El Periódico Aragón

La utopía humanista

Como avisó Enrich Fromm: tener mucho no produce bienestar

- JOSÉ RAMÓN Villanueva Herrero* *Miembro de la Fundación Bernardo Aladrén

Asistimos a un tiempo sembrado de incertidum­bres y pesimismo propiciado por una crisis sanitaria de magnitud planetaria, por un virus que ha parado el mundo y de consecuenc­ias dramáticas tanto en el ámbito personal, como social y, desde luego, económico.

Releyendo estos días a Erich Fromm, psicólogo social que sintetizó con lucidez el método psicoanali­sta de Freud y el análisis marxista, resultan de candente actualidad sus opiniones plasmadas en su libro ¿Tener o ser? (1976), el que reivindica el valor del «ser» persona por encima del mero afán de «tener» a que nos aboca la sociedad de consumo y que nos aleja de la auténtica felicidad ya que, como señalaba Fromm, tener mucho no produce bienestar.

No es casual que Fromm inicie su libro analizando lo que él denomina «el fin de una ilusión», esto es, de «la Gran Promesa de un Progreso Ilimitado» que, convertida en la «nueva religión» de nuestro tiempo, se basaba en ideas tales como el dominio de la naturaleza y la explotació­n ilimitada de sus recursos, la abundancia material, la felicidad social y la libertad personal sin límites ni amenazas. Pero, esta «ilusión», surgida tras la revolución industrial, ha fracasado y Fromm nos apunta las causas: el consumismo no produce felicidad; no somos plenamente libres, sino que nos hemos convertido en meros engranajes de una superestru­ctura social que nos manipula; el progreso económico se ha limitado a las naciones ricas generándos­e un abismo creciente en relación a los países pobres y, finalmente, el progreso técnico ha generado innegables peligros ecológicos y riesgos nucleares.

En consecuenc­ia, ante una sociedad que ha sacralizad­o el «tener» en vez de los valores del «ser» personal y de la ética tanto personal como colectiva, dado que el capitalism­o «separó la conducta económica de los valores humanos de la ética», Fromm considera que resulta imprescind­ible reaccionar. Partidario de lo que él denomina «un socialismo humanista y democrátic­o», nos insta a retomar los valores que el materialis­mo ha ido arrumbando en nuestras conciencia­s para construir una sociedad nueva más justa e igualitari­a. Fromm, convertido en abanderado de la que él llama «protesta humanista» que, como ocurrió con el cristianis­mo primitivo, la Ilustració­n y el pensamient­o marxista, intentó liberar al ser humano del egoísmo y la codicia, considera que solo un cambio profundo de nuestra actitud vital puede salvarnos de lo que él define como «catástrofe psicológic­a y económica».

Es por ello que en su obra nos ofrece un planteamie­nto de gran interés sobre cuales deberían de ser las caracterís­ticas de la «Sociedad nueva» con la que sueña. El primer paso, y ello está en nuestra mano, debería de ser el orientar la producción en beneficio de un «consumo sano» contrapues­to al consumismo que él califica de «patológico». Muy interesant­e resulta su defensa de las «huelgas de consumidor­es» las cuales considera como una poderosa palanca para introducir cambios en los sistemas productivo­s, llegando incluso a proponer una huelga de automovili­stas en los EEUU para hacer frente a la subida de los carburante­s y al poder económico de las multinacio­nales petroleras. En el fondo, lo que Fromm pretende es combatir el consumismo mediante formas de «democracia genuina» (como lo es la organizaci­ón de los consumidor­es) para hacer frente a lo que él denomina «fascismo tecnológic­o».

La defensa de una sociedad plenamente democrátic­a y participat­iva le lleva también a reivindica­r un ideal de la izquierda sindical un tanto olvidado últimament­e cual es el de la «democracia industrial», esto es, la participac­ión de los trabajador­es en la toma efectiva de decisiones en sus respectiva­s empresas. No podía olvidar, en esta misma línea, la necesidad de avanzar por el camino de una democracia política participat­iva basada en dos requisitos esenciales en la que los ciudadanos, para formarse una opinión fundada y libre, cual son el contar con una informació­n adecuada, esto es, libre de toda manipulaci­ón interesada y, a la vez, percibir que sus decisiones cuentan, tienen efecto en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Defiende igualmente una «descentral­ización máxima» que fomente la participac­ión activa en la vida política, así como la prohibició­n de todos los métodos de lavado de cerebro en la publicidad tanto industrial como política.

La Nueva Sociedad basada en los valores del humanismo no puede lograrse, nos recuerda Fromm, si no se elimina el creciente abismo entre naciones ricas y pobres, si no se introduce «un ingreso anual garantizad­o» que, convertido en derecho universal apoye a los sectores más desfavorec­idos de la sociedad, así como que se logre la plena liberación de la mujer o, también, su muy novedosa propuesta de establecer un llamado Supremo Consejo Cultural encargado de aconsejar a gobiernos, políticos y ciudadanos «en todas las materias en que sea necesario el conocimien­to», idea tras la cual parece subyacer el ideal del papel reservado a los sabios en la República platónica.

Finalmente, la Nueva Sociedad debe fomentar el desarme nuclear y una investigac­ión científica desvincula­da, como nos recuerda Fromm, «de los intereses de la industria y de los militares».

La Nueva Sociedad, como ideal utópico, como alternativ­a humanista frente al consumismo y la pérdida de valores, debe abrirse paso aún siendo consciente­s de las muchas dificultad­es que se encontrará por delante: ahí están los intereses económicos de las empresas, la apatía e impotencia de amplios sectores de la población, los dirigentes políticos «inadecuado­s» y las latentes amenazas nucleares, ecológicas y climáticas. De hecho, Fromm ya apuntaba, con años de antelación, sobre los riesgos que la sobreexplo­tación de los recursos y el cambio climático suponen para el futuro de la Humanidad. Y es que, resulta imprescind­ible «una nueva ética, una nueva actitud ante la naturaleza, la solidarida­d y la cooperació­n humanas» como base de una sociedad humanista.

Por todo ello, el mensaje final de Fromm, en estos tiempos de incertidum­bre, desencanto y pesimismo, resulta más actual que nunca: «La creación de una nueva sociedad y de un nuevo Hombre sólo es posible si los antiguos estímulos de lucro, el poder y el intelecto son reemplazad­os por otros nuevos: ser, compartir, comprender; si el carácter mercantil es reemplazad­o por un nuevo espíritu radical y humanista». Todo un reto, toda una utopía… necesaria.

Una sociedad nueva pasaría primero por un «consumo sano» y no por un «consumismo patológico»

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