Quién in­dul­ta a los hi­jos

El Periódico de Catalunya [Català] - Dominical - - Correo - GI­JÓN J. J. J. S UÁREZ G ONZÁLEZ. AN­TO­NIO G ARCÍ A G ARCÍ A. LEÓN

cam­biar por­que ya te­nía de­ma­sia­dos ki­ló­me­tros. Aho­ra se ha te­ni­do que com­prar lo más ba­ra­to del mer­ca­do, un au­to­mó­vil ran­che­ra ru­mano, cu­ya casa ma­dre es fran­ce­sa y cu­yo pe­que­ño mo­tor dié­sel se ha­ce en Es­pa­ña, co­sas de la glo­ba­li­za­ción. Le co­men­té si no era ho­ra ya de pen­sar en ju­bi­lar­se, pe­ro me di­jo que no po­día por­que su hi­ja, el ma­ri­do de es­ta y su pe­que­ño nie­to se tu­vie­ron que ir a vi­vir con él y su mu­jer, ya que no po­dían per­mi­tir­se pa­gar­se un te­cho. Ma­no­lo, que siem­pre fue de de­re­chas, ha su­fri­do una me­ta­mor­fo­sis en la di­rec­ción con­tra­ria del di­cho ese que re­za: «El que no fue co­mu­nis­ta a los 20 años es que no tie­ne co­ra­zón y el que no de­jó de ser­lo an­tes de los 50 es que no tie­ne ca­be­za»; se ha con­ver­ti­do en un mar­xis­ta ra­di­cal a los se­sen­ta y tan­tos. Una co­sa es la li­bre com­pe­ten­cia y la li­ber­tad de mer­ca­do, me di­jo, y otra muy dis­tin­ta la li­ber­tad de la zo­rra en el ga­lli­ne­ro. Nos des­pe­di­mos y nos mi­ra­mos a los ojos an­tes de mar­char­nos, co­mo si fue­ra la úl­ti­ma vez que íba­mos a coin­ci­dir. El pa­dre fue con­de­na­do en 2009, por ma­los tra­tos, a tres me­ses de pri­sión y una or­den de ale­ja­mien­to. La ma­dre aca­ba de ser con­de­na­da, por dos de­li­tos de sus­trac­ción de me­no­res, a cin­co años de cár­cel en to­tal y pri­va­ción de la pa­tria po­tes­tad por seis años. Se co­men­ta que la ma­dre pu­do ser mal ase­so­ra­da (acon­se­jar co­me­ter un de­li­to no es buen con­se­jo). El pa­dre, de mo­men­to, no ne­ce­si­ta in­dul­to pues ya se ex­tin­guió aque­lla cul­pa. La ma­dre pa­re­ce que qui­zá lo­gre el in­dul­to cuan­do ha­ya sen­ten­cia fir­me. Y los pre­sun­tos in­com­pe­ten­tes ase­so­res no pre­ci­sa­rán in­dul­to pues no obra cau­sa pen­dien­te con­tra ellos. En su­pues­tos co­mo es­te, siem­pre me pre­gun­to lo mis­mo: ¿Quién va a in­dul­tar a los hi­jos y quién se preo­cu­pa­rá de que su cre­ci­mien­to y de­sa­rro­llo se vean ro­dea­dos del pleno equi­li­brio emo­cio­nal y el ca­ri­ño que los me­no­res re­quie­ren y me­re­cen?

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