dos por el éxi­to di­sol­vie­ron Ke­ta­ma en 2004. Has­ta ha­ce un año. Antonio, el can­tan­te, su­frió un gra­ve pro­ble­ma de sa­lud y al des­per­tar en un hos­pi­tal les di­jo: «¡Te­ne­mos que vol­ver, com­pa­dres!». An­tes de lan­zar dis­co y echar­se a la ca­rre­te­ra se lo cuen­tan to­do –pe­ro to­do, to­do– en ex­clu­si­va a ' XLSe­ma­nal'. Sin des­per­di­cio.

Em­pe­ce­mos por el fi­nal. Jo­se­mi le­van­ta su chu­pi­to y pro­po­ne un brin­dis. «Por nues­tra pri­me­ra en­tre­vis­ta jun­tos en más de 14 años». Antonio y Juan el Cam­bo­rio, sus pri­mos, se­cun­dan la ini­cia­ti­va. Tras dos ho­ras y me­dia de anéc­do­tas, re­cuer­dos, re­fle­xio­nes y mu­cha pe­ro que mu­cha gua­sa, los tres Car­mo­na es­tán fe­li­ces. «Bien­ve­ni­do al Club Car­mo­na», le di­ce Juan al pe­rio­dis­ta. «Vámonos a Ibi­za de juer­ga los cua­tro con una cá­ma­ra y se­gui­mos con­tán­do­te his­to­rias», aña­de Antonio. Los vi­drios re­sue­nan en­tre sus car­ca­ja­das ce­rran­do así la ci­ta con XLSe­ma­nal en una ma­ris­que­ría ma­dri­le­ña. Juan (58 años), Antonio (53) y Jo­se­mi (47) es­tán exul­tan­tes. La idea de re­unir a su ban­da les ron­da­ba des­de ha­cía tiem­po, sin aca­bar de de­ci­dir­se. Has­ta que, ha­ce un año, Antonio vi­vió un via­je trans­for­ma­dor tras ser em­pu­ja­do a un qui­ró­fano por una gra­ve in­fec­ción. Al des­per­tar, días des­pués, él y sus com­pa­dres to­ma­ron la de­ci­sión. Aho­ra aca­ban de gra­bar su pri­mer dis­co jun­tos des­de 2002 (a la ven­ta el 7 de di­ciem­bre) y en­tre fe­bre­ro y ma­yo abri­rán bo­ca con una gi­ra, or­ga­ni­za­da por Shows on De­mand, por 13 ciu­da­des (Bil­bao, Va­lla­do­lid, Za­ra­go­za...). Sa­ben que el mun­do ha cam­bia­do mu­cho des­de que di­sol­vie­ron el gru­po. Ellos, sin em­bar­go, si­guen sien­do los mis­mos.

XL. Lo pri­me­ro, ¿por qué vuel­ve Ke­ta­ma? Antonio: Por­que que­re­mos. «No es­ta­mos lo­cos [can­tan­do], que nos jun­ta­mos por­que que­re­mos [car­ca­ja­das]». La idea lle­va ahí des­de que di­sol­vi­mos Ke­ta­ma, pe­ro nun­ca lle­ga­ba el mo­men­to. Pa­re­cía una mal­di­ción. XL. Pe­ro ¿qué de­to­nó el re­en­cuen­tro? Jo­se­mi: El pro­ble­ma de sa­lud que tu­vo Antonio. Na­da más des­per­tar, nos di­jo: «Me he lle­va­do un sus­to muy gran­de y, oye, te­ne­mos que jun­tar a Ke­ta­ma. ¿Có­mo lo veis?». Es­tu­vi­mos de acuer­do: «¡Te­ne­mos que to­car jun­tos de nue­vo, co­jo­nes!». Pe­ro sa­lió de él. Antonio: Sí, pen­sé en qué co­sas son im­por­tan­tes: mis hi­jas, mi fa­mi­lia, mi ma­dre y mi gru­po; son mi esen­cia, mi raíz. Dios me da más de lo que me­rez­co. XL. Re­gre­san re­gra­ban­do su dis­co más exi­to­so, De akí a Ke­ta­ma. ¿No te­men de­cep­cio­nar a sus fans, que es­pe­ra­ban nue­vo ma­te­rial? Antonio: Sí, nos la he­mos ju­ga­do, pe­ro que­ría­mos ha­cer las co­sas sin pri­sa. Son 16 años en bar­be­cho y no es plan de po­ner­nos a com­po­ner y sa­car de pron­to las ale­grías, los nu­dos y los la­men­tos que tie­ne ca­da uno. Ne­ce­si­ta­mos ir­nos em­pa­pan­do de nue­vo de Ke­ta­ma. Nos me­ti­mos al es­tu­dio por es­tar jun­tos, co­mo una prue­ba, y ha ido de pu­ta ma­dre. Pe­ro he­mos ac­tua­li­za­do los arre­glos y aña­di­do unas can­cio­nes. XL. ¿Y si re­sul­ta que la gen­te, en reali­dad, no os echa­ba de me­nos? Juan: Pue­de ser, pe­ro el hue­co que de­ja­mos no lo ha lle­na­do na­die. Y to­do lo que nos lle­ga es po­si­ti­vo. Los mú­si­cos lle­van años dán­do­nos la pa­li­za. Ma­nuel Ma­cha­do, el trom­pe­ta, me di­jo: «Mi ma­dre siem­pre me di­ce que os jun­téis ya, que no seáis gi­li­po­llas» [car­ca­ja­das]. XL. Si tan­tas ga­nas te­níais de se­guir jun­tos, ¿por qué os se­pa­ras­teis? Antonio: Mi­ra, no­so­tros te­nía­mos una em­pre­sa que ven­día mi­les de dis­cos, to­cá­ba­mos por to­dos la­dos y dá­ba­mos tra­ba­jo a mu­cha gen­te. Es difícil ce­rrar una so­cie­dad que ge­ne­ra tan­to di­ne­ro, pe­ro que­ría­mos ex­plo­rar ca­da uno por su cuen­ta y no es­pe­rar a los 50 y sen­tir, de pron­to, que te que­dan co­sas por ha­cer. XL. Pe­pe Ha­bi­chue­la me con­tó que de no ser por él Ke­ta­ma no exis­ti­ría: «Mi hi­jo Jo­se­mi ven­día la­ca de uñas y mi so­brino Antonio va­sos por los ba­res. Los pu­se fir­mes. To­dos los días a las cua­tro a to­car. Ni fútbol ni ná. Y Juan an­da­ba por ahí to­do agi­li­po­llao». Juan: Agi­li­po­llao per­di­do [car­ca­ja­das]. Yo em­pe­cé con 16 años a to­car palmas y per­cu­sión con Enrique Mo­ren­te y con mi tío. Que me di­jo: «De­ja de ha­cer el gi­li­po­llas en el bar y, ven­ga, a ru­lar con no­so­tros». Me pu­so a to­car el laúd ocho ho­ras dia­rias un mes en­te­ro. Antonio: Sí, nos edu­có muy bien. Yo em­pe­cé a ga­nar di­ne­ro con 12 o 13 años y me co­gió a tiem­po. Nos pu­so mu­cha mú­si­ca y nos em­pu­jó: «Tú to­ca la per­cu­sión, que se te da muy bien. Y es­cu­cha a Ra­vi Shan­kar y a Pe­pe Mar­che­na y a La Ni­ña de los Pei­nes y es­tos tan­gos y es­ta so­leá...». Y así nos tu­vo, ¡em­bru­ja­dos! No sa­lía­mos de la ca­sa. El tío Pe­pe siem­pre fue un trans­gre­sor. Lo re­cuer­do po­nien­do a Don Cherry, pa­pá de Ne­neh Cherry y tre­men­do trom­pe­tis­ta, a to­car fan­dan­gos de Huel­va con una sor­di­na. XL. Y Juan Ha­bi­chue­la, vues­tro pa­dre y gran fi­gu­ra de la fa­mi­lia en­ton­ces, ¿qué pa­pel tu­vo en es­te desa­rro­llo mu­si­cal? Juan: Él nos oía to­car y llo­ra­ba, pe­ro nun­ca se pa­ró con­mi­go a de­cir­me có­mo me­jo­rar ni a ani­mar­me. Era un se­ñor que es­ta­ba to­do el ra­to de via­je. Antonio: Cuan­do yo na­cí, mi pa­dre es­ta­ba de gi­ra en Es­ta­dos Uni­dos, mi ma­dre le en­vió una fo­to y lue­go por te­lé­fono le pre­gun­tó: «¿Qué te pa­re­ce el ni­ño?». «Muy feo, Ma­til­de [car­ca­ja­das]. Es­toy muy fe­liz, pe­ro el ni­ño es muy feo». Me­nos mal que se lo di­jo por te­lé­fono, por­que mi ma­dre... Jo­se­mi: Es que el tío Juan era un fi­gu­rón que se ha­cía 120 fes­ti­va­les y se echó a la es­pal­da a to­da la fa­mi­lia. Yo lo veía co­mo un se­ñor. Le obe­de­cía­mos a la pri­me­ra, y sin le­van­tar nun­ca la voz ni una mano. La fi­gu­ra del tío Juan era ne­ce­sa­ria, y pa­ra mi pa­dre el pri­me­ro; sin él, aque­llo hu­bie­ra si­do un caos. Antonio: El tío Pe­pe era más cer­cano. Te pre­gun­ta­ba si te pa­sa­ba al­go en el co­le­gio y esas co­sas. Con 13

años, me di­jo: «A ver, Antonio, tó­ma­te una co­pi­ta, fú­ma­te un ci­ga­rri­to con­mi­go y cuén­ta­me qué te pa­sa». Mi pa­dre era más rec­to, in­cul­can­do dis­ci­pli­na que te ca­gas, aun­que tam­bién nos de­cía: «Yo no sir­vo pa­ra po­ner­me con vo­so­tros, co­mo Pe­pe, pe­ro aquí me te­néis pa­ra lo que sea». XL. Así se con­for­mó el clan de los Ha­bi­chue­la, con sus con­tra­pe­sos, ¿no? Antonio: Sí, pe­ro el pri­me­ro de to­dos fue mi abue­lo José, el pri­mi­ti­vo Ha­bi­chue­la... Pa­ra que veas es­to que di­ces del clan, hu­bo una épo­ca en que se iba ca­da noche a re­co­ger Habichuelas por to­dos los ta­blaos de Ma­drid. Las Bru­jas, To­rres Ber­me­jas, Ca­fé Chi­ni­ta, Los Ca­nas­te­ros; en to­dos te­nía hi­jos, so­bri­nos, nie­tos o nue­ra. Iba con una va­ra y les cor­ta­ba la juer­ga de cua­jo. «¡Que ha lle­ga­do el abue­lo!». De­ja­ba a ca­da uno en su ca­sa y se iba a la su­ya. XL. El fla­men­co ci­men­tó la fa­mi­lia... Antonio: Bueno, es que so­mos gi­ta­nos y la fa­mi­lia es al­go muy fuer­te. Cuan­do mis pa­dres se ca­sa­ron, vi­vían en el Sa­cro­mon­te, allí arri­ba, y lo pri­me­ro que hi­zo mi abue­lo fue dar­les un pi­co y una pa­la pa­ra que se aden­tra­ran en la cue­va a ha­cer su pro­pia ha­bi­ta­ción. Ellos sí que pa­sa­ron fa­ti­gas pa­ra sa­car­nos ade­lan­te. Jo­se­mi: Es­to es muy im­por­tan­te: va­lo­rar a los ma­yo­res, a los maes­tros y a los an­te­pa­sa­dos, que son quie­nes te abren los ca­mi­nos. Siem­pre es­tás en deu­da. Pe­ro ade­más, cuan­do mi pa­dre es­cu­cha­ba a Juan al laúd, se ali­men­ta­ba del so­ni­do que sa­ca­ba un cha­val de 16 años. Lo re­ci­bía co­mo una sor­pre­sa y apren­día. XL. Y a la ho­ra de la juer­ga, ¿quién se acues­ta an­tes, tú o tu pa­dre? Jo­se­mi: Mi pa­dre, mi pa­dre [se ríen]. Antonio: To­da la fa­mi­lia es así. ¿Por qué crees que el abue­lo se iba con la va­ra? Jo­se­mi: ¿Te acuer­das cuan­do nos lle­va­mos al tío Carlos del Can­de­la, a cues­tas en­tre tú y yo, a las 9 de la ma­ña­na? «Es­pe­ra», de­cía, y se po­nía a dar palmas en la ca­lle. ¡Te lo ju­ro por Dios! Y a mi pa­dre, una vez en Bar­ce­lo­na que per­dió dos avio­nes has­ta que Juan se lo lle­vó. Es que el fla­men­co es la noche y hay una es­cue­la en la juer­ga fla­men­ca por la que tienes que pa­sar. XL. Os li­cen­cias­teis en esa es­cue­la aún ado­les­cen­tes. ¿Os acor­dáis de al­go? Juan: Tam­po­co de mu­cho [car­ca­ja­das]. Antonio: Yo era un cha­va­lín, 13 o 14 años, cuan­do em­pe­cé con ellos, de per­cu­sio­nis­ta y ¿tú sa­bes lo que era

"ME CASÉ CON UNA PAYA, Y MI FA­MI­LIA Y LA DE ELLA ME DE­JA­RON DE HA­BLAR DU­RAN­TE DOS AÑOS, LOS ME­JO­RES DE MI VI­DA, JAJAJA", BRO­MEA ANTONIO

ver a es­te, a Ray He­re­dia y a José Soto [la for­ma­ción ori­gi­nal de Ke­ta­ma]? Eran unos salvajes. En­sa­yá­ba­mos en un ga­lli­ne­ro por Quin­ta­na y el ca­brón del Ray sol­ta­ba las ga­lli­nas por la ca­lle... XL. Que de nom­bre os pu­sie­rais Ke­ta­ma [lo­ca­li­dad ma­rro­quí cé­le­bre por su can­na­bis] da una idea de por dón­de iban los ti­ros... Juan: No sé de qué ha­blas. Ke­ta­ma fue por un pe­rro que... [car­ca­ja­das]. Antonio: Sí, un pe­rro al que le gus­ta­ba mu­cho el cés­ped [car­ca­ja­das]. Juan: Sí, nos tum­bá­ba­mos con él a ver las es­tre­llas y un día vi di­bu­ja­da en el cie­lo la pa­la­bra 'Ke­ta­ma' [car­ca­ja­das]. Jo­se­mi: Ima­gí­na­te lo que se me­tían en el cuer­po pa­ra ver aque­llo [car­ca­ja­das]. XL. Con tan­ta 'juer­ga fla­men­ca', ¿có­mo con­se­guis­teis man­te­ner el equi­li­brio? Antonio: Por Juan, que es el ma­yor. Él fue res­pon­sa­ble de es­tos dos mo­co­sos. Juan: Es que cuan­do Ke­ta­ma des­pun­tó yo ya ha­bía vi­vi­do mis lo­cu­ras. Asu­mí mi pa­pel y me qui­té de to­do. XL. Pe­ro ¿te ha­cían ca­so? Juan: No [car­ca­ja­das]. Re­cuer­do una ac­tua­ción que es­tu­ve es­pe­ran­do a Antonio no sé cuán­to en la puer­ta, con un mos­queo. «Es mi her­mano, pe­ro yo lo ma­to, lo ma­to». Yo soy muy cal­ma­do, nun­ca me pon­go ner­vio­so, pe­ro cuan­do me ha­cían una de esas... XL. ¿Re­cor­dáis el día en que sen­tis­teis: «Lo he­mos con­se­gui­do»? Juan: To­tal­men­te. Pa­la­cio de los De­por­tes de Ma­drid, 1995; 12.000 per­so­nas den­tro y otras 3000 en la ca­lle. Fue aca­bar el con­cier­to y los tres a llo­rar al cuar­to de ba­ño del ves­tua­rio. Antonio: Des­bra­va­dos. Fue co­mo si hu­bié­ra­mos ga­na­do la NBA. Jo­se­mi: Nun­ca ha­bía­mos ac­tua­do an­te tan­ta gen­te. Y allí ha­bía­mos vis­to a Ca­ma­rón, Paco de Lucía y otros gran­des y siem­pre nos de­cía­mos: «¿Te ima­gi­nas lle­nar es­to un día?». XL. ¿De­ja­ron de sa­lir a com­prar el pan? Juan: Pues mi­ra, yo iba siem­pre a un hí­per, el pri­me­ro que se abrió en Ma­drid, en Le­ga­nés, y a par­tir de ahí ya no me de­ja­ban en paz. Pe­ro se­guí yen­do por­que soy muy ca­be­zón. Antonio: Sí, él y su BMW des­ca­po­ta­ble. Dis­cre­ti­to [car­ca­ja­das]. Juan: No, no, el 'cam­bo­mó­vil' fue des­pués, que me lo com­pré por mis ni­ños pa­ra pa­sear­nos por el Ras­tro. XL. ¿Ser Ha­bi­chue­la les fa­ci­li­tó el ca­mino, que les gra­ba­ran un dis­co...? Juan: ¿Tú sa­bes quién le lle­vó nues­tra pri­me­ra ma­que­ta al di­rec­tor de Ario­la? ¡Paco de Lucía! XL. Pe­ro su pri­mer dis­co sa­lió con Nue­vos Me­dios... Juan: Sí, sí, pe­ro es­cu­cha. Al ca­bo de una se­ma­na me lla­ma Paco. «Juan, ¿qué te ha di­cho?». «No me ha di­cho ná». «¡Có­mo que no te ha di­cho ná! Es­ta gen­te es­tá sor­da, ¿o qué?». Paco de Lucía, ojo. Lla­ma al de Ario­la y le di­ce: «Tío, ¿no vas a gra­bar a es­ta gen­te? Es lo más in­no­va­dor. ¿No lo ves?». Así le di­jo. Bueno, pues lo es­cu­chó, di­jo que no y Paco le echó una bron­ca que te ca­gas. XL. ¿Quie­res de­cir que ser Ha­bi­chue­la no sir­vió de na­da? Juan: Cla­ro que sir­vió, por­que ahí mi tío Pe­pe me co­gió la cin­ta y se la lle­vó a Ma­rio Pa­che­co, de Nue­vos Me­dios, que a ese sí que le gus­ta­ba la mú­si­ca. Fí­ja­te lo que na­ció allí: Pa­ta Ne­gra, la Au­ro­ra, el Fran­cés, Po­ve­da, Jorge Pardo, no­so­tros... Es­cu­chó la ma­que­ta, con tres te­mas, y di­jo: «¿Cuán­do gra­ba­mos?». Antonio: Le pe­día­mos ade­lan­tos pa­ra marihuana e íba­mos a gra­bar con los ojos to­do achi­na­dos [car­ca­ja­das]. Era una épo­ca di­ver­ti­da, sin pre­sión. Lue­go nos fi­chó Uni­ver­sal, ven­di­mos un mi­llón de co­pias con De akí a Ke­ta­ma y, des­pués, con un dis­co que lle­gó a 300.000, nos di­je­ron: «Qué hos­tia os ha­béis da­do, chi­cos». ¡Pe­ro qué hos­tia ni que na­da! Y hoy con 20.000 eres dis­co de oro. XL. ¿Iríais hoy a Ope­ra­ción Triun­fo? Antonio: Sí, cla­ro. Es el úni­co pro­gra­ma don­de, al me­nos, pue­des ha­blar de mú­si­ca y to­car. El año pa­sa­do sa­lí en la te­le re­co­gien­do le­chu­gas. «Co­mo eres un Ha­bi­chue­la...», me di­je­ron. Ha­la, a ha­blar de agri­cul­tu­ra [car­ca­ja­das]. Jo­se­mi: De OT han sa­li­do bue­nos ar­tis­tas, pe­ro, cla­ro, cuan­do ves a gen­te que va a la te­le un día y de re­pen­te tie­nen mi­les de fans, al­go te chi­rría. XL. ¿No se­rá envidia? Antonio: Pues igual, por­que no veas la de fa­ti­gas que nos hu­bié­ra­mos aho­rra­do. Pe­ro no­so­tros, en vez de OT, te­nía­mos al Rock de Lu­xe [car­ca­ja­das]. Que mo­la­ba mu­cho, pe­ro lo leían cua­tro en­te­raos. XL. An­tes de OT, TVE era el Noche de fiesta, de José Luis Mo­reno, con ac­tua­cio­nes mu­si­ca­les, Es­ce­nas de ma­tri­mo­nio y des­fi­les de len­ce­ría... Antonio: Es ver­dad. An­da que no se echa de me­nos aque­llo. Que sa­lía la mu­jer bur­bu­ja o un acró­ba­ta y, en me­dio, tú con las ma­ra­cas [car­ca­ja­das]. Juan: ¿Tú sa­bías que es­te de los mu­ñe­cos nos ve­tó en TVE? Nos cas­ti­gó por­que un día, a la ho­ra de gra­bar, te­nía­mos a dos del co­ro sin ma­qui­llar y le di­ji­mos: «Es­pe­ra, que fal­tan dos». A los tres mi­nu­tos, ya lis­to, el tío nos suel­ta: «¡Ya no can­táis!». ¡Por tres mi­nu­tos! Era el due­ño de to­dos los pro­gra­mas y nos ve­tó dos años. Vol­vi­mos por Ber­tín, que le di­jo: «Tío, ¿qué te pa­sa con es­ta gen­te? Si son unos pe­da­zo de ar­tis­tas». Antonio: Y ahí hi­ci­mos las pa­ces. Vino con seis guar­daes­pal­das, nos me­ti­mos to­dos al ja­cuz­zi y nos hi­ci­mos una fo­to de re­con­ci­lia­ción [car­ca­ja­das]. XL. ¿En se­rio? Antonio: Bueno, más o me­nos. Me­jor pa­se­mos a otra co­sa [car­ca­ja­das]. XL. Sien­do Ha­bi­chue­la, ¿hu­bie­ra si­do un dra­ma no ha­ber sa­li­do mú­si­cos?

"NUES­TRO ABUE­LO SE IBA CA­DA NOCHE CON UNA VA­RA A RE­CO­GER 'HABICHUELAS' POR LOS TA­BLAOS. EN TO­DOS TE­NÍA HI­JOS, SO­BRI­NOS, NIE­TOS... Y LES COR­TA­BA LA JUER­GA DE CUA­JO"

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