Na­da se va

El Periódico de Catalunya (Castellano) - - Espectáculos -

Te ha­blo de otra épo­ca, una épo­ca que pa­re­ce tan le­ja­na pe­ro que, en reali­dad, so­lo lo es por­que éra­mos jó­ve­nes. Qui­zá es ab­sur­do vol­ver a ella hoy, tú no es­ta­bas ahí, pe­ro es di­fí­cil ha­cer otra co­sa. Qué otra co­sa po­de­mos ha­cer.

El olor a sal­mue­ra, los bar­cos que par­tían a pri­me­ra ho­ra des­de el puer­to y, so­bre to­do, los li­bros. En mi pri­mer re­cuer­do es­tá un re­ga­lo: una edi­ción de Wi­lliam Car­los Wi­lliams, una car­ca­ja­da in­cré­du­la, un abra­zo de oso. «¿Cómo que no vie­nes a co­mer con­mi­go?». Así éra­mos en esa épo­ca, de­cía­mos que no, no sa­bía­mos muy bien por qué, de la mis­ma ma­ne­ra que no sa­be­mos por qué aho­ra vuel­ve to­do, co­mo un ra­mi­lle­te de jo­yas im­po­si­bles, bru­ñi­das en el bri­llo de la nos­tal­gia.

Una ami­ga me di­jo una vez que quien es­cri­be tie­ne suer­te pre­ci­sa­men­te por­que es­cri­be. Pe­ro real­men­te la ver­da­de­ra suer­te es quien tie­ne a al­guien cer­ca que le en­se­ña a ser lec­tor. Ba­jo es­ta bru­ma de con­go­ja que aho­ra nos cu­bre, so­lo vie­nen a mi men­te las me­jo­res fra­ses que pu­de leer, y doy las gra­cias. Es im­po­si­ble acor­dar­se de to­das, así que re­to­mo la lec­tu­ra de hoy, de ayer mis­mo, y vol­ver a ella. Qui­zá sea lo úni­co que sa­na. Así que sub­ra­yo la pá­gi­na 459 del li­bro de Mag­gie O’Fa­rrell, que leo hoy, en es­te ins­tan­te, con es­ta tris­te­za: «La tie­rra es la en­car­na­ción de la me­mo­ria, pa­sa­do y pre­sen­te en con­jun­ción: na­da se va».

Y pien­so que la tie­rra es, qui­zás, co­mo las pa­la­bras. Qui­zá tam­bién ellas pue­dan ser mi­ne­ra­les, qui­zá ellas tam­bién per­ma­nez­can, só­li­das, dia­man­ti­nas. A lo me­jor, so­lo a lo me­jor, to­do es­to se que­da y no se va.

Hoy du­ran­te un mo­men­to me he acor­da­do de to­do aque­llo que tu­vi­mos. El in­fi­ni­to mun­do de po­si­bi­li­da­des de la ju­ven­tud y to­das sus ma­ni­fes­ta­cio­nes. La ri­sa fe­roz, las no­ches in­ter­mi­na­bles, los va­sos de cris­tal a me­dio­día, el olor a hi­gue­ra, las tar­des sin ha­cer na­da y sin cul­pa al­gu­na, so­lo vi­vien­do. Hoy es im­po­si­ble ha­blar de lo que vino des­pués. So­lo acor­dar­se y leer. Que­da el hue­co.

La ver­da­de­ra suer­te es te­ner a al­guien cer­ca que te en­se­ña a ser lec­tor

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