Fue­ra del sis­te­ma

Mi­llas*

El Periódico Aragón - - Opi­nión - La cá­ba­la JUAN JO­SÉ *Es­cri­tor

La at­mós­fe­ra de las ca­lles de mi ba­rrio se pa­re­ce a la que res­pi­rá­ba­mos an­tes en las sa­las de los ta­na­to­rios. Y en el in­te­rior de mu­chas vi­vien­das ocu­rre lo mis­mo: que se ha­bla en voz que­da, co­mo si en la ha­bi­ta­ción de al la­do hu­bie­ra un ca­dá­ver. Tal vez lo ha­ya. No sa­be­mos lo que ocu­rre en el pi­so del ve­cino. Los bom­be­ros es­tán re­ci­bien­do nu­me­ro­sas lla­ma­das de per­so­nas que no sa­ben na­da de su pa­dre o de su ma­dre, que vi­vían so­los.

--No res­pon­de al te­lé­fono des­de va­rios días, di­cen.

Los bom­be­ros acu­den, abren la puer­ta y en­cuen­tran al di­fun­to. De ahí la pe­sa­dum­bre que se per­ci­be en el am­bien­te. Mu­chos pi­sos de las gran­des ciu­da­des es­tán ocu­pa­dos aho­ra mis­mo por los fan­tas­mas de ami­gos, co­no­ci­dos o fa­mi­lia­res que se han ido por el des­agua­de­ro de la muer­te. Las sec­cio­nes de obi­tua­rios de la pren­sa ge­ne­ra­lis­ta no de­jan de

La in­for­ma­ción so­bre el desas­tre se nos si­gue ad­mi­nis­tran­do en que­si­tos de sa­bor cada vez más amar­go

cre­cer. Se acer­can ya a las pá­gi­nas de So­cie­dad y Cul­tu­ra. Y a la de De­por­tes. Los ven­de­do­res de es­que­las se es­tán fo­rran­do, tal vez a su pe­sar. Y mien­tras la Par­ca,

con su gua­da­ña re­lu­cien­te, no pa­ra de segar ca­be­zas, los fru­tos de la pri­ma­ve­ra ame­na­zan con pu­drir­se en los ár­bo­les por fal­ta de mano de obra.

¡Qué asi­me­tría atroz! En­tre­tan­to, la in­for­ma­ción so­bre el desas­tre se nos si­gue ad­mi­nis­tran­do en por­cio­nes, en que­si­tos de sa­bor cada vez más amar­go. ¡Có­mo año­ra­mos los días en los que los efec­tos del vi­rus eran los de una sim­ple gri­pe! Hu­bo una épo­ca, ha­ce ape­nas un mes, en la que ni si­quie­ra pen­sá­ba­mos en el con­fi­na­mien­to. Lue­go, otra en la que du­ra­ría so­lo una se­ma­na… Y así, de for­ma su­ce­si­va, has­ta nues­tros días. Lo peor es que los que­si­tos no se ago­tan. Y con la in­ges­tión de que­si­tos cre­ce el des­con­cier­to. Pa­re­ce que na­die sa­be na­da.

«No po­de­mos ne­gar que ha ha­bi­do muer­tes fue­ra del sis­te­ma», de­cía en una entrevista ha­ce po­co di­rec­to­ra del Ins­ti­tu­to de Sa­lud Ca­los III. Lle­va uno to­da la vi­da in­ten­tan­do no sa­lir­se del ties­to y al fi­nal fa­lle­ce fue­ra de él por­que la deses­truc­tu­ra­ción, que es ge­ne­ral, se­ña­la lo dé­bil de la es­truc­tu­ra en la que vi­vía­mos ins­ta­la­dos. To­do sea di­cho en voz ba­ja y en el tono con el que nos da­ría­mos el pé­sa­me.

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