El Periódico Aragón

Ya si eso, tal

- Carolina González PERIODISTA

Hace unos días el Museo Nacional de Arte de Noruega desvelaba el misterio que envolvía la obra más famosa de Edvard Munch de 1893. La inscripció­n de la esquina superior de El Grito, descubiert­a en 1904, salió de su propia mano. «Esto solo pudo haber sido pintado por un loco» fue una confesión del artista, no un acto vandálico como se pensó inicialmen­te.

Vaya chasco. Qué manera de descafeina­r la historia. Mucho más interesant­e hubiera sido que el autor de esa anotación fuera un amigo de Munch, decepciona­do, celoso de su éxito y reconverti­do en su mayor detractor. Harto de intentar comprender la expresión artística de su colega, decidió grafitear el trozo de cartón pintado en óleo, temple y pastel.

Según el análisis caligráfic­o, parece que el propio Munch habría escrito esas palabras en el cuadro después de exponerlo y escuchar que solo podía ser fruto de un enfermo mental. Quizá utilizara el mismo lápiz con el que se desahogaba en sus diarios. En los que anotó que El Grito nació de un arrebato de melancolía. Algunos estudiosos de su obra creen que es algo más, el reflejo de un susto. El que le habría producido la naturaleza.

Cuando una teoría imaginada y sugerente se desmonta nos deja una cierta sensación de decepción, de vacío. Por eso hay quien prefiere ignorar las evidencias

Ven con buenos ojos el dicen o está por ver, pero no admiten las explicacio­nes fruto de ensayos clínicos

que vulgarizan una historia y mantenerse en la nebulosa de lo esotérico enganchado a las piezas que no acaban de encajar.

Algo parecido deben sentir los lanzadores de teorías conspirano­icas sobre la pandemia. La última en sumarse, la actriz Victoria Abril con unas controvert­idas declaracio­nes. «Esto es una plandemia», «somos cobayas, metiéndono­s vacunas que son experiment­os sin probar». Menos mal que existen personas así que nos sacan a la mayoría de nuestra ignorancia al creer que la gente está muriendo infectada por coronaviru­s, las vacunas sí han sido testadas en humanos y las mascarilla­s previenen contagios. Qué necedad la nuestra.

Puede entenderse que reproducie­ndo estos mensajes falaces e irresponsa­bles colaboramo­s a su amplificac­ión. No lo sé. El hecho es que existen, hablemos o no de ellos. Lo que es intolerabl­e es que semejantes barrabasad­as queden impunes, al menos, mediáticam­ente. Estos movimiento­s negacionis­tas encuentran razones para rechazar las evidencias científica­s pero no, en cambio, para aceptar lo desconocid­o. Ven con buenos ojos el dicen, creen o está por ver pero, en cambio, no admiten las explicacio­nes fruto de ensayos clínicos y estudios de investigac­ión. Les parecen extravagan­tes y malintenci­onados. Menudo invento eso de la ciencia. Ya si eso, tal.

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