Las peleas clandestinas se consolidan
No hay reglas. No hay limitaciones de peso. Solo hostias durísimas y gente jaleando alrededor
Las convocatorias son secretas. Se retransmiten por ‘streaming’ previo pago de 20 euros
Surgieron tras la pandemia y cada vez proliferan más. En Suecia, en Rusia, en la República Checa... Y ahora también en España. Son las luchas a puñetazos entre personas que tienen algún asunto que dirimir o, simplemente, disfrutan del guantazo limpio. Los combates, cada vez con más seguidores ‘online’, no tienen reglas.
Va a empezar la pelea y los dos contendientes ya están sobre el ring. Aunque en realidad no hay ring. No hay cuadrilátero con lona y cuerdas. Tampoco hay un octógono con vallas. Lo que hay es un recuadro mal hecho con balas de paja en mitad de un descampado. El público observa desde sus coches o bajo sombrillas caseras. Y en el centro de la escena van a empezar a pelearse dos tipos cuyos físicos están a miles de kilómetros de estar en forma.
Son dos hombres que han decidido resolver sus diferencias apuntándose a las Peleas de Paletos (en inglés Redneck Fight). Unas veladas de lucha para no profesionales que están haciendo furor por todo el mundo. No hay reglas. No hay limitaciones de peso. Solo hostias durísimas y gente jaleando alrededor, en algún bosque alejado de los ojos de las autoridades.
Las peleas salvajes son una tendencia que corre como la pólvora por todo el planeta. En diferentes versiones. Con guantes grandes de boxeo, pequeños de artes marciales, con los nudillos desnudos o incluso con armaduras del medievo. Los deportes de contacto están en boga y hay vida más allá de la UFC y Bellator (las principales promotoras de peleas del mundo). Se ha consolidado todo un circuito alternativo de lucha que nació después de la pandemia y que, lejos de desaparecer como moda pasajera, ha ido ganando terreno al auspicio de las redes sociales. Este diario profundiza en este fenómeno global y explica las corrientes más importantes.
La pandemia nos dejó sonados. Todos perdimos algo: familiares, trabajos, relaciones o la propia fe en el ser humano. Como la salida del confinamiento fue gradual, tampoco hay un Día de la Victoria que conmemorar, una fecha en la que celebrar la derrota del covid.
Sensación de derrota
La gente salió encabronada del encierro y una de las vías de escape a esa sensación de derrota fue la de organizar peleas. Eventos clandestinos basados en El Club de la lucha, el libro de Chuck Palahniuk interpretado en el cine por Brad Pitt y Edward Norton. Clubs secretos en los que la gente quedaba para pegarse sin que mediase nada personal, con el único objetivo de descargar tensiones.
El más famoso fue fundado por Damián Gutiérrez y Joshua Brito, dos veinteañeros de Los Ángeles que instalaron un ring en la parte de atrás de su vivienda. Querían que los boxeadores emergentes cuyas carreras habían quedado congeladas por la pandemia se fogueasen. Unas veladas que acabaron extendiéndose al resto del vecindario y derivando en pleitos para dirimir diferencias entre gente que no se dedicaba a la lucha, pero que preferían apalearse sobre un ring antes que arreglarlo a tiros (que es como se solucionan las cosas en EEUU). De ahí su lema: Guns down, squabble up (Abajo las armas, peleas en marcha). Como se luchaba en el patio trasero, bautizaron el club como Backyards Squabble (Peleas en el patio trasero).
Aquello se acabó convirtiendo en una quedada de barrio. Había peleas, un DJ animando, barberos cortando el pelo y vendedores de pollo frito. A los pocos eventos ya tenían decenas de miles de seguidores en redes, la atención del The New York Times y una orden de cierre (que no se ha cumplido) emitida por la Comisión Atlética del Estado de California. A las grandes corporaciones de lucha no les interesa que crezcan estas iniciativas independientes.
Pero no lo han conseguido. Es precisamente en EEUU donde más se ha consolidado esta escena alternativa. Algunas iniciativas, como Streetbeefs (algo así como encontronazos en la calle) cuenta con más de cinco millones de usuarios por todo el mundo, así como un circuito por todo el país con diferentes versiones de peleas. Desde el Streetbeefs Scrapyard (que significa desguace, porque los combates se organizaban en estos recintos) hasta pequeñas divisiones regionales por ciudades (Streetbeefs Westcoast o Streetbeefs South).
Unas peleas que se celebran sobre hierba o asfalto, en un octógono vallado y con los carteles de los luchadores y la publicidad pintados a mano. Hay combates masculinos y femeninos, se retransmite por streaming y acuden luchadores aficionados de cualquier disciplina. La variedad de estilos, pesos y alturas hace que muchas de las contiendas sean desiguales. Algunos pelean vestidos de traje o disfrazados, que es un elemento kitch que funciona muy bien para los shorts o reels que los viralizan en redes sociales.
Aunque muchos de los que pelean no tienen mucha idea de combate, Streetbeefs nació en 2008, pero ha sido después de la pandemia cuando se ha popularizado en todo el mundo. Funciona a veces como cantera de luchadores para las grandes divisiones. Como el desaparecido Kimbo Slice, un luchador que empezó en estas peleas de calle, se hizo famoso por los vídeos colgados por sus seguidores y acabó fichando por la UFC. Streetbeefs es la entidad más grande, pero hay otras como Bakersfield Boxing que han nacido con el mismo espíritu: permitir que los aficionados peleen.
Donde más ha arraigado
¿Qué pasa en Europa? Que Suecia, la antigua Checoslovaquia y Rusia son los países donde más han arraigado este tipo de eventos. Los primeros idearon un torneo de combates protagonizados principalmente por ultras de fútbol. Se llama Kings of The Streets (KOTS) y empezó en el sur de Suecia. Se apuntan luchadores amateur de todo el mundo, aunque la mayor parte son hinchas de fútbol que lucen el nombre del club al que defienden en el cartel de la velada.
Los encuentros son secretos. No hay una convocatoria pública y se retransmite por streaming previo pago de 20 euros. En la pelea no hay reglas y, aunque se intenta hacer una división racional por pesos, la propia organización insiste en que no se opone a que dos personas diriman allí sus diferencias a palos, aunque no pesen lo mismo. Las primeras ediciones se disputaron en una nave industrial de Goteborg, aunque el éxito global del proyecto lo ha llevado a otros países como España: la localidad barcelonesa de Mollet del Vallès albergó uno de estos eventos clandestinos. Y es que KOTS tiene mucho tirón en España. Han sido varios los luchadores amateur que han acudido a pelearse a estas citas. Varios conocidos en la escena ultra española, como El Pirrakas (de Bukaneros del Rayo), Guda o Estébanez (ultras del Alavés) ya han disputado peleas.