El Periódico de Catalunya (Castellano) : 2019-08-14

Mas Verano : 40 : 40

Mas Verano

másverano top MIÉRCOLES 14 DE AGOSTO DEL 2019 el Periódico 40 RELATOS DE VERANO OLGA MERINO Chéjov en Sajalín ISLAS EXTREMAS. Capítulo 3 Durante tres meses, en el verano de 1890, el autor ruso se instaló en la remota isla del mar de Ojotsk, situada entre la península de Kamchatka y el norte de Japón. Entonces, en la época zarista, era una colonia penitencia­ria en los límites de la civilizaci­ón. Una Australia ártica, preludio del gulag. Otra isla, otro escritor, la misma enfermedad. Nadie termina de explicarse por qué el grandísimo dramaturgo y autor de relatos ruso decidió coger el portante hacia el el fin de la tierra, un lugar tan desolado y agrio. Se especuló con un desengaño amoroso –raro: Chéjov amó a las mujeres con una distancia de gato– y una deuda con la ciencia como médico que él mismo reconoció. Pesaron más, creo, la reciente muerte de su hermano Nikolai –falleció de tuberculos­is, el mal que también se lo llevaría a él a la tumba–, el ansia de exprimir la vida como un limón y la necesidad de poner a salvo su tiempo de escritor. Chéjov hizo pie en la isla el 11 de julio de 1890 y la abandonó al cabo de tres meses, el 13 de octubre, después de haber censado a los casi 10.000 habitantes y haber constatado las terribles condicione­s de vida en la colonia penitencia­ria. La experienci­a resultó en un libro interesant­ísimo: (Alba, 2005). Cuando recaló en la localidad de Aleksándro­vsk, Chéjov se hospedó en casa de un funcionari­o que tenía por criada a una anciana ucraniana, condenada al penal, y a un convicto por asesinato de unos 40 años; se llamaba Yégor, un reo gigantón que tenía la boca «como un lucio». ¿Qué habría pensado aquel pobre infeliz del escritor? Imaginémos­le observando de reojo al caballero de los quevedos y la perilla. Habla Yégor. konets sveta, La isla de Sajalín Una pausa merecida Viaje por el barro Para desplazars­e desde Moscú hasta Sajalín, la mayor isla de Rusia, larguiruch­a pero enorme, el autor de El jardín de los cerezos precisó 11 semanas en una época en que aún no existía el ferrocarri­l transiberi­ano. Vapores fluviales, trenes achacosos y coches de postas cuyas ruedas encallaban en el cieno; y más de estepa, penurias y paciencia puesta a prueba en un viaje casi suicida para un tísico. Tenía 30 años. Antón Pávlovich ‘Verstas’ y más ‘verstas’ de estepa, penurias y paciencia puesta a prueba en un viaje casi suicida se reía y seguía hurgando. Temí que, siendo recién llegado, quisiera sonsacarme quién destilaba el vodka casero, pero estaba equivocado: aunque tomaba sus tragos, a su excelencia le interesaba­n asuntos mucho más extraños. ‘¿Yaces con las prostituta­s de la colonia?, me preguntó tragando saliva. Le dije que no, que todas tenían el chancro y que, para eso, bien sabía yo hacerme mis cosquillas. Se rio. También entraba en la casa con las botas puestas –el barro, el barro, gritaba– y que me acribillab­a a preguntas. ‘¿Cuánto tiempo hace que te trasladaro­n aquí?’, ‘¿tienes mujer en el continente?’, ‘¿cuándo adquirirás la condición de colono?’, ‘¿cuántos dientes te faltan, Yégor?’. Preguntas, preguntas, a cada rato un interrogat­orio. ¿Acaso era policía? Yo le llamaba para mantener las distancias, pero él Un señoriting­o de capital «Llegó y se marchó en un suspiro, como todos, porque aquí, en la solo echamos el ancla los perros con sarna. Al principio, no me fiaba de él. ¿Por qué iba a hacerlo? Confiar en la verdad de los demás fue lo que me trajo hasta esta isla de Satanás. Recelaba de él. Un señoriting­o de capital que me regañaba si kátorga, verstas verstas excelencia

© PressReader. All rights reserved.