PEN­DIEN­TE DE UN HI­LO

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Scream. «Es co­mo una reali­dad pa­ra­le­la que se abre». Ca­ta­li­na te lo di­ce con la mis­ma na­tu­ra­li­dad que en Stran­gers things. Pe­ro ahí den­tro no hay ni­ñas de mi­ra­das in­ten­sas, ni un tris­te De­mo­gor­gon, ni si­quie­ra ten­drás que po­ner una mue­ca de lo­ca a lo Wi­no­na Ry­der. De ahí den­tro na­die se quie­re ir. Aun­que ha­ya un la­be­rin­to con Minotauro.

El Pol­vo­rí de Mont­juïc. «Tea­tro de los sen­ti­dos», des­cu­bres va­rios car­te­les cam­po a tra­vés des­pués de man­dar a la mier­da a Goo­gle Maps y a la ma­dre de Si­ri. Lo ha­bi­tual es per­der­se, te tran­qui­li­zan cuan­do lle­gas con la len­gua fue­ra y ca­ra de in­te­rro­gan­te. «Pa­ra en­con­trar hay que per­der­se», sue­le de­cir el di­rec­tor de la com­pa­ñía. «Es par­te del via­je», te ase­gu­ran. Así lla­man a sus obras: «Via­jes» pa­ra 54 per­so­nas al día. Tam­po­co se ha­bla de ac­to­res, sino de «ha­bi­tan­tes». Te to­pa­rás con 15 en el la­be­rin­to a os­cu­ras. Uno de los es­ce­na­rios de ‘El hi­lo de Ariad­na’, en El Pol­vo­rí de Mont­juïc, la se­de del Tea­tro de los Sen­ti­dos, re­con­ver­ti­do en la­be­rin­to con Minotauro.

sor­pren­de­rá más que si di­mi­tie­ra Ci­fuen­tes. Que se abs­ten­gan los que no es­tén dis­pues­tos a de­jar­se lle­var.

No ves na­da. Na­da. Ca­mi­nas tú so­lo pal­pan­do a tien­tas la pa­red con des­con­fian­za de pa­sa­je del te­rror. Apren­de­rás a con­fiar. En la os­cu­ri­dad y en los des­co­no­ci­dos. No ves, no, pe­ro to­cas, hue­les, re­cuer­das. Sien­tes. De eso se tra­ta. «Arries­gar­se es per­der un po­co –es la fra­se con la que pre­sen­tan la obra en su web–. No arries­gar­se es per­der­lo to­do».

El hi­lo de Ariad­na. Es una obra de tea­tro, pe­ro po­dría con­va­li­dar tres se­sio­nes con un te­ra­peu­ta. En­tras en un la­be­rin­to y te con­vier­tes en un Te­seo que bus­ca su Minotauro in­te­rior. Sí, te pon­drás los cuer­nos. Es mo­men­to de per­der­se pa­ra en­con­trar­se. «Pa­ra ver hay que ce­rrar los ojos. Pa­ra es­cu­char es pre­ci­so el si­len­cio», di­ce Enrique Var­gas, el di­rec­tor. «A os­cu­ras hay que ti­rar de me­mo­ria, in­tui­ción, pre­mo­ni­ción. Hue­les, pal­pas, per­ci­bes co­mo si fue­ra la pri­me­ra vez». Tie­rra, ti­za, la­van­da, ro­pa de abue­lo.

«RE­GRE­SO A LAS SEN­SA­CIO­NES PU­RAS»

Ca­mi­nas a lo Ben­ja­min But­ton. A ca­da pa­so, te qui­tas años y pre­jui­cios. Co­mo un ni­ño: ju­gue­tón y des­ar­ma­do. Sal­drás con son­ri­sa de be­bé y la sen­sa­ción de que ha cam­bia­do al­go. «Es co­mo un sue­ño, un re­gre­so a las sen­sa­cio­nes pu­ras», re­su­me un via­jes­pec­ta­dor. «Te en­cuen­tras a ti mis­mo», re­so­pla otra na­da más sa­lir.

Ha­ce ya 20 años que la com­pa­ñía que di­ri­ge Enrique Var­gas in­ves­ti­ga «la poé­ti­ca del sen­tir», que di­cen. Na­ció en la os­cu­ri­dad: en un só­tano de la uni­ver­si­dad de Co­lom­bia. Aho­ra des­pier­tan sen­ti­dos en su ba­se de El Pol­vo­rí de Mont­juïc.

El hi­lo de Ariad­na es su ópe­ra pri­ma. La han re­cu­pe­ra­do 15 años des­pués. «Se tra­ta de crear una pro­gra­ma­ción es­ta­ble en El Pol­vo­rí», jus­ti­fi­ca Dul­fary, ges­to­ra de la com­pa­ñía. Las en­tra­das se ago­ta­ron an­tes del rees­treno. Han pro­rro­ga­do la obra has­ta ma­yo, qui­zá am­plíen a ju­nio.

En El Pol­vo­rí tam­bién ofre­cen ta­lle­res sen­so­ria­les, mo­no­grá­fi­cos, un pos­gra­do con la uni­ver­si­dad de Gi­ro­na, aho­ra lan­zan la se­gun­da edi­ción del más­ter. (Sin Ci­fuen­tes). ¿Mo­ra­le­ja? «El ser hu­mano ne­ce­si­ta re­cu­pe­rar las pri­me­ras sen­sa­cio­nes –di­ce Dul­fary–. Sen­tir sin es­tas co­sas ac­tua­les del mun­do que te dis­traen de to­do». —

TEA­TRO DE LOS SEN­TI­DOS

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