El Periódico Aragón

Un rey ‘ciego’

- SERGIO MARTÍNEZ GIL Sergio Martínez Gil es historiado­r y co-director de Historia de Aragón

El reinado de Juan II de Aragón, entre los años 1458 y 1479, es posiblemen­te uno de los más complejos de toda la historia de la Corona de Aragón. Fue una figura realmente compleja, nacido en el reino de Castilla, y que pertenecía a esa dinastía de los Trastámara que consiguió el trono aragonés en el Compromiso de Caspe, allá por el año 1412. De hecho, fue uno de los hijos del primer monarca de los Trastámara en Aragón, Fernando I, siendo inicialmen­te un firme apoyo de su hermano mayor, el que fuera el rey Alfonso V el Magnánimo; aunque también se buscó broncas importante­s en el reino castellano.

Más tarde, y gracias a su primer matrimonio con Blanca de Navarra, consiguió convertirs­e en rey consorte del reino navarro, aunque por supuesto Juan nunca se conformó con ese papel de «rey consorte» y ejerció el gobierno a la manera autoritari­a a la que estaban acostumbra­dos los Trastámara en Castilla. Al final, el devenir de la historia hizo que su hermano Alfonso V y su esposa María no llegaran a tener descendenc­ia, de modo que, por edad, el siguiente en la línea de sucesión era él. Así fue como el otrora infante Juan llegó a ser rey de Navarra y también rey de Aragón a partir de la muerte de su hermano mayor en el año 1458.

Como comentaba, su forma autoritari­a de gobierno le acarreó no pocos problemas en la Corona de Aragón, y especialme­nte en el Principado de Cataluña, donde llegó a tener que enfrentar una guerra civil e incluso se le llegó a prohibir en determinad­os momentos entrar en territorio catalán sin permiso de sus Cortes, antes de que finalmente el soberano venciera la rebelión. También se enfrentó a su primogénit­o, el príncipe Carlos de Viana, que teóricamen­te tenía que convertirs­e en rey de Navarra a la muerte de su madre Blanca. Pero cuando esto sucedió, Juan se aferró al poder provocando una guerra que destrozó las relaciones personales entre padre e hijo. Incluso siempre se rumoreó que el mismo Juan estuvo detrás de la muerte de su hijo Carlos en 1461.

Pero además de su complejo reinado, y de ser también el padre de Fernando II el Católico, Juan II fue también protagonis­ta de una historia curiosa que tuvo y sigue teniendo su huella en el urbanismo de la ciudad de Zaragoza. Juan fue una persona bastante longeva para su época, pues vivió hasta los 80 años, aunque también hay que decir que se suele pensar que en la Edad Media la gente apenas llegaba a los 30 o 40 años de edad ya que esa era la esperanza media de vida. Pero lo cierto es que no era tan raro que la gente que llegaba a la vida adulta alcanzara la vejez y llegara a unas edades más o menos avanzadas. El problema es que la altísima mortalidad infantil era una de las causas de que esa media de esperanza de vida bajara notablemen­te. El caso es que Juan II se convirtió en rey de Aragón con 60 años cuando llegó al trono en 1458. En los años siguientes, y como suele ser normal a cierta edad, comenzó a desarrolla­r cataratas en los ojos, lo que en la práctica le fue dejando casi totalmente ciego. Cansado de la situación, y teniendo en cuenta además que Juan siempre había sido una persona muy ambiciosa y especialme­nte activa a la hora de ejercer el poder y el gobierno, en el año 1468 decidió someterse a una operación quirúrgica para intentar eliminar esas cataratas. El rey se puso en las manos de un médico judío llamado Abiatar Crexcas que le aseguraba que había una alta probabilid­ad de devolver buena parte de la visión a Juan, por lo que este accedió a someterse a la operación. Y por supuesto, la intervenci­ón fue todo un éxito. Pero eso sí, en aquella época no quedaba muy bien frente al pueblo decir que el monarca había sido curado por un médico judío, aunque realmente todos aquellos que tenían suficiente dinero solían acudir a estos galenos, pues su medicina se considerab­a mucho más efectiva. Recordemos además que aunque siempre hubo periodos de crisis en los que las comunidade­s judías solían ser el blanco de las iras de la gente, la situación empeoró mucho en los reinos hispánicos desde finales del siglo XIV haciéndose cada vez más frecuentes los asaltos a las juderías. De hecho, el propio hijo y sucesor de Juan II, Fernando el Católico, fue quien decidió junto a la reina Isabel I de Castilla el expulsar a aquellos judíos que no quisieran convertirs­e al cristianis­mo.

De modo que Juan II aprovechó para dejar que corriera la voz la historia de que su curación era un auténtico milagro, y que no tenía nada que ver con una operación y menos realizada por un médico judío. Esa historia contaba que el monarca había pasado sobre sus ojos el clavo con el que se decía que se había martirizad­o a Santa Engracia en el año 303 d.C. en época romana, y que por intercesió­n de la santa había recuperado la visión. Como agradecimi­ento, el rey prometió construir en Zaragoza un gran monasterio dedicado a ella, pero fueron pasando los años y este no era edificado. Así, el anciano rey encomendó a su hijo Fernando que fuera él quien lo hiciera para cumplir así la promesa. Y así lo hizo Fernando cuando se convirtió rey. Pero claro, ya que lo pagaba él, es por ello por lo que todavía hoy encontramo­s en la portada de la basílica de Santa Engracia, que es lo único que se conserva de todo el antiguo monasterio, las representa­ciones tanto de Fernando como de Isabel en la fachada del edificio. Y así fue como las cataratas de un viejo monarca dejaron huella en el urbanismo de Zaragoza.

Juan II el Grande, rey de Aragón y de Navarra, sufrió unas cataratas que le dejaron prácticame­nte ciego

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Fachada de la basílica de Santa Engracia de Zaragoza.

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